La izquierda, en un paí­s como el nuestro


Guatemala no es la misma de antes de 1944 y, menos, de la de 1944 a 1954. No es la misma de antes y después del terremoto de hoy hace 33 años. Y no es la misma, tampoco, que la de antes, durante y después de la búsqueda de la paz por medios polí­ticos y la firma del Acuerdo de Paz Firme y Duradera (1990 – 1996).

Ricardo Rosales Román
rosalesroman.cgs@gmail.com

El mundo de nuestros dí­as, a su vez, no es el de antes y después de la Gran Depresión, de la Segunda Guerra Mundial, de la caí­da del Muro de Berlí­n, de la disolución de la URSS y la desaparición del sistema mundial del socialismo. Ya no es ni seguirá siendo el mismo que era antes de la gran recesión que se desencadenó en Estados Unidos en 2007 y que está ahora en uno de sus peores momentos, se agrava y expande cada vez más.

Persistan problemas que, en unos casos, no han sido resueltos y, en otros, han empeorado. Los que no se han resuelto, tanto como los que están peor, confirman la impostergable necesidad de transformar revolucionariamente la realidad: en lo nacional, es a los guatemaltecos a los que nos corresponde, y –junto a los demás pueblos y paí­ses del mundo– contribuir con nuestra propia lucha y nuestras propias fuerzas al avance, desarrollo, profundización y consolidación de los cambios profundos que están teniendo lugar en lo internacional.

La izquierda es, en mi opinión, el pensamiento y la fuerza llamada a que la historia avance y los pueblos pasen a una etapa superior de desarrollo. De ahí­ que, en su esencia, sea una y su enriquecimiento constante y creador sea posible si responde a las tareas teóricas y prácticas de la lucha, su sistematización, interpretación, explicación y desarrollo y, en lo fundamental, a las de la transformación revolucionaria de la realidad.

En su continuidad histórica, mantiene su validez y juega su papel si es capaz de avanzar con mayor celeridad a como marchan los acontecimientos en cada fase, etapa o momento de la historia.

Crí­tica y autocráticamente, no es ésta la experiencia en el caso de nuestro paí­s. Son varios los factores que lo determinan. Unos son de carácter subjetivo y, otros, de carácter objetivo. La actual atomización y dispersión de la izquierda en el paí­s, lo confirma.

Alcides Acosta, en un comentario al Manual del progresista de George Lakoff, hace referencia a lo que el profesor universitario estadounidense sostiene en cuanto al pensamiento, el activismo y la organización. Dice Lakoff: «El pensamiento es la primera forma de activismo. En el fondo los movimientos son valores e ideas. La organización es crucial, pero tiene que realizarse en torno a algo…». Según Lakoff, su manual está ideado «para un trabajo que está por hacerse: articular la visión progresista en todas sus manifestaciones? Articularla entre activistas y militantes de base de todo el paí­s». (Alcides Acosta: Lakoff y el Manual del progresista, en Rebelión, 15 de enero de 2009).

En nuestro paí­s, las condiciones objetivas para los cambios revolucionarios están dadas. Las condiciones subjetivas, no. Las objetivas, maduran aceleradamente; por el contrario, la movilización obrera, campesina, indí­gena, social y popular es esporádica, gremialista, dispersa, voluntarista; la organización no se configura ni articula; la unidad, es el eslabón más débil de la lucha revolucionaria.

En consecuencia, corresponde a la izquierda reunificarse alrededor de las tareas de la revolución democrática, popular y social, multiétnica, pluricultural y multilingí¼e, la unidad de la nación y su territorio, el fortalecimiento del poder del Estado, el desarrollo y el progreso del paí­s, por la tierra para quien la trabaja, la independencia, soberaní­a y autodeterminación, la solidaridad con la lucha emancipadora y antiimperialista de los demás pueblos y paí­ses del mundo, contra el neoliberalismo y la globalización, y a favor de la integración regional y solidaria de los pueblos en nuestro continente.

En ello radica la vigencia y proyección de la izquierda para nuestro paí­s y el mundo de hoy, la izquierda que es posible y necesaria para la Guatemala del futuro y el mundo del porvenir. De no concebirla así­, se corre el riesgo de que caiga en el peor de los conservadurismos o en el mero reformismo que, en las actuales condiciones, no tiene perspectiva y, menos, viabilidad.

No es con conjeturas y ocurrencias que se avanza en lo elaborativo y en la práctica revolucionaria. Es la realidad la que marca el paso hacia etapas superiores de desarrollo y progreso social y popular. El mundo de hoy y las condiciones en que se encuentra el paí­s, exige contar con una izquierda reunificada, fuerte, creativa, definida, identificada e identificable, capaz y en condiciones de responder a las tareas y exigencias de nuestra época.

En fin, la experiencia enseña que en la lucha por la independencia y la justicia, la libertad y la igualdad, no hay cabida para la simulación y el oportunismo, el acomodamiento y las apariencias: o se es revolucionario o no se es, o se es de izquierda o no se es.