La honestidad y la religión


A veces pienso que a Guatemala se le debió haber bautizado con el nombre de Guatetroya, si, porque al igual que esta mí­tica ciudad, esta es una nación que ha sido violada, saqueada y defenestrada. Detrás de un escándalo sigue otro, pues aún no nos hemos repuesto de los 82 millones «extraviados» en el Congreso de la República, y ahora con el fraude del Hospital de San Vicente y el tramo carretero al norte de Huehuetenango, aparece nuevamente O.I.M. para insistirnos que no hay «obra sin sobra» y esta más que una frase desafortunada, más parece ya una «ley» en nuestro paí­s.

Guillermo Wilhelm

Tristemente aquí­ los escándalos de corrupción no se detienen, como que esto ya se convirtió en una competencia interminable por ver quien se embucha más. Antes el «galardón» que le perteneció a Serrano Elí­as vino Alfonso Portillo y muy meritoriamente se lo quitó. Por supuesto que no podemos ser ingenuos al no incluir en estos tristes registros a í“scar «Pacur» Berger.

Siendo Guatemala un paí­s tan pobre y tan rezagado ya no deberí­amos tolerar más desorden y corrupción, por eso mismo es que el tema de la ética y la moral, que es la gran ausente en la administración pública y en nuestra misma sociedad, ya se empieza a escuchar por doquier. Hoy medio mundo utiliza la palabra «ética» en sus conversaciones, en las columnas de opinión y en cualquier otro medio de comunicación. De ahí­ que no resulte nada difí­cil que a algún candidato se le ocurra explotar este renglón y más aún, que intente pasarse de vivo al querer sacarle jugosos dividendos al aspecto de ser «cristiano». Claro, la clase polí­tica sea de la religión que sea ya nos tiene como pueblo muy bien medidos y analizados, por eso es que saben que los dos mayores defectos que tenemos y que nos mantiene anclados en la pobreza y la ignorancia, son principalmente la gran amnesia que como sociedad padecemos y esa cultura polí­tica caudillista tan nefasta que insistimos en mantener. Y por estas mismas razones es que hemos sido tan proclives a tropezarnos periódicamente con la misma piedra. Hoy se habla entre murmullos de una «candidatura salvadora», Harold Caballeros, ex pastor evangélico que abandonó su púlpito para dedicarse de lleno a la polí­tica y ascender así­ a la primera magistratura del paí­s.

Pero como buen pueblo amnésico hemos olvidado que Guatemala es un paí­s que ha sido gobernado por toda clase de rateros, sin importar que hayan sido católicos, evangélicos o de cualquier otra denominación. Idí­goras por ejemplo, antes de presidir el gobierno más corrupto de aquella época era un cachureco que cargaba en las procesiones de la ciudad capital, y Serrano Elí­as que utilizó la «bandera evangélica» para hacerse del poder, más ladrón no pudo ser. Es cierto que estamos padeciendo una crisis moral y de valores, pero bueno serí­a ya entender que no deben ser los eslóganes partidarios, las triquiñuelas de los discursos o mucho menos la pertenencia religiosa lo que a los votantes nos debiera orientar. Los ideales éticos no necesariamente van acompañados de la práctica religiosa, pues nadie por el simple hecho de promover y hablar de valores va a resultarnos ser garantí­a de moralidad. Y este podrí­a ser el caso de Harold Caballeros, al aceptar que en el famoso «Plan Visión de Paí­s» en cual él participó, ninguno de los dirigentes partidarios (incluyéndolo a él) consideró que el tema de la corrupción fuera algo importante para Guatemala. Esto para mí­ resulta bastante sospechoso y también una deslealtad a un pueblo que languidece a causa del desorden y la corrupción, confirmando así­ que los hipócritas forzosamente utilitarios y oportunistas están siempre dispuestos a traicionar sus principios (aparentes) en privilegio de sus futuros y muy personales beneficios.