Artemis Torres Valenzuela
Lo ocurrido en Guatemala a partir del año 1944 se vincula a los acontecimientos del ámbito mundial. Experiencias recientes como la Segunda Guerra Mundial y la crisis económica de 1929 marcaron la política y la economía de los países latinoamericanos, que influidos por la doctrina keynesiana pretendían equilibrar la economía y lanzaron, a circulación, dinero en abundancia, aumentaron el nivel de vida de la sociedad a través de la inversión pública en grandes obras que generaran puestos de trabajo e incrementaran la capacidad de compra.


En 1944, con la toma del poder por la Junta Revolucionaria integrada por Francisco Javier Arana, Jacobo Arbenz Guzmán y Jorge Toriello Garrido, se dio inicio al proceso democrático que luego continuó con los presidentes Juan José Arévalo Bermejo (1945-1951) y Jacobo Arbenz Guzmán (1951-1954). La incipiente democracia necesitaba de cambios importantes en la estructura económica, éstos iniciaron de inmediato y se acompañaron de un fuerte impulso dado a la cultura en todos sus niveles y expresiones.
Juan José Arévalo Bermejo, un presidente humanista recién llegado de la Argentina, con gran experiencia docente, mucha obra escrita y proyección académica, consideraba que el pensamiento y la cultura humanista eran la necesaria renovación teórica de una sociedad que empezaba a cambiar con la rapidez y dinámica que generaba una revolución, pero que continuaría con el ritmo de la democracia. Muchas fueron las acciones y las obras realizadas durante diez años de revolución, este espacio abierto de cultura y democracia dedicó especial atención al sistema educativo y a la educación superior concentrada en la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Frente al problema del analfabetismo (reflejo del atraso económico) que se convertía en un obstáculo para consolidar la democracia, se planificó una fuerte campaña de alfabetización. Para llevarla a cabo se creó el Comité Nacional de Alfabetización y la Ley de Alfabetización Nacional. La erradicación del analfabetismo era necesaria para elevar el nivel de vida de las masas (predominantemente campesinas concentradas en el área rural), de ahí que en la campaña participaran distintas instituciones: la Universidad de San Carlos de Guatemala y la Asociación de Estudiantes AEU, entre otras. Como parte de la misma, se contempló la creación de escuelas (tipo federación, complementarias y normales); se llevaron a cabo misiones de cultura inicial; se activaron núcleos escolares campesinos, etc. en estos años, se consideraba que la velocidad con que avanzaban los cambios en una sociedad dependían en gran medida, de los niveles culturales que poseían los sectores mayoritarios, de ahí la necesidad de alfabetizar y popularizar la educación.
En el primer año de gobierno, con el entusiasmo y directo apoyo del presidente Arévalo, se fundó la Facultad de Humanidades. Con las anteriores dictaduras cafetaleras el modelo positivista liberal de la Universidad (al igual que el del resto de América Latina) reprodujeron un esquema que fragmentaba el conocimiento, pues proponían para su estudio la división de la ciencia en: ciencias del espíritu y ciencias naturales -cada particularidad del conocimiento se explicaba por la particularidad misma-. Contraria a esta visión de segmento, se creó la Facultad de Humanidades que desde su inicio pretendió vincularse a las necesidades y problemas de la realidad nacional.
La nueva Facultad nació vinculada a la visión del pensamiento renacentista que concebía a las humanidades no sólo como una corriente de pensamiento universal, sino como toda una tendencia cultural que contemplaba una visión amplia, abierta, integral, crítica y analítica del mundo. Al retomar el pensamiento clásico, que valorizaba al hombre como medida de todas las cosas, lo ampliaba, desarrollaba y fortalecía con ideas de autores de siglos posteriores como Descartes, Leibniz, Bacon, Hobbes, Locke, Berkeley, Hume, Kant, Fichte, Schelling, Hegel, Nietzsche, Dilthey, Feuerbach, Bergson, Freud (con su aporte a la sociología, la psicología y el arte), Pierce, Ortega y Gasset y aún lo más contemporáneo, con la fenomenología de Husserl, la filosofía de Heiddeger, Jaspers, Kierkegaard y el existencialismo de Sartre.
El humanismo que aportaba perspectivas universales, centraba su atención en el estudio abierto de los problemas más cercanos a la condición humana e individual, planteaba la existencia de un complejo orden externo que orientaba la actividad de los hombres, discutía la realidad, acogía diversas culturas, propugnaba un cientificismo humano, promovía el análisis, la crítica, el libre albedrío, la satisfacción, la razón, equilibraba los postulados teóricos con las acciones prácticas, exaltaba la actividad inagotable del pensamiento, articulaba a las ciencias, acogía los conocimientos especulativos porque los consideraba dignificantes al hombre, concebía el microcosmos humano como parte del gran universo, planteaba las posibilidades de ser -del ser humano-, exaltaba a la civilización, el conocimiento y la cultura, planteaba que los hombres universales en las distintas épocas y espacios tenían capacidad de relacionarse con cualquier interlocutor. Ese humanismo, además de concepción del saber, era un método que acogido en las aulas universitarias permitía al profesorado tener toda clase de libertades e iniciativas académicas, además, hizo posible que se hicieran visibles nuevos problemas y temas de investigación.
El pensamiento humanista se internó en niveles variados de sectores sociales guatemaltecos, así, los referentes teóricos impulsados por la pequeña y mediana burguesía proponían un novedoso modelo de vida «culta» en donde prevalecían los gustos por la lectura, el cine, el teatro, la danza, la pintura, la música y hasta los viajes, estos últimos considerados un medio para disfrutar de la cultura. El Estado procuraba que la explosión cultural fuera difundida en todos los sectores, pues como producto de la incipiente democracia, permitiría reproducirla y consolidarla en las décadas siguientes.
El humanismo se expresó en la función primordial de la nueva Facultad, que pretendía «presentar un universo organizado como base y como trasfondo de toda su enseñanza y de todas sus investigaciones originales, a fin de que el estudiante se halle con un entendimiento y un saber organizados en un universo organizado; lo que le proporcionará la profunda satisfacción de vivir a tono con el universo y con el mundo, llevando por el mismo ritmo de ellos, pero consciente de que va, con la voluntad de ir, como seguro de que el universo no sabría ir sin él, pues que forma porciúncula constitutiva de él.» La condición humana, lo individual propuesto por el humanismo lo ilustra la cita de Medardo Mejía, que al referirse a la lógica inductiva expresó: «…Arévalo se fue directamente al hombre guatemalteco, al que tomó como centro para desarrollar desde él una espiral que en la medida que se desenvolvía y se ampliaba iba tocando realidades sociales, instituciones deficientes, ausencias de instituciones modernas…».
Con el humanismo en las aulas universitarias surgía la necesidad de abordar la importancia de los estudios gnoseológicos, epistemológicos y axiológicos. Los primeros, por rescatar el conocimiento en general, (el vínculo entre el individuo, la mediación que implicaba la tradición cultural y el mundo); los segundos, por la racionalidad y la complejidad (vías consensuadas para la compresión y el mejor conocimiento de la realidad) y, finalmente, por la poca importancia dada a la subjetividad hasta ese momento.
A partir de estos años, las ciencias sociales incorporaron el protagonismo de la colectividad. A ello, sumaron conceptos y categorías como las estructuras y los procesos que explican de manera más integral los fenómenos. Ejemplo de ello es que los aportes de ciencias como la antropología, la sociología y la historia centran su atención en los sectores indígenas (que durante las dictaduras cafetaleras, a través de sus programas liberales, se habían constituido en un problema primordialmente económico) a partir de este momento pasaron a ser un nuevo objeto de estudio y una preocupación sociocultural ya que, además de involucrarse en la economía moderna, debían reconocerse como culturas propias, particulares (lo diverso) dentro de la cultura universal.
Los profesores que formaron parte del claustro inicial de la Facultad de Humanidades rompieron con el esquema tradicional del profesor universitario. En gran medida, las lecturas, los viajes y los vínculos amistosos les permitieron estar en contacto con las corrientes modernas del pensamiento. Portadores de una nueva visión recuperaron el espíritu humanista, lo difundieron y ampliaron a través de sus obras. Sus enseñanzas trascendieron en la formación de las primeras generaciones de profesionales que experimentaron el ejercicio de la reflexión filosófica.
En las aulas universitarias los profesores, además de conocer y aplicar una pedagogía moderna, combinaban el ejercicio de la docencia con la investigación, esta combinación permitía trascender los conceptos, pasar a nuevos entendimientos, nuevas formas de conocer, de hacer ciencia, planteándose novedosas hipótesis que requerían de otros enfoques analíticos.
EL HOMBRE Y LA PREGUNTA POR EL SER: IDEAS PROMOVIDAS POR LA ACADEMIA, DURANTE LA LLAMADA Dí‰CADA REVOLUCIONARIA
José Russo Delgado, de nacionalidad peruana, Doctor en Filosofía, realizó estudios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Universidad Autónoma de México. Catedrático de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala en donde impartió cursos de introducción a la filosofía y filosofía contemporánea.
Autor de numerosas publicaciones. Editadas en Lima, Perú fueron: Nietzche la moral y la vida, editorial T.C.M, 1948. Sobre la Paz y el Hombre, Imprenta Minerva, 1962. El Hombre y la pregunta por el Ser; estudio de ser y tiempo en Martín Heidegger, publicación de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1963. En Guatemala publicó: Varona, el humanista y el hombre, Universidad de San Carlos 1950, Sentido ontológico de la paz, Imprenta Universitaria, 1953 y Universidad, humanidades y humanismo, Facultad de Humanidades, 1953.
El contenido de Sobre la Paz y el Hombre reúne muchos de los temas que fueron publicados por separado. En esa diversidad teórica pueden puntualizarse ideas que están presentes y le dan unidad a los distintos temas, la filosofía, el hombre, las humanidades, por ejemplo, son algunos de ellos. Con gran influencia de filósofos clásicos y contemporáneos, Russo Delgado concibe a la filosofía como el saber, el fundamento, la búsqueda de los principios, la formulación de universales. A la humanidad la ve como la esencia del hombre, del ser, es parte íntima y constitutiva del yo y por su propia naturaleza se resiste a toda objetivación. La humanidad está en el individuo, en cada sujeto humano permanece como una vitalidad. Al respecto, el autor afirma: «La objetivación del hombre en tema, conceptos, deja un residuo irreductible de sujeto, de humanidad mía que no se deja agotar en la objetivación y que es revelador de la propia esencia humana».
Más allá de la concepción clásica del nombre humanidades, considera que su estudio no se limita a conocer hallazgos, realizaciones, actividades, manifestaciones del hombre, o a situarlo como único tema, sino incursiona en el interior de su esencia, en sus búsquedas, en la indagación de la realidad.
De acuerdo con el autor, en distintos momentos los pensadores humanistas dirigieron sus estudios desde dos acepciones: el hombre como centro de meditación del hombre y el hombre como centro de atención sobre la naturaleza -esto es como tema contra o frente a otros temas-. Superando las limitaciones de esas acepciones se debe impulsar el conocimiento y estudio de las distintas posibilidades de las prolongaciones de la esencia humana. El autor concluye con la siguiente cita: «El conocimiento del hombre que es el conocimiento de nosotros mismos nos lleva a la realidad de nuestra humanidad».
Sus análisis e interpretaciones inician por lo particular. Al referirse a la paz, plantea cómo ésta, que permanece y forma parte del hombre hace posible comprender la paz de las naciones y la de los hombres. La paz, al igual que la verdad, forma parte de la humanidad, de ahí que la paz de las naciones se comprenda en función de la modificación del ser de los habitantes.
En cuanto al tema de la universidad expresa que el saber -aprehensión de la realidad-, permite alcanzar y expresar la intimidad humana. La verdad es producto de la libertad humana y que en las universidades contemporáneas -la libertad de cátedra- permite la enseñanza de concepciones opuestas. Compartiendo ideas del filósofo español José Ortega y Gasset, indica que uno de los objetivos más importantes de la universidad radica en proporcionar una concepción del mundo, esto implica una búsqueda de la realidad. Al relacionar a la universidad con la filosofía hace referencia al término de la manera siguiente: «Si el hombre universidad habla de unidad en la variedad, las ciencias propiamente dichas se refieren al conocimiento de la variedad y sólo la filosofía al de la unidad, unidad que les da la realidad que todas ellas constituyen o persiguen, realidad con mayúscula que es objeto de la filosofía. Sólo ella.» Finalmente, las humanidades se constituyen en la esencia de la universidad, porque la formación del hombre implica el estudio de sí mismo, de su esencia, de su humanidad.
Con las citas y referencias a importantes filósofos, pedagogos y literatos (Sócrates, Platón, Santo Tomás de Aquino, Freud, Heidegger, Husserl, Jaspers, Spinoza, Hume, Schelling, Hegel, Nietzsche, Marx. Ortega y Gasset, José Gaos, Tolstoi, Unamuno, Nervo, Garcilaso y otros) su obra, además de aportar interpretaciones puramente filosóficas, incorpora reflexiones políticas y sociales que permiten comprender espacios particulares, sobre todo, de América Latina.
Entre otras actividades en 1949 impartió la conferencia «Varona; el humanista y el hombre», en la Facultad de Humanidades.