La Guatemala de ayer (I)


El doctor Narciso Sardá y mi abuelo nacieron en la misma región de España, un lugar junto al mar en donde se pescan las sardinas y se frí­en en tomate con aceite de olivas. Su lugar de destino fue San Antonio Suchitepéquez muy a principios del siglo XX en donde el doctor procreó una familia numerosa con una belleza del pueblo. Con mi abuelo eran grandes amigos y los reuní­a todos los dí­as el aperitivo con tertulia y una jugada de ajedrez. Referente a Don Narciso nadie sabí­a de dónde le vení­a el tí­tulo de doctor, cosa que sin duda merecí­a por todo el bien que hizo con su diagnóstico certero y su farmacopea personal preparando sus propias recetas llamándolas con el nombre cercano de la dolencia supuesta a sanar, así­ se hicieron famosas sus pí­ldoras llamadas antipalúdicas y antipulmonares que vendí­a o regalaba según el caso y la necesidad.

Doctor Mario Castejón

Su casa de cuatro corredores con amplios ventanales flanqueada a la entrada por una doble hilera de árboles de fruta de pan traí­dos de la India, se encontraba a la salida del pueblo cerca de la de mi abuelo ya entonces conocida como «La Casona». Frente a la calle quedaba la farmacia La Estrella en donde pasaba buena parte del dí­a sentado en su mecedora. Una campana anunciaba las visitas y al frente una pequeña puerta permití­a el paso hací­a un garrafón con guaro en donde colgaba un tazón de peltre que era la medicina gratuita para los engomados. Era un hombre imponente de barba blanca vestido a la usanza de los capitanes de barco de la época tocado con una gorra marinera. Desde su silla fumando pipa como en el puente de un bergantí­n daba órdenes controlando la situación. Si fue o no marinero tampoco nadie lo sabí­a, lo único que se podí­a asegurar era que un barco lo habí­a traí­do de España y eso era más que suficiente.

Seguidor de los pensadores franceses de finales del siglo XIX buscaba en la naturaleza de las cosas la respuesta a las interrogantes de la moral en la vida diaria y así­ contaban que en una ocasión llegó ante su paternal figura una mujer con un niño en brazos producto de los amores de uno de sus hijos y ante la aseveración de la mujer que reclamaba esa paternidad, le respondió contundente: «Si tú dices que es de mi hijo, tú lo sabes… » y desde ese momento el niño pasó a ser parte de la familia y fue recibido en la casa. Su ojo clí­nico era tan certero, que cuando la epidemia de fiebre amarilla del novecientos dieciocho un hombre llamó a la entrada y desde su mecedora Don Narciso gritó al solo verlo: «No lo dejen entrar porque trae la peste»; en seguida aisló al enfermo y se hizo cargo de dictar todas las medidas sanitarias para proteger a la población. Atendió como un verdadero hermano a mi abuelo cuando una noche de enero de 1910 fue llevado a su casa todaví­a chorreando agua notablemente enfermo. Mi abuelo Pancho, a lomo de bestia habí­a cruzado una creciente inusual del rí­o Nahualate bajo los efectos de la gripe y el diagnóstico de «pulmoní­a doble» surgió de inmediato, la neumoní­a era una condena a muerte en aquellos años cuando no existí­an antibióticos. Le aplicó las consabidas ventosas y le practicó una sangrí­a técnicas que dominaba a la perfección pero todo fue en vano, murió en la madrugada del tercer dí­a sin que él se hubiera apartado de su lado.

El doctor Sardá murió años más tarde ya entrado el siglo y fue enterrado solemnemente en su pequeña finca Vera Gloria en los alrededores del pueblo con asistencia de ricos y pobres y también fueron enterrados en una urna aparte su farmacopea y todos los «secretos» que ya eran públicos. Sus hijos y nietos siguieron viviendo en la casa paterna. Su hija mayor casada con un súbdito alemán que se desarrolló inicialmente un comercio de ferreterí­a en el pueblo y luego el ingenio Palo Gordo llegó a poseer una de las más sólidas fortunas de Guatemala. El grupo familiar montó la primera fábrica de bebidas gaseosas de la Costa Sur en la vecindad de la farmacia y hasta hoy la marca Vera Gloria se ofrece con nombres y sabores fuera de lo común.

Nota:

El viernes pasado murió Lico Andrade, esposo de mi hija Cristinita, padre de tres de mis nietos, un hijo más y como suele suceder con el pasar del tiempo lo estoy valorando y extrañando muchí­simo.

Continuará