La insondable belleza de la noche


logito

Oscurece, el sol concluye su ciclo diario y llega la penumbra, esa zona gris, ese espacio de claroscuro que preludia la oscuridad en medio de ligeros y postreros destellos de luz, mezclado con sombras.

JUAN JOSÉ NARCISO CHÚA

Poco a poco, la nocturnidad va ganando terreno y la luz claudica lentamente ante la noche.
Y ahí está, la noche llega con su particular e insondable belleza, un cambio de ritmo y de tono que anuncia el fin del afán, de la lucha, la postergación temporal de sueños, propósitos y deseos, para perfilar el descanso, el recuento del día y sus luces y sombras, el reencuentro y la fiesta.
La noche se profundiza, el manto de su negrura se extiende y consolida, brindándonos un espectáculo digno de admiración permanente, pues su extensión es infinita y ante esa espesura inmensa, se recrean otros protagonistas imprescindibles y además cómplices de la noche y su encanto.
La luna, ese astro omnipresente y mágico, emerge haciendo gala de la luz que el sol le presta y ésta la usa para destacar su brillantez y lucir esplendorosa con su luminosidad que se mueve entre plateada, gris y azul.  La luna goza de una belleza indiscutible y muchas veces quiere robarle a la noche el espectáculo, quiere ser protagonista y muchas veces lo consigue, principalmente cuando rebosa ese estado de luna llena, luna completa, luna total, luna resplandeciente, luna amorosa.  Ella sabe que si bien su luz es prestada, ella si puede ser vista, contemplarse, admirarse, mientras que su compañero sol, no consigue tal posibilidad, a pesar de su enormidad, fragosidad y calor.
La luna está consciente que ella propicia los más nobles y quiméricos sueños.  Los enamorados se entregan a ella inmediatamente ante su pletórica luminosidad plateada, les propicia el amor, les enuncia el amor eterno, les hace soñar con toda clase de ensoñaciones, quimeras y deseos de futuro.  La luna también sabe, vaya si no, que en esas reflexiones del amor, los amantes se extienden en sus propuestas, llegando incluso a regalarla como obsequio de eternidad, de magia, de luz.  El plateado astro sabe que muchos amantes se comunican por medio de ella, como si fuera el interlocutor que goza de mayor credibilidad, de mayor pasión, de mayor amor.
Las estrellas, aquellas diminutas y distantes compañeras inseparables de la luna y el aderezo luminoso de la noche, saben que ante la luna y su belleza de luz, quedan disminuidas, por ello, se juntan y aparecen por centenares, por miles, por millones y así consiguen convertirse en un concierto de luz intermitente y preciosa, que destacan pues a pesar de su enorme distancia, siguen deleitando con su brillantez blanca a todos los que las vemos y las seguimos, tanto en sus formas de constelaciones, así como cuando se dejan escapar y fugazmente podemos apreciar una trayectoria de caída sin saber hacia dónde van, como el enigma del inicio y el final del arcoíris.
Las estrellas son otro actor protagónico en ese manto espeso y negro que la noche nos otorga, aunque resienten su baja capacidad de generar sueños idílicos como lo hace la luna, saben muy bien que han sido fuente de inspiración a grandes e iluminadas mentes como el maestro Beethoven, quien convirtió a las estrellas en sus musas en aquél universal Himno de la Alegría, en donde dice: “ si en tu camino sólo existe la tristeza/ y el llanto amargo que la soledad completa/búscala hermano más allá de las estrellas”, reconociendo su inmensidad, su luminosidad inspiradora y su encanto como musas permanentes de la vida. Y así, la noche organiza un concierto de belleza, de luminosidad, de profundidad, de amor, de ensueño, de vida y termina únicamente cuando emerge el hermano sol, con su luz.  La noche marca el final de la lucha pero cada vez que se presenta nos deja su legado oscuro de vida, de luz y de belleza eterna para que la disfrutemos para siempre.