Estando próximos los días para celebrar el 189º Aniversario de nuestra Independencia, seguramente vamos a tener la oportunidad de leer diversos comentarios, entre otros, si en verdad tenemos libertad, si somos independientes o si ejercemos la auténtica soberanía. A propósito he querido abordar el primer tema, debido a que tengo la impresión que la gran mayoría de los chapines mal entendemos el término de libertad o mejor dicho, somos proclives a tomar el rábano por las hojas. La libertad no es absoluta porque el hombre tampoco lo es. Todos tenemos limitaciones físicas, psicológicas y morales, lo que no debiera tomarse como algo negativo, puesto que si así fuera, tendríamos que empezar a temerla como prerrogativa de los demás.
Muchos chapines creen que ser libres es ser independientes, sin respetar los límites que nosotros mismos nos hemos impuesto para una mejor convivencia. Traspasarlos es como navegar sin rumbo; sin embargo, dentro de ellos, el hombre es poderoso y libre, lo que hace que los pueblos también lo sean. Por esto mismo, ser libre no significa ser espontáneo, pues siempre está por delante el dominio de la razón y de la voluntad. Si fuéramos libres espontáneamente sería valedero mentir, insultar y transgredir normas. De ahí que aceptar sin límites que «la calle es libre», es igual a que cada quien pueda hacer lo que le venga en gana, comportamiento que lamentablemente cada vez más prolifera en nuestro país.
La libertad está también condicionada a nuestra condición humana, desde no poder volar como los pájaros a no poder esquivar las enfermedades, el envejecimiento o la muerte. Estamos condicionados entonces desde nuestro nacimiento y hasta por las personas que nos rodean, por ejemplo, quien debe sostener a su familia no puede tomar ninguna decisión sin tomar en cuenta dicha obligación. Algo muy importante es que para ser perfectamente libres, también debemos tomar los caminos que nos conduzcan hacia buenos fines, porque si tomamos los que nos llevan hacia los malos, entonces la libertad se torna imperfecta.
No hay dónde perderse, la libertad debe llevar paralela la responsabilidad. De igual manera, quien exige derechos no puede olvidar tener obligaciones. La responsabilidad es la capacidad de responder cada quien por sus propios actos, como que también forma parte del que «libremente» los ejecuta. De ahí que ser libre no significa, para citar un ejemplo reciente, poder obstaculizar el ingreso por la puerta de entrada de la Universidad para quienes no piensan igual y por ello resulten perjudicados. Sabios pensadores, como Aristóteles, definieron que: «cualquier persona sabe que la maldad es voluntaria y los legisladores así lo aceptan cuando penalizan a los que van contra la ley». Todo ello viene a demostrarnos que la libertad no es absoluta. Por lo que hay que evitar que se transforme en arma de dos filos y así, volverse contra uno mismo o contra los demás.