La lejanía de Totonicapán


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La lejanía de un pueblo como Totonicapán y sus emblemáticos 48 cantones, no es necesariamente medible en kilómetros, esa lejanía lleva 500 años de historia; cinco siglos de abandono; centurias de manipulación, muchos años de engaño, demasiados siglos de darles las espaldas; hoy la lejanía llegó con la muerte y la sangre; hoy, Totonicapán se ahoga en el llanto, la indignación y la profundización de sus ancestrales carencias; hoy Toto llora a sus muertos; hoy el dolor es lacerante por la frustración de no poder hacer nada; hoy cuando quisieron manifestarse se encontraron en un punto de tensión que terminó fatalmente.

Juan José Narciso Chúa


La búsqueda del diálogo genuino, los dejó a merced de otras circunstancias y la tensión se exacerbó para llegar a niveles absurdos, alcanzaron la sangre y la muerte; el punto de inflexión fue la Cumbre de Alaska en este 4 de octubre; la situación de lejanía llegó a su máxima expresión, pero en la peor de sus manifestaciones. La paz social tan lejanamente anhelada quedó cubierta con botas y fusiles, antes que la racionalidad, el diálogo genuino y consecuente.

Las justificaciones se centraron primero en la legalidad de un Estado de Derecho, que nunca privilegiará la libre locomoción sobre el sagrado derecho a la vida, pero es el discurso de los patrones; repetido inútilmente, circularmente, más empeñado en reiterar la acción punitiva contra “revoltosos manifestantes”, en buscar la verdad y la distensión social.

El diálogo es, otra vez, el gran ausente, aquel instrumento que únicamente se ha utilizado para ganar tiempo sin apurar conclusiones, sin presentar respuestas. No, el diálogo debe apurarse como una necesidad de discutir, debatir y, principalmente, escuchar. El diálogo requiere de acuerdos, los acuerdos requieren de decisiones para implementarse y la implementación necesita de fondos para hacerla operativa. No se puede pensar únicamente en la invocación a un Estado de Derecho, ni la libre locomoción, ni la productividad, hay cuestiones más grandes de fondo, necesidades imprescindibles y olvidadas, muchos años de olvido, mucha distancia estableciendo lejanía más allá de lo físico. Es necesario apuntarle al diálogo para llenarlo de contenido, de sustancia, no buscar el diálogo como un medio y un fin en sí mismo, eso no lleva a nada, únicamente posterga, sólo esconde, no ayuda, engaña.

Sin estas características, el estado de cosas no cambiará. Se debe persistir en alcanzar grandes acuerdos en materia social, pero también se deben revisar las causas que dieron origen a esta situación y que ameritan discutirse y pensarse, no es únicamente de imponer, de aprovechar que ya pasó el tiempo, de dejar que las personas y organizaciones se expresen pero no hay que hacerles caso. De otra manera, la situación volverá a repetirse, dolorosamente. Este resultado fatal pudo haberse evitado, pudo haberse atendido, pudo haberse escuchado. Hoy es difícil, aunque no tardío.

Ya no es tiempo de encontrar justificaciones, ya no es tiempo de encontrar chivos expiatorios, ya no es tiempo de inventarse hipótesis poco convincentes, se requiere de un diálogo genuino aunque nadie cree, el afán de dialogar debe buscar no sólo alcanzar acuerdos, sino estar convencido de que estos se respetarán y se llevarán hasta el final, hoy aunque no es tarde, sí es bastante frágil el terreno, las posiciones, las visiones están impregnadas de indignación unas y de premura sin contenido otras.

Esto jamás debió haber pasado, esto debió haberse resuelto en un marco de paz, diálogo y tolerancia. Nunca más, nunca más, nunca más; cuántas veces se insistió en ello, pero no quieren escuchar. La situación es delicada, la tensión se acrecienta, la desesperación es mayor y la indignación no termina.

Mientras tanto, la lejanía se amplía en un pequeño lugar llamado Totonicapán y en un remoto espacio llamado Alaska, la población llorará y no olvidará este desencuentro fatal. Nunca más, nunca más.