Un problema especial surge cuando se analiza el folklore literario-poético y narrativo de los países que en una ocasión u otra de su historia recibieron el embate de la conquista y la colonización larga de otros pueblos llegados de áreas de cultura distintas. Me refiero específicamente a América y a África.
En el caso particular de América, que es la que nos interesa, las influencias indígenas y europeas se entrecruzan, se funden unas veces, o bien, caminan por senderos separados. Sin embargo, esta afirmación no puede ser generalizada a todos los pueblos actuales lusos e hispanoamericanos ya que en algunas regiones la mezcla de sangres y culturas fue casi completa; pero en otras, especialmente en las áreas en donde se asentaban pueblos con expresiones de alta cultura, la población autóctona sigue predominando y es explotada por el mestizo. En estos países el problema se agrava, y para los mismos sí es válida la afirmación que hacíamos al principio. Es el caso de Guatemala, Bolivia, Perú y algunas regiones de México.
Específicamente en Guatemala, se puede afirmar que en el campo y en algunos sectores urbanos, lo indígena pesa más que lo europeo, lo occidental, en todas las manifestaciones populares. En cambio en los grandes centros urbanos, como la ciudad de Guatemala, lo mestizo, lo ladino como correspondencias sumamente fuertes con Occidente, es lo que predomina. Dado que esta investigación se llevó a cabo en la ciudad de Guatemala, el estudio encaja esta última situación. El lector debe ser advertido de que la influencia indígena, del habitante natural y autóctono de Guatemala, en estas leyendas y casos folklóricos es muy pobre, casi nula me atrevería a decir, a excepción de la leyenda del Tzitzimite, lo cual se justifica cuando se piensa que la ciudad de Guatemala fue el centro social, político y cultural durante la época de la dominación española, por lo que los vínculos espirituales de la capital de la colonia con la madre patria, la tierra de los conquistadores, fue muy fuerte, y aún en la actualidad lo sigue siendo. El hecho de que no sean indígenas estas expresiones propias de los viejos barrios de la ciudad, no les resta valor alguno. Al contrario, su estimación crece cuando se las compara con la tradición oral indígena y se establecen las conexiones necesarias.
Para Guatemala es de vital importancia conocer el saber tradicional y las formas de conciencia social de uno y otros grupos, sus interrelaciones y sus formas de expresión colectiva.
VIGENCIA DE LA LEYENDA EN LA CIUDAD DE GUATEMALA
Las leyendas en la ciudad de Guatemala viven en la tradición oral con toda la frescura que tuvieron en siglos pretéritos que fue cuando algunos historiadores las recogieron y consignaron. Además al hurgar los libros de crónicas de los tiempos coloniales, se encuentran huellas de dichas leyendas, especialmente en los siglos XVI, XVII y XVIII. No obstante, sin menospreciar su trascripción histórica. El mejor receptáculo que puede guardar estas expresiones es la propia tradición oral, la transmisión no institucionalizada de padres a hijos.
Ramón A. Salazar, cuenta que por la Pila del Martinico, el Callejón de la Cruz y el del Judío, se aparecían una serie de espantos que a finales del siglo XVIII y principios del XIX que asustaban a los habitantes de la Nueva Guatemala de la Asunción. Salazar relata que se aparecía la Sirena; el Cadejo, “perro lanudo, con ojos de carbúnculo y patas herradas”, además de la Llorona, “mujer enlutada que ponía sus gritos largos y acongojados en el cielo, llorando culpas quizás imperdonables”.
Batres Jáuregui opina por su parte, malévolamente, que a falta de novelas francesas decadentes, los aburridos habitantes de la ciudad de Guatemala se divertían contando “frecuentes casos de aparecidos, fantasmas y duendes que en otros tiempos abundaban en la ciudad de Antigua Guatemala, y dícese que vinieron aquí (a la nueva Guatemala) cuando se trasladó la capital a este valle de la Virgen, el Sombrerón, la Tatuana, el Cadejo, el Tzitzimite y otros muchos aparecidos, quitaron el sueño, no sólo a los niños, sino hasta de los viejos” .
Y el Viejo Reporter, desde las páginas del Diario de Centro América recordaba cómo en las calles con nombres puestos por la tradición popular, los espantos deambulaban como dueños y señores en la mente de nuestros padres y abuelos. El examen de las crónicas lleva a pensar en la antigüedad de estos relatos. Esta trascripción histórica es prueba fehaciente de su existencia real en los viejos barrios de la ciudad de Guatemala.
En el interior de la república su vigencia se puede intuir a través de las proyecciones folklóricas en literatura que de personajes y situaciones populares los escritores han elaborado, y por la mención que de ellas hacen los cronistas.
No debe olvidarse, asimismo, que el hecho folklórico permanece vivo si juega un papel indispensable en la sociedad que lo ha acogido. Por tanto, las leyendas en Guatemala permanecen y tienen vigencia porque cumplen la función que en párrafos anteriores he mencionado. Y mientras esa función perdure, las leyendas tendrán vida.
Las leyendas en el medio rural guatemalteco tienen una permanencia más honda, porque su función está más arraigada. Lo mismo puede decirse del grupo indígena. En este último, los mitos, las leyendas y las creencias sobre la conceptualización de la vida, el tiempo, etc., son mucho más sólidas, mucho más esotéricas y místicas, y cuyo examen necesita de un verdadero trabajo de investigación llevado a término por personas que pertenezcan a ese mundo; porque, estudios de ladinos, escritos en castellano, sobre la tradición oral indígena, son pobres y no confiables.
La única técnica metodológica, a mi entender, en este caso, es la recopilación literal por medio de un equipo grabador, y por un indígena versado en las técnicas de recolección de datos. De otra manera, se corre el riesgo de equivocar el camino por las rutas de Occidente y tergiversar el pensamiento netamente indígena. Y estos estudios en Guatemala hasta hoy se empiezan a hacer. Las leyendas recopiladas en la ciudad son Ladinas, Mestizas, con hondas raíces en la cultura occidental.
Estas leyendas fueron traídas en su mayor parte por los conquistadores europeos, y aquí en América, Guatemala en cuenta, se fueron recreando y transformando hasta tomar caracteres propios. La contribución indígena, de los pueblos naturales que habitaron estas latitudes, es poca, porque la influencia europea en las ciudades principales del Nuevo Mundo (el caso de la ciudad de Guatemala), fue mucho mayor. No debe pasar inadvertido el hecho de que los vínculos establecidos con la metrópoli, España, fueron muy vigorosos y constantes; en tanto que la relación entablada entre las ciudades capitales de la colonia con el interior de las provincias de la misma fue muy débil si se compara con la primera. Todo ello es comprensible en una estructura colonial como la española. De ahí que la tradición oral castellana de esa época sea tan clara y se encuentre tan viva en la ciudad de Guatemala. Siguiendo los mismos planteamientos, comparto la opinión de Carrizo en el sentido de que los hechos que integran el patrimonio espiritual de los pueblos americanos provienen en gran medida del siglo XV, unos, y otros de los siglos XVI y XVII europeos, “venidos en cadenas de recuerdos, de padres a hijos, o en libros impresos. Los demás han sido hechos aquí (en América) a imagen y semejanza de aquellos”. En otros términos: el espíritu de la edad media campea en el interior de las leyendas de Guatemala, además de manifestarse espontáneamente en muchos otros actos de la vida pública y privada de los pueblos de la República.
Alfonso Carrizo señala también que uno de los factores que apuntalan esta supervivencia del espíritu medieval, común a toda América, es que la Conquista, o mejor, para utilizar el término de Lafaye, las conquistas de América se hicieron simultáneamente. Casi todas las ciudades del Nuevo Mundo español fueron fundadas en el siglo XVI. Por eso, pueblos nacidos al mismo tiempo recuerdan un mundo común: el siglo Decimosexto.
Tampoco se olvide que todos los pueblos de América tuvieron tiempos comunes: casi cuatrocientos años de explotación española. Recién llegados de España las leyendas, los cuentos y las canciones, pasaron de costa a costa rápidamente en boca de los aventureros y los conquistadores, y de allí vinieron rebotando hasta nosotros gracias al proceso de difusión implícito en la tradición oral.
Por su parte, Henry Lafaye señala que los españoles venían imbuidos de tal manera de los libros de caballerías y de la tradición judío-latina, que en este “Nuevo Mundo que ellos habían encontrado habitado por una humanidad desconocida, lo poblaron de las leyendas que habían oído en el Viejo Mundo y así aprisionaron y se apropiaron de América con tanta seguridad como por la conquista misma”. Es decir, entonces, que los conquistadores y colonizadores hicieron realidad las ficciones en que creían, y crearon otras semejantes que con el transcurso de los tiempos llegaron a convertirse en populares, y hoy, cuatro siglos después, las clases proletarias de Hispanoamérica las repiten todavía.
Finalmente, concluyo con las palabras de Germán Arciniega: “la Colonia llega (a América) para darse a Dios, y es feudal y supersticiosa”, díganlo si no estás leyendas recogidas en la Nueva Guatemala de la Asunción.