La larga marcha de los pueblos originarios hacia la capital argentina


Por Indalecio Alvarez

Es una ola que emerge al compás de música de flautas, aplausos y lágrimas: «Son nuestros hermanos», grita una mujer mientras miles de aborí­genes venidos de toda Argentina llegan a Buenos Aires y se manifiestan ante la sede de la presidencia.


«Esto es histórico, no lo olvidaré jamás», dice Gloria Souto conmovida en medio de la multitud, en plena Plaza de Mayo. «Al fin vienen a nuestro encuentro». Dos siglos después de la independencia argentina, es la primera vez que los aborí­genes llegan juntos al corazón de la capital.

Frente a Gloria desfilan pancartas de las comunidades aborí­genes: «Refundar el Estado argentino obsoleto. Pueblo mapuche», dice una. «Mocoví­es» «Guaraní­es, Chanés, Quomleks, Tobas», «Wichis» y también «Misión Laishi».

El «Parlamento mapuche» de Rí­o Negro (Patagonia) igual que los Guaraní­es de Misiones (noreste) han rechazado participar en esta marcha porque consideraron que estaba controlada por el movimiento Tupac Amaru, próximo al gobierno.

Este movimiento, de gran presencia, no impide de todas formas a las otras comunidades hacer valer sus reivindicaciones.

La gente recibió la marcha con mensajes de aliento: «Gracias por enseñarnos a no bajar los brazos», reza una pancarta.

«Tenemos que abrir nuestro corazón», dice Alejo Ferrarotti, 31 años, estudiante de Bellas Artes. «Ellos son nuestras raí­ces».

Los manifestantes vienen de la zona de La Quiaca (Jujuy, norte), en la frontera con Bolivia, de Formosa y Misiones, en la frontera con Paraguay, de Mendoza y Rí­o Negro, en la margen con Chile, y han atravesado a pie unas 25 ciudades cuando faltan pocos dí­as para el Bicentenario de la independencia argentina, el 25 de mayo.

Es a la vez un homenaje y un mensaje muy claro. En 2006 una ley argentina ordenó el relevamiento de los territorios que desde tiempos ancestrales pertenecieron a los aborí­genes. Pero la iniciativa prácticamente no fue seguida de hechos concretos y las comunidades aborí­genes siguen reclamando sus tierras.

Cientos de banderas «whiphala» («emblema» en lengua Aymara) rodean la plaza de Mayo en representación de los colores de todas la comunidades de los Andes y dan cuenta de una diversidad por largo tiempo negada.

«Hemos destruido sus bosques para plantar soja», lamenta Leon Pagnutti, de 33 años. Esta destrucción se ha acelerado en la última década al compás del «boom» de esta materia prima, uno de los motores del crecimiento económico del paí­s.

Argentina ha perdido en un siglo casi el 70% de sus bosques, que cubrí­an unas 100 millones de hectáreas contra 33,19 millones en la actualidad.

Los aborí­genes representan 1,4% de los 40 millones de argentinos, a los que hay que sumar 6,5% de mestizos. En comparación, los pueblos originarios constituyen el 60% de la población en Bolivia (10,5 millones de habitantes), más 27,5% de mestizos.

La noche del jueves los representantes de las comunidades aborí­genes fueron recibidos por la presidenta Cristina Kirchner, quien les anunció la creación de una comisión destinada a acelerar el reconocimiento de sus derechos sobre las tierras.

«Sentimos que las cosas pueden cambiar», dice Hernan Lorenzo, 22 años, miembro de Tupac Amaru y proveniente de la comunidad Coya venida desde Jujuy (extremo norte).

«El paí­s se esta abriendo», sostiene Rubén Lalecori, 40 años, representante de la comunidad Mocovi, que espera recuperar 100.000 hectáreas en Chaco (centro norte del paí­s).

Lalecori se sonrí­e cuando se se les dice «argentinos». «No nos olvidamos que nosotros estábamos aquí­ antes de que este paí­s exista», remarca.