Ayer leía un artículo en el último número de la revista Time bajo el título «Por qué su banco está quebrado» y en el mismo se detalla la forma en que las grandes instituciones financieras de los Estados Unidos cayeron en una situación tan crítica que abre el debate para la nacionalización de la banca como una de las pocas alternativas que van quedando para salvar al sistema financiero. Lo primero que me vino a la mente es que si en Estados Unidos tuvieran una ley de «Terrorismo Financiero» como la que aprobó el Congreso de Guatemala, posiblemente el autor Stephen Gandel y los editores de Time irían al bote por la publicación de ese artículo que desnuda la crisis.
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La cuestión principal tiene que ver con la incapacidad del sistema financiero para inyectar recursos a la economía y alentar nuevamente el consumo y detener la caída, puesto que los 140 mil millones de dólares que han recibido las principales instituciones bancarias están sirviendo para tapar hoyos de los mismos bancos y no para atender a los que necesitan créditos para operar. Se citan los casos de bancos de tanto peso y prestigio, mencionados en atención a su valor bursátil actual, como JP Morgan Chase, Wells Fargo, Banco de América, y Citi, los cuales han sufrido pérdidas enormes desde que empezó la crisis, al punto de que el artículo advierte que la quiebra es una probabilidad y que la nacionalización puede ser la única salida.
Pensar en una nacionalización de la banca en Estados Unidos hubiera sido insensato hace un año, pero las condiciones actuales son de tal magnitud que ya está abierto el debate al respecto. Es un hecho irrefutable que hubo exceso de codicia en el manejo de los recursos y que hubo, además, políticas torpes en cuanto a la eliminación de requisitos como lo que podría ser mínimos de encaje para garantizar el recurso no sólo de los ahorrantes, sino el capital de los inversionistas en la bolsa. El valor del Banco de América antes de que le inyectaran los recursos del Estado derivados del plan de salvamento aprobado en tiempos de Bush, era de 159 mil millones de dólares y a la fecha es de apenas 37 mil millones de dólares, bastante menos que los 45 mil millones que inyectó el fisco.
En el caso de Citi el valor antes del rescate era de 110 millones de dólares, y actualmente apenas llega a 22.9 mil millones, menos de los 45 mil millones que también recibió ese banco. Menores son las pérdidas de Jp Morgan Chase, que valía 174 mil millones, y bajó su valor a 103.3 mil millones, habiendo recibido del gobierno federal 25 mil millones, misma cantidad que recibió Wells Fargo que tenía un valor de 124.7 mil millones y bajó a 70.5 mil millones.
El caso es que con esas pérdidas, los bancos quebrarían si apenas 2.5%% de su cartera incumple con sus pagos y dado el galopante índice de desempleo en Estados Unidos, que tan sólo en enero incrementó en 598 mil el contingente, no es remoto que se produzcan masivas insolvencias. Eso sin mencionar que prácticamente todas las garantías inmobiliarias están sobrevaluadas de acuerdo al mercado actual, lo que disminuiría mucho más la capacidad de reacción de los bancos.
Ayer Obama echaba chispas para reclamarle al Congreso acciones rápidas. Aun con esas acciones, el problema parece irse escapando de las manos. Aquello de que si el vecino pierde el empleo es recesión, pero si yo pierdo el empleo es depresión, se vuelve realidad cada día con mayor fuerza.