Estamos a pocos días de conmemorar los 15 años de la firma de los Acuerdos de Paz, que terminaron con esa infame guerra de más de 30 años de duración y que dejó por lo menos un resultado sangriento de más de 200,000 víctimas, la mayoría de ellas inocentes y que fueron asesinadas por parte o a consecuencia de los dos bandos que se encontraban en pugna: los militares y los guerrilleros empujados unos, por los Estados Unidos y los otros por Cuba y países del bloque soviético que «peleaban» la guerra fría cuyas consecuencias más desastrosas las sufrimos países como Guatemala o El Salvador.
En nuestro país, este conflicto se inició en la década de los 60 y terminó realmente unos 32 años después, formalizándose el cese de la lucha en l996. Mientras esto acontecía vino la Minugua con Christian Toumussat a convertirse en observadores de las Naciones Unidas. Luego salieron dos libros fundamentales: Guatemala Nunca Más y Memoria del Silencio en donde se narran con abundante material testimonial, lo ocurrido en aquellas épocas, particularmente en la región ixil.
Cuando personajes y grupos, que habían tenido que huir al exterior, se dieron cuenta de que la represión iba desapareciendo, decidieron retornar y se convirtieron en voces acusadoras particularmente contra los militares, a quienes han tratado de enjuiciar y en algunos casos, con relativo éxito, al lograrse condenas contra expatrulleros y militares, así como una actitud del Estado de resarcimiento y perdón hacia los familiares de las víctimas, fuera de reencuentros entre familiares que por muchos años habían estado separados. Algo pues, se logró, aunque no sea todo lo que una víctima espera.
Bien dicen que a toda acción hay una reacción y aunque esta tarda, veteranos militares de baja y alta, al notar que la persecución penal seguía contra antiguos jefes militares como Oscar Mejía Víctores y Héctor Mario López Fuentes, ambos de más de 80 años de edad y evidentemente con signos de su deterioro físico y mental, decidieron que la gota había rebalsado el vaso y ahora, las víctimas de la guerrilla, que también las hubo, han iniciado, al menos dos procesos contra dirigentes de la URNG (ORPA, EGP y PGT) siendo el centro de este ojo de huracán la fiscal general de la República, Claudia Paz y Paz, señalando a algunos de sus familiares como exintegrantes de la guerrilla.
Tal parece que de nuevo se inició la guerra, solo que ahora en los órganos jurisdiccionales, judicializándose la guerra sucia que vivimos en otras instancias digamos que «más civilizadas», bajo un lema viejo: «lo que perseguimos no es venganza, sino justicia». ¿Será que realmente se busca justicia o lo que se persigue es la venganza?
Independientemente de lo que se pretenda, lo triste del caso es que de nuevo entramos a algo que bloquea cualquier posibilidad de una reconciliación y unidad nacional basada en que todos somos guatemaltecos. Sé que los familiares de las víctimas no pueden ni deben olvidar, contrario a lo que decía Jorge Luis Borges refiriéndose a la guerra sucia de su patria, Argentina: «Yo no hablo de venganza ni perdón, –decía Borges–, el olvido es la única venganza y el único perdón».
Es raro como los guatemaltecos nos olvidamos de muchísimas cosas que nos han golpeado y herido profundamente como ha sido el cinismo de la corrupción e impunidad que en otras actos y sucesos del propio Estado, nos tienen sumidos en una patria agonizante y cada vez más llena de crisis social y humana, pero no podemos ejercitar un auténtico perdón para hechos inimaginables, que por su magnitud no se pueden volver a repetir. ¿Pero no repetirlos cuando cada vez hay más fragmentación social y más rencor, odio, cólera y desconfianza entre nosotros mismos?
La diferencia entre civiles y militares ha estado marcada por años de confrontaciones entre ambos segmentos de la sociedad, sin embargo, con honestidad creo que ni todos los civiles son malos, ni todos los militares son malos y que deben buscarse bases de entendimiento razonables y justas, que permitan que ambos seamos uno solo, lo cual sí se puede perfectamente y baste poner un ejemplo. Cuando triunfó la revolución de octubre, la Asociación de Estudiantes Universitarios –AEU–, le brindó un homenaje al Ejército por medio del entonces estudiante Manuel Galich y el que recibió la presea en nombre del ejército fue el entonces capitán o Mayor, Carlos Castillo Armas. Miren lo que es la vida. Y si no lo creen pueden buscarlo en la Hemeroteca Nacional.
No creo que existan posiciones irreconciliables entre los dos sectores. Quizás hace falta más comunicación y más capacidad de tolerancia aunque ello implique sacrificios particularmente emocionales. Lo preocupante es que mientras sigamos llevando la guerra a los tribunales, máxime ahora que asumirá la presidencia el general Otto Pérez Molina, no podremos pensar en un nuevo retorno a los cauces del entendimiento mutuo para hacer un único esfuerzo por tratar de rescatar a nuestro país, que cada día se hunde más y que no necesita de más enfrentamientos, sino de más apoyo. Ahora tenemos enemigos comunes como el narcotráfico, la corrupción, la impunidad, el crimen organizado y la pobreza, entre otros. ¿No valdrá la pena un sacrificio para salir adelante?
UNA ACERTADA DECISIí“N. El Presidente electo, general Otto Pérez Molina ha adoptado una postura de respeto a la Constitución y a la ley al dar su total respaldo a la actual Jefe del Ministerio Público, licenciada Claudia Paz y Paz, quien estaba siendo presionada por algunos sectores y personas para obligarla a renunciar al cargo. El respaldo del Presidente electo es aún más valioso si tomamos en cuenta que él es un General del Ejército que ha forjado su vida en la institución armada. Ojalá continúen esas actitudes positivas para la institucionalidad del país.