La invasión gringa


Hace dí­as que muchos comentan con sospecha la forma en que los Estados Unidos ha apoyado a Haití­ como consecuencia de la tragedia que todos conocemos.  La forma como se ha desbocado esa poderosa nación no ha hecho sino hacer pensar mal a la hipersensibilidad global: a los propios haitianos y a los demás paí­ses que murmuran «sotto voce» una cooperación que tiene más visos de ocupación (así­ lo califican algunos), que de franca ayuda.

Eduardo Blandón

El primero en señalarlo sin pelos en la lengua fue el secretario de Estado de Francia, Alain Joyandet, al decir que esperaba que se precisaran las cosas en cuanto al rol de los Estados Unidos: «Se trata de ayudar a Haití­, no de ocupar Haití­».  Usó la palabra maldita, «ocupación», la que todos murmuran, pero que también disimulan.  El precio de la honestidad no le ha sacado una sonrisa a los gringos, ni siquiera una de esas diplomáticas y se han esforzado por presionar a los galos para que moderen sus palabras. La diplomacia francesa ha sido dócil y ayer por la mañana emitió un comunicado indicando que «las autoridades francesas están plenamente satisfechas de la cooperación con Washington.  Y además, felicitan la movilización excepcional de los Estados Unidos a favor de Haití­ y el rol esencial que han jugado sobre el terreno».   Como no les bastó el acto de sumisión, la embajada de Francia en Washington convenció a los periodistas norteamericanos que retiraran de sus sitios de Internet la información que contení­an las palabras de Joyandet. 

 

La suspicacia de invasión, sin embargo, no sólo la tienen los malpensados extranjeros, franceses petulantes y con no menos vocación imperialista, sino también los propios haitianos a quienes el sufrimiento no les ha quitado lucidez.  Por tal razón, algunos se han mostrado molestos al ver cómo los grandes helicópteros norteamericanos aterrizan impunes frente al Palacio Presidencial.  La televisión ha captado imágenes de ciudadanos levantando banderas de Haití­ en claro expresión de molestia por un comportamiento al parecer más digno de invasión que de colaboración.

 

Ha sido el presidente de Haití­, René Préval, quien ha salido a defender a los gringos al declarar que no es momento para ideologí­as cuando hay muertos y heridos a quienes rescatar.  «Si el jardí­n del Palacio Presidencial puede servir para rescatar vidas, creo que los arrebatos ideológicos deben dejar lugar a la caridad que nos permita socorrer a los heridos».

 

De cualquier forma, la discusión está sobre el tapete y los polí­ticos norteamericanos parecen haber recibido el mensaje y estar deseosos en corregir la plana.  Eso es lo que da a entender las declaraciones que hizo ayer una fuente gubernamental de Brasil que declaraba a la AFP que Barack Obama sugirió al presidente brasileño, Lula da Silva, que los Estados Unidos, Brasil y Canadá asumieran «el liderazgo de la coordinación de donadores».  Quizá sea la mejor fórmula para silenciar a los suspicaces y ganar así­ los méritos que requieren tales acciones.

 

El problema es que a los gringos les tomará un poco más de tiempo que se nos borre de la memoria las imágenes de helicópteros, aviones, barcos, soldados desplegados por la ciudad y la información de autoritarismo en la administración del Aeropuerto de Haití­.  Supongo que ellos no tendrán problemas en superar nuestro malestar, total, según ellos, somos nosotros los que padecemos de sensiblerí­a.