Siempre he pensado que la grandeza de los seres humanos se tiene que medir tomando en cuenta su actitud ante la vida y la forma en que, aun sabiéndose importantes y destacados, pueden comportarse con esa sencilla elegancia que da la humildad. Y pocos pueden competir en ese campo con el Maestro Roberto González Goyri, quien acaba de ser objeto de un reconocimiento muy merecido en el Seguro Social, al presentar el nuevo mural que ha de engalanar el edificio de esa institución creada con la intención de cambiar la vida a millones de guatemaltecos.
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Pienso lo anterior porque esta mañana encontré en mi correo electrónico un mensaje de Roberto que es exactamente reflejo de esa personalidad tan suya que lo hace aún más enorme de lo que es por su obra en la plástica y por sus cualidades personales. Uno pensaría que un artista como él, tan reconocido local e internacionalmente y de tantos méritos, podría darse sus aires y comportarse como merecedor de todas las atenciones del mundo, pero quien conoce a Roberto sabe que la suya es una actitud tan diferente que impresiona.
Tengo la suerte de conocerlo desde hace ya casi cuarenta años, aunque había escuchado de él desde mucho antes por la amistad que siempre tuvo con mi padre. Pero desde la primera vez que le vi, en la casa de su cuñado Alberto, me llamó la atención su forma pausada de hablar, su sencillez en el trato con todas las personas y su enorme calidad humana. Desde esa ocasión siento que hubo entre ambos un cariño sincero que ha ido creciendo con el correr del tiempo y muchas veces Carmen, su esposa, me dice que por las tardes ella le lleva a Roberto su ejemplar de La Hora con la burlona expresión: «Ya vino tu novia». Así es la forma en que el Maestro gusta de este diario vespertino donde tanto se le quiere a él.
Hace un par de años, asistiendo a uno de los tantos homenajes que se le han hecho en reconocimiento a sus calidades como artista, le oía hablar del sentido de su obra y de lo que trata de proyectar en cada una de sus pinturas o esculturas y sentí que lo explicaba de una manera tan concreta y sencilla que era admirable. Porque uno está acostumbrado a que alguien como él, tan destacado, haga por lo menos el intento de describir su trabajo como algo de tanta trascendencia y de tanta dificultad que merecido tiene que la gente lo aprecie. Roberto sabe cuán grande es, pero pienso yo que atribuye a Dios haberle dado tantos talentos y por ello no presume de ellos sino que simplemente los utiliza al máximo para dejar plasmado en la plástica ese concepto tan especial y espectacular, diría yo, de la belleza.
No soy ni por asomo crítico de arte ni experto en lo que tan magistralmente hace Roberto pero, como decía mi abuelo, aunque no sé cómo hacer naranjas ni sé cómo clasificarlas en sus distintas variedades, cuando pelo una y me la como, puedo decir si me gusta o no. Y eso me pasa con la obra de Roberto que siempre me ha fascinado tanto.
Pero el tema de hoy no es realmente exaltar su calidad artística porque ello lo hacen muy bien los expertos, los críticos especializados y quienes tienen predilección por la pintura y la escultura. Mi punto hoy es su calidad humana reflejada en ese mensaje que hoy me envía para agradecer la cobertura que en el Suplemento Cultural le dimos a su mural en el Seguro Social. Y si de la obra de Roberto se ha escrito tanto y tan bien, creo que más hay que escribir y hablar de su grandeza como ser humano excepcional.