La Guatemala de ayer (Tercera entrega)


Enriquecieron la narrativa del Petén, su belleza y su gente don Mario Monteforte Toledo y Virgilio Rodrí­guez Macal, al segundo yo lo llamo «nuestro Virgilio» para distinguirlo del otro Virgilio, el clásico latino.

Mario Castejón

Don Mario Monteforte llegó a Petén allá por los cuarentas del XX, le acompañaba entre otros el licenciado Arturo Herbruger Asturias, años más tarde Vicepresidente de la República; en aquel entonces ambos eran jóvenes universitarios. Recorrieron los grandes Rí­os en busca del asentamiento de los Lacandones hasta llegar al Rí­o Lacantún que se pierde en México por el rumbo del Ixcán. La novedad de la Feria de Noviembre, quedar bien del Presidente Ubico ese año, fue la exhibición de los Lacandones menguados representantes de la raza Maya casi en extinción; creo que fue un espectáculo poco digno realizado sin mala intención.

Virgilio Rodrí­guez Macal hizo suyo el Petén años más tarde. Su experiencia de cazador y viajero le sirvieron de material para sus novelas. Conversamos muchas veces sobre nuestras mutuas vivencias en Petén y sobre otros pasajes de su vida. Esos dos pequeños libros de Virgilio, La Mansión del Pájaro Serpiente y El mundo del Misterio Verde ameritarí­an para que uno de nuestros jóvenes directores lo llevara al cine, un cúmulo de aventuras y sabias reflexiones de los animales como protagonistas de la historia al estilo del Libro de la Selva de Kipling o de las Producciones de Walt Disney.

Igual que a Virgilio, a mis hermanos Rafael y Jorge en compañí­a de otros grandes amigos nos motivó recorrer los rí­os de Petén en afán de aventuras y de conocer la vida en aquellos rincones de la patria; esos hermanos mí­os además de osados siempre quisieron cambiar el mundo. Lo hicimos durante veinte años entre los años sesentas y setentas. Viajábamos por AVIATECA hasta Sayaxché, entonces un sitio aislado de los otros municipios accesible sólo por caminos de herradura. En el Pasión nos esperaba don Ramón Rodrí­guez y sus hijos, allí­ estaba con ellos Sebastián Bol con su rostro Maya y aquellos ojos que despedí­an reflejos verdosos de tanto ver a la selva. Viví­an leguas abajo del Pasión en un lugar llamado Buena Vista que hací­a honor a su nombre. La vista era linda y el arroyo Pucté cerca completaba el cuadro, era tan cristalino que nos parecí­a estar nadando en una pecera.

Don Ramón Rodrí­guez Arí­s fue un auténtico personaje de novela, delgado y recio, de manos nervudas, siempre con la pipa en la boca fumando restos de brasas. Era sobrino segundo del General Arí­s uno de los hombres de Estrada Cabrera, además de Director de La Politécnica cuando el atentado de los Cadetes en Abril de 1908 un año después del de La Bomba que hizo enloquecer al Dictador. Después del fusilamiento de los cadetes y oficiales supuesta o realmente implicados, el General Arí­s se hizo cargo de los que quedaban, incluyendo a su sobrino que entonces tení­a 15 años. Todas las noches recibí­an una tanda de palos por aquello de las dudas para refrescarles la memoria Un dí­a de tantos don Ramón se saltó la pared de la Escuela con otro compañero y rompiendo monte se dirigieron por El Rancho hacia Cobán de donde era su acompañante quien llegó a ser el General Federico Ponce Vaides, designado sucesor del presidente Ubico 34 años más tarde. Se despidió de Ponce Vaides a quien nunca volvió a ver y se enrumbó hacia el Petén vecino a la Verapaz. Al poco tiempo tomó como esposa a una muchacha según el ritual Quekchí­ allá en las orillas del Chixoy y tuvieron hijos.

Viviendo en aquellas soledades le tocó hacer de todo para sobrevivir, igual fue patrón de canoa que chiclero y durante el tiempo de las monterí­as trabajó en el corte de madera transportándola rí­o abajo hacia Tenosí­que en México. Trabucó varias veces metiendo la canoa cargada entre los raudales pasando dí­as y noches caminando solo por la selva. En una ocasión estuvo a punto de morir mordido por una barba amarilla, la temible «nahuyaca» de los chicleros; se salvó vertiendo la pólvora de un cartucho de escopeta 20 prendiéndole fuego. Tiempo más tarde fue su compañero el que murió al ser atacado por otra serpiente. En una de tantas perdió todo lo que tení­a al encontrar su casa incendiada. Por obligación tuvo que cazar en solitario a un enorme jaguar que habí­a devorado a su vecino cuando el era comisionado del Gobierno. Otra vez el tigre lo bajó de un tapezco mientras intentaba cazarlo, un animal abusado que llegó hasta las casas para llevarse una marrana. Trabajó dos años brechando el lí­mite con México hasta que el contratista desapareció avisando que no habí­a paga porque «era un deber servir al señor Gobierno».También hizo de guí­a con unos ingenieros Daneses que buscaban petróleo; los condujo a una cueva en Rubelsanto de donde manaba el crudo y 40 años mas tarde, en ese mismo lugar, los gringos perforaron el primer pozo en Guatemala.

Recuerdo que durante el Gobierno de Ydigoras Fuentes lo quisieron meter preso por haber derribado un enorme Guaycibán, para hacer una canoa, no era el árbol lo que querí­an las autoridades sino la canoa Me envió una carta que era una belleza y me fui con ella a buscar a don Clemente Marroquí­n Rojas entonces ministro de Agricultura. Me acompañaba mi papá con quien se conocí­an de oí­das y lo vimos llegar a La Hora, venia caminando sin guardaespaldas bien trajeado y con sombrero. Amablemente leyó la carta y nos ofreció arreglar el asunto, así­ fue porque no molestaron más a don Ramón y la canoa siguió surcando el rí­o. Todaví­a alcanzó a ver una de las maravillas del siglo, la llegada del hombre a Luna. Navegábamos una noche bajo el cielo estrellado en el Pasión cuando viendo su luz oí­mos por la radio la voz del Astronauta Armstrong caminando en la Luna.

Viviendo con su segunda esposa y seis hijos se estableció en Buena Vista cerca de Sayaxché y allí­ lo conocimos. Viví­a sencillamente casi que con pobreza., dueño de una dignidad y una sabidurí­a impresionante. Su tesoro era una pila de Selecciones del tiempo de la Segunda Guerra Mundial y algunos periódicos viejos. Su conocimiento de la selva y de la vida y su conversación matizada con palabras que usaba a su modo lo hací­an a uno pasar horas oyéndolo extasiado. Pasados los años después de muertos don Moncho y doña Margarita, su segunda esposa, han seguido juntos uno al lado del otro en el cementerio de Sayaxché , allí­ los visité la ultima vez.

Nota: El pasado martes murió Tere Ligorrí­a de Acevedo amiga y contemporánea de los años de juventud, hija de don Joaquí­n y doña Julieta de grato recuerdo y hermana del colega Quincho Ligorrí­a, a quien hago llegar mi solidaridad igual que a la familia. Un dí­a antes murió el ingeniero William Florián, mi vecino en la Bahí­a De Santo Tomás, lo despedimos después de la misa con el pito de la sirena del puerto.