La importancia de los indicios…


Vueltas que da la vida, pensé ayer cuando leí­ el comentario de mi amigo Héctor Luna Tróccoli hablando de la forma en que nos tiene avasallados la corrupción en el paí­s. Y es que Héctor se queja de cómo los funcionarios piden pruebas fehacientes ante las denuncias de corrupción cuando, dice él, los indicios son abundantes. Textualmente en su columna el abogado sostiene que «Ahora bien, aunque de Colom ya no me sorprende nada, sí­ me causó cierta sonrisa irónica, cuando, como dicen la mayorí­a de acusados por delitos similares, grita: «presenteeeennnn prueeeeeebaaaassss», cuando uno de los delitos que más cuesta probar es el de cohecho porque los dos «pecadores» están mutuamente protegidos y efectivamente, denunciar una cosa de estas se tiene que hacer con pruebas; pero, también hay otra salida, el Gobierno, como parte del Estado ya tiene muchos indicios y tiene cuerpos investigativos para dar con los responsables de estos delitos aunque, por supuestí­simo, ya habrá jueces esperando con la mano abierta, no para abrazar al amigo, sino para recibir el pisto que les permitirá salir libres, así­ que señoras y señores, esto es una rueda de Chicago que no termina de dar vueltas…»

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Tengo por allí­ un recorte de una publicación de los tiempos de Ramiro de León Carpio en la que se reproducen declaraciones del entonces Secretario General de la Presidencia con relación a denuncias formuladas respecto a negocios en el ramo de Salud Pública y la respuesta oficial fue, justamente, «si los que denuncian malos manejos tienen pruebas, que las presenten a los tribunales de justicia». Y ese Secretario General de la Presidencia era nada más y nada menos que el mismo licenciado Héctor Luna Tróccoli que ayer se paseó en el Presidente de la República por haber dicho la misma frase.

Recordará Héctor que tuvimos una conversación telefónica en esos dí­as sobre este mismo tema y cabalmente mis argumentos fueron los que ayer utilizó el colega columnista, en el sentido de que el delito de cohecho es prácticamente imposible de probar, sobre todo para particulares, mientras que el Estado dispone de los instrumentos de investigación que pueden permitirle unir todos los indicios para armar el caso contra funcionarios pí­caros.

El mismo debate tuve varias veces con Ramiro, tantas que terminó poniendo fin a nuestra vieja amistad porque me demostró que no tení­a la menor intención de enfrentar el problema y honestamente me hizo comprender las razones por las cuales no lo iba a hacer nunca.

Escribí­ varias veces columnas que, en retrospectiva, me parecen muy similares a la que ayer nos regaló Héctor Luna Tróccoli, con la diferencia que yo sí­ estaba señalando no sólo los indicios, sino pelos y señales de cómo era que funcionaba la cosa. Por ello digo que son enormes vueltas que da la vida, porque no se me olvida esa conversación telefónica que tuve con él luego de una de esas columnas en las que criticaba el absurdo de que pidieran pruebas. Los pí­caros borran las huellas y no firman recibo de las mordidas que reciben y quien se las da nunca dirá nada porque él también comete delito, les decí­a yo entonces. Nunca es tarde para rectificar, pero lástima que cuando estuvo en el poder y pudo influir en el Presidente no haya entendido lo que ahora ve con mentalidad tan clara.