A veces pienso que a Guatemala se le debió haber bautizado con el nombre de Guatetroya, si, porque al igual que esta mítica ciudad, esta es una nación que ha sido violada, saqueada y defenestrada. Detrás de un escándalo sigue otro, pues aún no nos hemos repuesto de los 82 millones «extraviados» en el Congreso de la República, y ahora con el fraude del Hospital de San Vicente y el tramo carretero al norte de Huehuetenango, aparece nuevamente O.I.M. para insistirnos que no hay «obra sin sobra» y esta más que una frase desafortunada, más parece ya una «ley» en nuestro país.
Tristemente aquí los escándalos de corrupción no se detienen, como que esto ya se convirtió en una competencia interminable por ver quien se embucha más. Antes el «galardón» que le perteneció a Serrano Elías vino Alfonso Portillo y muy meritoriamente se lo quitó. Por supuesto que no podemos ser ingenuos al no incluir en estos tristes registros a í“scar «Pacur» Berger.
Siendo Guatemala un país tan pobre y tan rezagado ya no deberíamos tolerar más desorden y corrupción, por eso mismo es que el tema de la ética y la moral, que es la gran ausente en la administración pública y en nuestra misma sociedad, ya se empieza a escuchar por doquier. Hoy medio mundo utiliza la palabra «ética» en sus conversaciones, en las columnas de opinión y en cualquier otro medio de comunicación. De ahí que no resulte nada difícil que a algún candidato se le ocurra explotar este renglón y más aún, que intente pasarse de vivo al querer sacarle jugosos dividendos al aspecto de ser «cristiano». Claro, la clase política sea de la religión que sea ya nos tiene como pueblo muy bien medidos y analizados, por eso es que saben que los dos mayores defectos que tenemos y que nos mantiene anclados en la pobreza y la ignorancia, son principalmente la gran amnesia que como sociedad padecemos y esa cultura política caudillista tan nefasta que insistimos en mantener. Y por estas mismas razones es que hemos sido tan proclives a tropezarnos periódicamente con la misma piedra. Hoy se habla entre murmullos de una «candidatura salvadora», Harold Caballeros, ex pastor evangélico que abandonó su púlpito para dedicarse de lleno a la política y ascender así a la primera magistratura del país.
Pero como buen pueblo amnésico hemos olvidado que Guatemala es un país que ha sido gobernado por toda clase de rateros, sin importar que hayan sido católicos, evangélicos o de cualquier otra denominación. Idígoras por ejemplo, antes de presidir el gobierno más corrupto de aquella época era un cachureco que cargaba en las procesiones de la ciudad capital, y Serrano Elías que utilizó la «bandera evangélica» para hacerse del poder, más ladrón no pudo ser. Es cierto que estamos padeciendo una crisis moral y de valores, pero bueno sería ya entender que no deben ser los eslóganes partidarios, las triquiñuelas de los discursos o mucho menos la pertenencia religiosa lo que a los votantes nos debiera orientar. Los ideales éticos no necesariamente van acompañados de la práctica religiosa, pues nadie por el simple hecho de promover y hablar de valores va a resultarnos ser garantía de moralidad. Y este podría ser el caso de Harold Caballeros, al aceptar que en el famoso «Plan Visión de País» en cual él participó, ninguno de los dirigentes partidarios (incluyéndolo a él) consideró que el tema de la corrupción fuera algo importante para Guatemala. Esto para mí resulta bastante sospechoso y también una deslealtad a un pueblo que languidece a causa del desorden y la corrupción, confirmando así que los hipócritas forzosamente utilitarios y oportunistas están siempre dispuestos a traicionar sus principios (aparentes) en privilegio de sus futuros y muy personales beneficios.