La tradición de la Farmacia La Estrella la continuó Don Rafael, su hijo mayor, también llamado Doctor, otro personaje de novela que tenía un aire del Hemingway de los últimos años con aquella tupida barba blanca. Yo me las arreglaba al acompañar a mi papá o pasar frente a su puerta para entrar a su tertulia, allí me dio a probar, en una ocasión, una boquita de carne de mico apurada con medio octavo de guaro que era el ritual de su grupo de cazadores. Los compañeros iban llegando y se entonaban con un copetín de alguna botella o se lo servían del garrafón de los engomados. En algún tiempo la tertulia se centraba en el seguimiento de las operaciones de la II Guerra Mundial ante un inmenso mapa colgado en la pared y señalado con alfileres de colores. El anfitrión dirigía las operaciones valiéndose de sus apuntes con las últimas noticias de la BBC de Londres escuchadas a través de una radio con ciertas conexiones de su invención que uno de sus seguidores decía que le permitía ser la única que decía la verdad. Era un grupo abigarrado de gente en donde había de todo, desde un mecánico admirador de los bolcheviques que tenía dos hijos bautizados como Stalin y Golondrina Soviética hasta otros que eran los clásicos desocupados del pueblo.
La cacería nocturna de tacuazines, una vez por semana, cerca de las rancherías de las fincas vecinas era toda una operación militar y como un comandante Don Rafa se acercaba a sus incondicionales desocupados distribuyendo cinco tiros de calibre .22 a cada uno, lo cual por la escasez de la guerra era una maravilla. Todos usaban rifles menos él quien disparaba con un revólver Colt también .22 que llamaba La Consentida. En fila india salían a las ocho de la noche con sus lámparas de cabeza centrando la luz sobre las arañas en los árboles de fruta de pan antes de subir juntos a un camión viejo para economizar gasolina que entonces escaseaba. Al llegar al punto escogido entre cafetales y árboles de cacao con su sombra de bosque alto, alumbraban hasta descubrir los ojos refulgentes de algún tacuazín que se quedaba petrificado ante seis o siete luces que lo enfocaban .El primer tiro correspondía al anfitrión quien previamente sacaba una brújula para estimar la trayectoria del proyectil asegurando que no fuera a caer en algún lugar poblado. El animal esperaba encandilado mientras el resto de seguidores hacían puntería y después del primer disparo los demás abrían fuego . La restante operación todavía más complicada era reconocer cada quien la trayectoria de su disparo. La rutina se repetía varias veces hasta eso de las doce de la noche esperando la próxima convocatoria al día siguiente cuando los trasnochados acudían a la farmacia para la tertulia. San Antonio Suchitepéquez, el pueblo de los García Prendes Tojo mi familia materna está más grande y modernizado por eso mis paisanos lo llaman ciudad. La última vez que pasé frente a La Farmacia La Estrella aunque había cambiado el entorno, seguía siendo mi pueblo y seguía el rótulo que avivaba los recuerdos y al ver hacía adentro me pareció ver la cara del Dr Sardá, pero fue solo una ilusión óptica, él había muerto muchos años atrás. La mayoría de la gente de antes ya no estamos por una u otra razón, en lo personal siempre me agradó la idea de volver y ser enterrado en el cementerio junto a mi abuelo.