La guerra del futbol


Ver a los soldados atrincherados en las principales calles de Tegucigalpa con la orden de impedir el acercamiento de los simpatizantes del depuesto presidente, cueste lo que cueste, es una imagen de que el Ejército de Honduras no es el mismo de hace cuarenta años; es, quizá, un Ejército más rudo y hasta ordenado, pero siempre dispuesto a defender, a su modo, un sistema imperfecto y sometido a intereses cuestionados.

Eswin Quiñónez
eswinq@lahora.com.gt

Ese Ejército, recuerda a aquel de hace cuarenta años, el mismo que protagonizó uno de los conflictos bélicos que dejaron en la región cientos de muertos y una fractura social, cuyas causas, aún siguen vigentes. El periodista polaco Ryszard Kapuscinski lo dibujó en su libro La Guerra del Futbol publicado en 1992 y donde teje la historia del enfrentamiento entre Honduras y El Salvador ocurrido en 1969.

Ocurrió a propósito de la eliminatoria de clasificación para el Mundial de 1970 y con la coincidencia del encuentro entre ambas naciones, pero en el contexto de hostilidades en la región fronteriza generado por la presión de los latifundistas en El Salvador por la posesión de tierras, algo que obligó a al menos 300 mil salvadoreños emigrar al paí­s vecino en búsqueda de trabajo

Con los años, cuenta la historia, las autoridades hondureñas decidieron entregar las tierras que en ese entonces ya habí­an sido ocupadas por campesinos de El Salvador a sus gentes obligando el retorno forzado de toda esa gente, comenzaron las tensiones, que sazonado por una propaganda de patriotismo que impulsaban los medios de comunicación, alteró los ánimos de los ciudadanos que, según Kapu, encontró un caldo de cultivo en las pasiones del futbol.

Para junio de 1969 dos encuentros futbolí­sticos, el primero desarrollado en Tegucigalpa, alteró los ánimos de la fanaticada protagonizando hostilidades para las propias selecciones de futbol. En el juego de ida ganó Honduras, en su capital, para el de vuelta, ganó El Salvador, también su capital. Para entonces, el aspecto social se agudizaba, los propios medios publicaban cómo el Ejército de Honduras acosaba a los salvadoreños, persiguiéndolos y violando a sus mujeres para expulsarlos. De ese modo, al llegar a un tercer partido, el definitivo, con un estadio mexicano como sede neutral, en cada paí­s se organizaban los ejércitos para una inminente invasión. El Salvador ganó y fue al Mundial (en donde no ganó ningún partido y se vino con una de las peores goleadas de la historia).

Si bien las causas no fueron deportivas, después de ese mí­tico encuentro, ya se habí­a alimentado un odio recí­proco indetenible. La tensión social se degeneró cuando un 14 de julio, de ese mismo año, las tropas salvadoreñas atacaron a Honduras comenzando una invasión terrestre que duró hasta el 20 de julio. Una guerra corta, quizá, pero con un saldo de cientos de muertos, al menos 20 mil heridos y otros miles de desplazados. Pero algo sí­ dejó bien en claro esa nefasta experiencia, los ejércitos debí­an reforzar su papel, y cuenta la historia que desde ese momento los militares de Honduras no son los mismos.