En Guatemala, el flagelo de la explotación infantil no se ha erradicado y pareciera que cada día se propaga más y más en detrimento de la población integrada por personas que oscilan desde los 0 años hasta el período de la adolescencia, lo cual constituye una vergí¼enza más para el país.
Dentro de ese plano, el actual Gobierno encamina algunas de sus acciones hacia la inserción de la población infantil al proceso educativo, utilizando para el efecto los programas de intercambio de dinero por estudio, el de la cohesión social y algunos otros paralelos.
Es necesario reconocer la voluntad para que los niños ya no sean la fuerza de trabajo que ayuda a sus familiares en la consecución del aspecto económico para la subsistencia de la familia; porque la niñez está destinada para educarse e informarse de acuerdo a su edad cronológica; y ello es un derecho humano inherente a su condición de personas y en especial a la condición de niños.
Lástima y da vergí¼enza social el hecho de ver a los niños vistiendo atuendos de payasos pidiendo limosna en los cruceros de las calles y avenidas, o bien dedicándose al malabarismo, a la limpieza de vidrios de autos, a ser lustradores de zapatos, cargadores de bultos de leña, miembros de la tapizca, y hasta jornaleros de tiempo completo.
Padres y madres que por diversos motivos envían a sus hijos a realizar diferentes clases de trabajos, son quienes día a día recogen el producto de lo «ganado» por los niños. Y en ese rubro hay «trabajos» honestos como romper piedras con martillo, ayudar en las labores agrícolas, vender tortillas o golosinas de forma ambulante, incluso hay hasta niños cantantes que abordan buses para pedir la consabida «ayuda».
Y entre los «trabajos» sucios, se encuentran los de recolectar las cantidades de dinero producto de extorsiones; servir sexualmente a los adultos en sitios de prostitución, participar en actos delictivos (asaltos y sicariato), servir de «bandera», ser utilizados como objetos de lástima para recolectar limosna y otros más.
En todos los casos, la explotación de la cual son objeto, de manera usual proviene de sus padres o madres viciosos, y de personas que los tienen bajo su cuidado; a quienes los niños entregan cuentas de la labor diaria. La amenaza del adulto explotador y el temor más el miedo infantil hacen que no haya denuncias y mucho menos investigaciones para tratar de terminar con esta inveterada costumbre.
Esperemos que el actual Gobierno y las instituciones específicas, traten el tema y propongan o implementen medidas que favorezcan a la niñez explotada. Los niños tienen derecho a vivir su niñez como niños y los adultos tienen la obligación de respetar ese derecho y proporcionarles la mejor forma de vida digna.