No recuerdo exactamente el año, pero en el segundo lustro de los años ochenta en el edificio Galerías España inauguraron el “Centro Macintosh†donde empezaron a vender computadoras personales, destacando entre ellas la Mac 128K, que funcionaba con un sistema operativo contenido en un diskette y permitía el uso de lo que para la época era una variedad de programas. Allí trabajaba un europeo, de cuyo nombre no me acuerdo, quien era un fanático de Apple y me comentó de las expectativas que habían ya con un programa que se llamaba Page Maker que iba a revolucionar el arte de la impresión, especialmente por la separación de colores que en ese tiempo se hacía en forma mecánica en enormes cámaras dotadas de filtros en procesos lentos y de muy alto costo.
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Pocos meses después trajeron las primeras Plus, que tenían disco duro y las primeras Macintosh II y con Juan Carlos mi hermano nos aventuramos a comprar ese equipo siendo para sustituir las IBM Composer que se utilizaban en la edición de diarios, convirtiéndonos así en el primer medio del país que tuvo una red de máquinas Macintosh para la edición digital del diario en la que los redactores utilizaban las pequeñas 512K y las de mayor potencia se usaban para correr programas de edición. Mi primera laptop fue también una Powerbook 100 y también en mi casa tenía Macintosh como computadoras personales.
Y desde entonces leí un poco de la historia de esa compañía en la que la figura de Steve Jobs era clave, puesto que combinó su talento informático con enorme visión de futuro. Recuerdo cuando de niños veíamos caricaturas en las que los personajes se comunicaban no sólo vía telefónica, sino viéndose en vivo en pantallas de regular tamaño que reproducían la imagen de los interlocutores y uno pensaba que eran puras fantasías.
En la presentación de Jobs hizo de uno de los últimos iPhones, realizó una llamada en la que no sólo habló por vía telefónica con otra persona, sino que ambos se podían ver en la pantalla del aparato y pensé en aquellas viejas caricaturas de los Jetsons y me di cuenta que Steve Jobs era tan creativo y genial como lo fue en su tiempo Julio Verne, pero con la diferencia de que al escritor francés se le ocurrían las ideas, pero Jobs no sólo las pensaba y creaba, sino que las convertía en realidad. Desde niño siempre fui un aficionado a las obras de Julio Verne y me fascina su forma de proyectarse en un futuro que el tiempo hizo realidad en muchas de sus visiones de fantasía. Pero Jobs no sólo tuvo ese mismo espíritu soñador para imaginar cosas futuras, sino que además a cada sueño le puso chips, le puso sistema operativo y lo convirtió en realidad cambiando en buena medida la forma de ser de la misma humanidad porque a partir del computador personal la serie de cambios en la informática es de tal magnitud que se puede decir que el mundo tiene un antes y después de las ideas y acciones del fundador de Apple.
Hoy en día en La Hora seguimos dependiendo de Apple y aunque tenemos una red combinada con PC y mi trabajo diario lo hago más en estas últimas, sigo siendo en buena medida esclavo de los productos Apple. Todo el diseño descansa en sus plataformas, pero además tengo siempre a mi lado mi tableta que, como dijo Jobs cuando la presentó, se ha convertido en una de las más maravillosas innovaciones de los últimos tiempos. En ella leo diariamente no sólo prensa local, sino de muchos lugares del mundo y es, todos los días, el primer aparato que enciendo al despertar y fue en una alerta del iPad donde leí la noticia de la muerte de Jobs y sentí como que había perdido un amigo.