Hay varias maneras de desvirtuar, desnaturalizar y esquematizar la Revolución de Octubre de 1944. Cuando se habla de ella en pasado y se le recuerda con un dejo de nostalgia y frustración, se le está desvirtuando. Se le desnaturaliza cuando se le magnifica tanto como cuando no se hacen esfuerzos por extraer sus muchas y valiosas enseñanzas y experiencias, precisar lo que de ella continúa vigente, lo que hay que actualizar y replantear, además de cómo organizarse, movilizarse y unir para darle continuidad a la lucha revolucionaria.
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Se desvirtúa, además, cuando se ve como un proceso truncado y, peor aún, concluido, inviable, sin solución de continuidad. Ello supone ignorar que la lucha revolucionaria es un proceso que así como puede tener momentos de auge y ascenso, puede sufrir reveses y derrotas que, en ningún caso, son definitivos sino transitorios y que no por ello puede llevar a concluir que todo está perdido. Es ésta la peor forma que en lo político e ideológico y en la práctica se expresa el pesimismo y el derrotismo y no corresponde a una visión correcta y objetiva de lo que es la lucha revolucionaria.
Se le esquematiza, igualmente, si se le describe cronológicamente y no se analiza ni sistematiza cada uno de sus momentos tal y como en realidad se dieron y la situación y condiciones entonces prevalecientes.
Las bases de las transformaciones profundas de que ha estado históricamente urgida Guatemala desde la época colonial, luego de su independencia formal en 1821 y a todo lo largo del siglo XX, empiezan a sentarse a partir del desencadenamiento de la lucha contra el dictador Jorge Ubico y su sucesor el general Federico Ponce Vaides; y se empiezan a concretar a partir del mismo 20 de octubre, bajo la Junta Revolucionaria de Gobierno (1944 – 1945) que viene a constituirse en el Primer Gobierno de la Revolución; se desarrollan durante el Segundo Gobierno de la Revolución presidido por el doctor Juan José Arévalo (1945 – 1951), y se profundizan en los tres años en que estuvo al frente del Tercer Gobierno de la Revolución, el coronel Jacobo Arbenz Guzmán (1951 – 1954).
Nuestra Revolución de Octubre no termina ni concluye con la intervención norteamericana ni deja de tener vigencia, como tampoco concluye, termina y deja de tener sentido y razón de ser la lucha revolucionaria. Al contrario, la lucha revolucionaria se retoma y continúa a partir del 27 de junio de 1954 y no como dicen algunos que es a partir de los años 60 del siglo pasado y, según otros, en los años 80. A partir de aquel momento se retoma en condiciones diferentes a las prevalecientes durante la dictadura ubiquista y las de 1944 a 1954.
Es cierto que la Revolución de Octubre momentáneamente se interrumpe pero, así como marca el inicio de un ya muy prolongado período de contrarrevolución en el poder, replantea, a su vez, la necesidad de profundizar y darle continuidad a la lucha revolucionaria en la situación y condiciones prevalecientes a partir de entonces, y que en el momento actual se da en un entorno internacional favorable y, en general, distinto al de los últimos 50 años del siglo pasado.
La lucha revolucionaria es, en consecuencia, un proceso que así como en un momento dado registra importantes avances, desarrollo y profundización, así también se encuentra con tropiezos, problemas, rezagos, derrotas y retrocesos que por graves que sean no la invalidan sino obliga a replanteamientos creativos y audaces para salir de ellos y superarlos exitosamente.
La experiencia enseña que si en un momento dado de nuestra historia más reciente se logró el derrocamiento del tirano de los 14 años y tomar el poder político a través de un movimiento cívico militar en armas, así también ese exitoso y victorioso movimiento revolucionario fue violentamente interrumpido planteándole a las fuerzas revolucionarias y populares su continuidad que, en cuatro sucesivas etapas (1954 – 1962, 1962 – 1982, 1982 – 1996, y de 1996 en adelante), en su secuencia e interrelación, corresponden a un período que abarca los últimos 54 años de lucha revolucionaria.
No se vaya a pensar que estoy dejando de lado la continuación del tratamiento de otros problemas más en la lucha revolucionaria y que empecé a abordar la semana pasada. El proceso revolucionario y sus problemas se entrelazan y es así como se deben plantear. Ojalá que ello contribuya a sacar del atolladero y marasmo en que se encuentran las diferentes expresiones de la izquierda guatemalteca, y cuyo peor lastre lo constituye su dispersión y atomización, así como la ausencia de una amplia y abierta discusión ideológica y política que viabilice concretar una práctica revolucionaria unitaria y consecuente, la decisión de vencer y tomar el poder en las condiciones y situación imperante, sus antecedentes y el probable desarrollo y desenvolvimiento de los acontecimientos tanto en lo nacional como en lo internacional.
Es ésta una ocasión más que propicia para rendir el homenaje camaraderil que merece Mauro Calanchina, el compañero Francisco.