La Guatemala de ayer


Juan José de la Hoz fue uno de los pioneros que dejaron huella en Petén. Su feudo Yaxhá junto a la laguna alcanzaba unas doscientas cincuenta caballerí­as. Fue el iniciador de la apicultura y la crianza de ganado de marca en Petén. Introdujo la siembra experimental de nuevos pastos y mecanizó el trabajo agrí­cola enseñando técnicas aprendidas en el sur.

Mario Castejón

Un dí­a de tantos allá por los sesentas vendió su parte en la empresa agrí­cola familiar y decidió explorar Petén hasta dar con Yaxhá, aquel paraí­so en donde por las tardes desde la Acrópolis situada en una colina se puede ver el sol perderse en el poniente a orillas de la laguna sobre la Isla de Topoxté, un espectáculo inigualable. Todo era promisorio en aquel pequeño imperio agrí­cola cuando de pronto llegaron los malos tiempos. No conozco detalles pero pienso que por una parte fallaron los números y por otra la crecida de la laguna que inundó las casas, talleres, galpones y más de la mitad de la tierra preparada, terminando con aquel sueño.

En su casa colmada de invitados la fiesta patronal se celebraba con un churrasco al aire libre en el cual se mataba un par de animales y no tení­a nada que envidiar a las celebraciones de aquellos fundos de la pampa argentina. Por la mañana era obligatorio salir al campo con los perros a montear un venado, era una operación conducida por el dueño de la casa portando su 300 Savage, ya entonces una reliquia, uno de los primeros fusiles semiautomáticos del siglo XX. Hoy pasados los años Yaxhá se convirtió en un parador ecológico a poca distancia de las ruinas y sigue siendo un lugar encantador.

Sam Green fue un personaje de novela. Llegó del Panhandle tejano ahí­ donde un dí­a sí­ y otro también se desencadena un tornado, el lugar en donde como decí­a la canción Pecos Bill lazó un ciclón y lo detuvo y después para domarlo lo montó. El Panhandle en Tejas es una tierra tan braví­a como la de La Libertad, Petén, durante los calorones de marzo y abril en donde a la sombra al mediodí­a llega la temperatura a 43 grados.

Sam llegó a La Libertad con la intención de criar caballos, cosa que habí­a hecho desde que nació. Siempre se ganó la vida conduciendo ganado a través de Tejas como en los tiempos del lejano Oeste. Era un hombre muy grande que lucí­a siempre el atuendo de fatiga de un cowboy, tení­a la cara curtida por el sol y por arañazos de la maleza, caminaba como si todaví­a estuviera montado en el caballo. Dentro de un poncho viejo al lado de su montura guardaba su Colt pacificador calibre 45 largo de simple acción con culatas nacaradas, se parecí­a al que portaba el general George Patton durante la segunda guerra mundial. Algo pasó con su familia y Sam tuvo que regresarse de la noche a la mañana, no me despedí­ de él pero cuando he pasado por la carretera rumbo a La Libertad todaví­a veo los cercos de poste rollizo con que circuló su finca al estilo de Texas.

Los Peña, Héctor y Sandy Smith, mucho más jóvenes que hoy, llegaron a La Libertad cuidando ganado y abejas, viví­an en un lugar solitario y aislado frecuentado por jaguares en donde el agua corriente no existí­a, habí­a que fabricar aguadas llenándolas durante el invierno que le serví­an igual al ganado que a los humanos para beber y refrescarse el cuerpo. Los Peña trabajaban de sol a sol y ayudaban a quien podí­an, igual castrando colmenas que arriando ganado. Su hija Kyra nació durante esa época y siendo niñita montaba los caballos en pelo. Sandy, una joven señora, era una maestra de la provincia de Saskatchegúan en Canadá en donde conoció a su esposo, ambos jóvenes universitarios. En La Libertad montó un kindergarten con la idea más de ayudar que de hacer dinero. Los visitábamos acampando con Cristy y nuestros hijos gozando un baño en las aguadas bajo el ardiente sol del mediodí­a cuidando de espantar primero al ganado.

Pasados los años emigraron hacia Pajapita a cuidar una propiedad familiar también de vocación ganadera. Héctor a los 38 años se matriculó en la Escuela de Medicina y se hizo médico, ejerce allá en el sur y sigue viviendo en el campo una vida sencilla de familia. Cuando llegó a Pajapita se preocupó primero porque sus trabajadores tuvieran agua y luz antes que su propia familia. Tuve el honor de servirle de padrino y para mí­ es uno de los grandes amigos que he tenido y eso con pruebas a la vista, en una ocasión se jugó la vida por mí­.

Al hablar de forjadores no puedo olvidar a peteneros de nacimiento que trabajaron con mí­stica en aquel territorio: don Julio Rosado Pinelo, maestro de escuela, quien dedicó su vida a enseñar a generaciones de peteneros y es recordado con cariño y respeto, al mencionarlo todos lo llaman «el profesor». En algún tiempo con Eduardo Táger su yerno, otro gran petenero, también se lanzaron al ruedo con la crianza de ganado al estilo de aquellas tierras.

Allá por El Remate, en un rincón del lago Petén Itzá, está el Gringo Perdido, el Primer Hostal Ecológico del Petén. David, conocido como «el Gringo Perdido», se casó con una lugareña y con sus propias manos construyó aquel lugar. Ahí­ se comí­a el mejor blanco del lago, una variedad culinaria muy fina llamada Petenia Splendida. Durante la época dura David se fue de Guatemala y regresó hace algunos años para volver a las andadas, nuevamente con sus manos construyó un pequeño hotel siempre en El Remate, al extremo del Lago, y es conocido como la Posada de don David. Con suerte uno puede tener sobre la mesa el exquisito blanco petenero. (Continuará)