Conceptualmente es inobjetable la invitación que ayer hizo el presidente Colom a los jóvenes para que inunden en avalancha los partidos políticos con la idea de depurar así el proceder de esas organizaciones tan desnaturalizadas en nuestro medio. Qué mejor que nutrir a los partidos de sangre joven, llena de ideales y ambiciones puras que tienen que ver con lo que le conviene al país para su futuro.
ocmarroq@lahora.com.gt
Sin embargo, y no es que uno siempre quiera poner peros, hay que señalar que la cuestión no sería tan sencilla aun y cuando hubiera una respuesta abrumadora de los jóvenes para hacer política. En primer lugar, con el ejemplo y el comportamiento de los dirigentes actuales, es natural que se piense que los que se sentirían más atraídos para entrar a los partidos políticos son los que tienen vocación de largos y se han dado cuenta que la política es el medio que más fácilmente permite el enriquecimiento personal. Mientras no exista un comportamiento ético de los dirigentes, la gente correcta seguirá mostrando la misma alergia que hasta ahora despierta esa actividad humana, porque las evidencias son contundentes en cuanto a lo difícil que es para alguien honesto abrirse campo en ese pantano.
Pero existen también obstáculos de otra índole que el Presidente conoce, como secretario general que fue de su propio partido político. Por motivos de control partidario, en las organizaciones se mantiene un estricto manejo de los libros de afiliación, puesto que allí está la clave que asegura que las estructuras no harán más que lo que se proponen los dirigentes. Los partidos políticos en Guatemala no son instituciones abiertas porque uno o dos dirigentes tienen los libros y hojas de afiliación y únicamente presentan al Registro de Ciudadanos las que les convienen e interesan. El día en que llegaran miles de jóvenes a solicitar su afiliación a la UNE, por ejemplo, les darían hojas para que firmen, pero las verdaderas hojas las tiene la secretaria de organización, la señora Gloria Torres, quien sabe que su poder y el poder de la dirigencia está en la medida en que mantengan el control de la organización partidaria y que no existan filiales que principien a trabajar por la libre.
Si se produjera esa avalancha, los jóvenes entrarían firmando en hojas que no tienen valor legal, seguramente, y terminarían siguiendo la tradición para escalar. El activismo y, sobre todo, la lambisconería son los caminos para irse abriendo espacio en las filas de los partidos políticos, sin que una inyección masiva de nuevos afiliados pueda traducirse en fórmulas depuradoras porque la mera decisión seguirá siendo de los dueños de los grupos. En Guatemala no tenemos un auténtico régimen de partidos políticos sino que entidades que se forman alrededor de un caudillo o caudillito y únicamente para encumbrar a éste como candidato. Para crear movimientos de masas, en donde la base partidaria cuente, tendríamos que modificar seriamente nuestra legislación sobre partidos políticos porque ahora casi todos se contentan con el mínimo legal de organización partidaria para dejar en manos del comité ejecutivo nacional las decisiones sobre candidaturas importantes. Si cada municipio tuviera en verdad afiliados que cuentan, los candidatos a Alcalde no se negociarían en la capital sino entre las bases y los candidatos a diputados no comprarían sus curules pagando a la dirigencia nacional, sino que serían decididos en su comunidad. Para que eso pase, haría falta mucho más que un poco probable gesto masivo de entusiasmo juvenil. Hay que reformar la ley, lo cual nunca será posible porque en el Congreso votan los que se benefician del sistema actual.