Al parecer, en la coyuntura electorera actual, está muy lejos de que se produzca un debate serio encaminado a redefinir a la izquierda guatemalteca, lo cual ?por cierto? no sólo sería de lo más saludable sino, además, necesario y urgente. El momento talvez no sea el mejor para intentarlo.
Sin embargo, no está demás anticipar algunas ideas al respecto.
De lo que se trata es de encontrar la coincidencia en torno a lo principal y que consiste en definir lo que debería ser la nueva izquierda ?en las condiciones y situación del momento y su probable desenvolvimiento y desarrollo?, a fin de salir del constreñido y marginal espacio que ahora ocupan sus distintas expresiones a causa de su atomización y dispersión, y la falta de definición ideológica y política en que han caído sus anquilosadas, desgastadas y agotadas dirigencias. Lo que no se debe subestimar es lo que perturba y enrarece el debate o ignorar los planteamientos que niegan el papel y razón de ser de la izquierda como alternativa real al atrasado y caduco poder de dominación excluyente, racista, explotador y neocolonizado.
En la coyuntura actual, lo electoral es el principal obstáculo para escudriñar los senderos más indicados que viabilicen el reencuentro de lo que ahora anda disperso y atomizado. Lo inmediato no debe obnubilar e impedir ver con claridad el horizonte en el mediano y largo plazo. Es lo estratégico a lo que hay que aspirar. Distraerse en lo secundario, equivale a perder el tiempo y la perspectiva.
Y como por algo hay que empezar, lo que primero corresponde es tomar conciencia de la abismal brecha que separa a las dirigencias ?no así a las bases? de las distintas conformaciones a identificar como de izquierda aunque en la práctica no lo sean o hayan dejado de serlo y sigan presentándose como tales.
Lo anterior supone salir del dogmatismo que todo lo desfigura y permea, así como de cualquier forma de exclusión, personalismo, hegemonismo, verticalismo, y ordeno y mando. Se trata de cambiar radicalmente lo que es necesario cambiar a partir de una amplia e incluyente convergencia alrededor de las ideas revolucionarias y progresistas de nuestra época y sus antecedentes históricos válidos y permanentes. Echar un vistazo al pasado puede servir de algo.
La experiencia más reciente al interior del movimiento revolucionario guatemalteco enseña que así como se pasó por períodos de desprendimientos orgánicos significativos y escisiones fraccionalistas costosas, se tuvo la capacidad e inteligencia de buscar y arribar al reencuentro en torno a lo fundamental y coincidir en una unidad fuerte, con amplio respaldo social y popular, y simpatía nacional e internacional.
Las dificultades que se tuvieron no fueron pocas y el secreto para lograr superarlas estuvo en la capacidad de identificarlas y la tenacidad y consecuencia de las direcciones y bases de entonces para restablecer la unidad al calor de la guerra revolucionaria del pueblo.
Las condiciones y situación actual son muy diferentes a las de entonces, pero no por ello tiene que dejarse de lado ese pasado ilustrativo y aleccionador (en lo positivo que fue y lo negativo que pudo haber tenido).
La principal y más valiosa enseñanza que esa experiencia deja es que las dificultades en lo ideológico y político no cabe ponerlas por encima ni absolutizarlas y anteponerlas a la unidad, sin que ello suponga desideologizar el proceso. Las diferencias ideológicas y políticas han de respetarse para tratar ?en medio de la diversidad?, de encontrar el mayor número de coincidencias. En aquel momento si se hubiera priorizado lo orgánico, el reencuentro no habría podido darse como sería imposible ?en el momento actual? la coincidencia, más no la unidad, si se concerta alrededor de lo «electoral» o, peor aún, del «reparto» de cargos y cuotas de «poder».
La unidad se da y es resultado de un proceso en el que la consecuencia y lealtad es lo fundamental y decisivo. Identificables y recíprocamente respetadas deben ser las diferencias existentes a fin de ir aproximándolas y superando. Es sólo así como la unidad deviene en consistente, firme y duradera; de lo contrario, resulta frágil, endeble y vulnerable.
Ahora bien, en cuanto a las alianzas hay que tener claro que sin ellas la izquierda ni se amplía, desarrolla y fortalece, no acumula fuerzas ni su lucha avanza y se profundiza, así como que las alianzas a concertar sólo pueden ser aquellas cuyos objetivos sean parte fundamental de la estrategia y la lucha por la toma del poder político, que es lo principal, y que no son otros que ganar a las fuerzas que es necesario ganar, aislar a las fuerzas que es posible aislar, y derrotar a las fuerzas que hay que derrotar.
La identidad e independencia en lo orgánico, ideológico y político, la consecuencia y firmeza en la lucha, la salvaguarda de los principios, y la constante y continuada actualización teórica y práctica, es de lo que más urgida está la izquierda guatemalteca para pasar a convertirse en la nueva y renovada fuerza que nuestro pueblo y el país necesita, en el marco de la pro oligárquica y excluyente institucionalidad vigente.