Recuerdo bien la mañana en que el doctor Ayau convocó a todos los alumnos a una presentación en el salón principal del campus de la Universidad Francisco Marroquín. Lo del salón sonaba pomposo, porque realmente había sólo dos y menos de cien estudiantes, casi todos de Economía y unos pocos de Derecho. Íbamos a tener un invitado especial, anunció. A las diez de la mañana llegó el Muso acompañado de un personaje conocido ¿Quién es vos? El alcalde. ¿Colom Argueta? Sí ese mismo. ¡Ah!, qué bueno.
Una vez que fuera plenamente identificado causó cierta curiosidad ¿Y no que el Alcalde es de orientación izquierdista? En otras palabras parecía incompatible que el invitado de lujo fuera un líder de las izquierdas. Pero no había discordancia alguna, tanto el Muso como el Alcalde eran intelectuales de alto nivel acostumbrados a aquellas cumbres donde se asfixia la mayoría de los habitantes espíritus rastreros. La formal presentación confirmó las sospechas y llamó, asimismo, la atención la manera respetuosa y afable, hasta bromista con que se trataban los dos Manueles. Igualmente me llamó la atención la inclinación constante con que Colom Argueta recogía el fleco de su pelo en una especie de movimiento repetitivo o tic. Pero el Alcalde no habló para nada de política ni de ideologías. Era el Alcalde y por ende principal responsable del desarrollo de la ciudad capital. Llevó una presentación en cartones (en esa época no se soñaba con los power point), con el título de “La Guatemala del 2000”. En ese lejano 1976 la visión del 2,000 se nos antojó muy, pero muy, lejana, ¡todavía falta un cuarto de siglo! Extrañaba que lo plantearan los expositores quienes, ante nuestros ojos juveniles, no se veían como “viejos”. Presentó una serie de láminas que contenían puentes, accesos, y sistema de desagües. Luego fue explicando los problemas, en ese entonces futuros, de la contaminación, suministro de agua, accesos y calles, áreas verdes. Con un fuerte aplauso culminó sus palabras. ¡Cuánta razón tenía! El hombre era un visionario, que levantó la mirada más allá de los estrechos límites de cuatro años y de las calles bonitas. Gran parte de su proyecto eran los colectores cuya construcción era evidente en muchos puntos de la ciudad donde se veían brocales como de pozos de agua con un jeep que hacía de ascensor y grandes volcanes de tierra a los lados. Ignoro cuánto de los proyectos se llevaron a cabo o se continuaron con las siguientes administraciones municipales; asimismo, entiendo que estas últimas habrán tenido sus propios planes a futuro. Sin embargo algo ha fallado, los planos pueden ser buenos pero se requiere un efectivo plan de ejecución. Hoy día las calles son imposibles, el suministro de agua nos amenaza, la basura apesta los sectores de El Trébol. Pero el problema no es hoy, es esa Guatemala dentro de 25 años. ¿Qué va a pasar con el tránsito? No se ven indicios de megaproyectos que nos brinden algún alivio y sólo se observan acciones coyunturales, parchadas. Y que conste que no es solamente culpa de las corporaciones sino de los vecinos que se resisten con las uñas el mínimo aumento, igualmente se resisten a los alineamientos para expansiones futuras que se observan solamente en algunas avenidas principales (Aguilar Batres), en otras es prácticamente imposible pensar en ampliación (carretera a El Salvador). ¿Con qué dinero vamos a construir un elevado (highway) sobre la Roosevelt o la Martí? Con tanto edificio en la zona 10 y 14 van a quedar literalmente estranguladas las calles. El panorama del transporte público es igualmente desolador, el Transmetro es buena idea, pero para funcionar cercena una parte esencial de nuestras escuálidas calles y fuera de ello no se ven propuestas a largo plazo. Y no me quiero limitar a la capital, ¿Qué va a pasar en La Antigua en 2035? ¿Por dónde van a transitar los vehículos que vayan hacia Ciudad Vieja y a Palín? La supuesta solución del paso a nivel por Chimaltenango colapsó. En fin no quiero imaginar cómo va a ser la Guatemala dentro de 25 años. Como la historia se repite vamos a hacer igual que los mayas: dejar abandonadas las ciudades.