La goleta dominicana «Siesta de Trujillo» con un cargamento de armas a bordo salió de las aguas territoriales de Honduras el 20 de junio de 1954 rodeando Manabique y entró en la bahía buscando desembarcar en un estrecho canal de acceso a Puerto Barrios. La goleta era el aporte del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo a la causa de la liberación.
Trujillo Molina, un siniestro personaje del mundo político tropical se hizo del poder en 1930. Fue nombrado jefe de La Guardia Nacional, un instrumento creado por los Estados Unidos después de los cuatro años de ocupación de la isla entre 1916 y 1920 y luego electo presidente en 1930. Gobernó sumiendo a la Republica Dominicana bajo un régimen de terror y corrupción durante 31 años. Terminó con cualquier tipo de oposición en forma brutal y amasó a la par una inmensa fortuna. Extendió su poder omnímodo a diferentes escenarios de América Latina hasta ser nombrado doctor honoris causa por más de una universidad, entre ellas la de Pittsburgh en Pennsylvannia, o ser nominado al premio Nobel de la Paz. Igual que poseedor de un título nobiliario se le llamaba Benefactor de la Humanidad y Padre de la Patria Nueva.
Como brazo político de la Casa Blanca, Trujillo era valorado entre los hombres que dictaban la política en Washington y refiriéndose a él dijo el secretario de Estado, Cordell Hull, en una ocasión: «Is maybe a son of a bitch, but he is our son of a bitch» (puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta).
La goleta aparte del dictador dominicano tenía como misión distribuir armas entre los seguidores de Castillo Armas en Puerto Barrios para provocar un levantamiento y abrir un segundo frente de la liberación. La cercanía de la costa hondureña y la presencia de gente extraña hizo despertar sospechas confirmadas por algún infiltrado del gobierno. Al desembarcar los esperaba la policía y el Ejército con milicia armada por los sindicatos del puerto. Los dejaron entrar por el canal de acceso hasta donde un acueducto los detuvo y allí fueron acribillados. Murió la mayoría, algunos fueron detenidos y unos pocos lograron huir.
Cuatro sobrevivientes que escaparon se dirigieron de regreso a Honduras cruzando los pantanos que circundan Pto. Barrios y bordeando la costa caminando a la deriva por la selva hasta salir a la costa del golfo de Honduras en donde dos semanas después famélicos y enfermos fueron encontrados por gentes de San Fco. del Mar que los socorrieron. Un viejo amigo del lugar me contó que uno de aquellos hombres guardaba una credencial firmada por el generalísimo Trujillo que lo presentaba como uno de sus hombres de confianza, a los pocos días embarcados en una canoa fueron llevados a Omoa en donde supieron que Castillo Armas había entrado a la ciudad de Guatemala y era presidente. Siguieron a Tegucigalpa y de allí volaron de vuelta a la Dominicana para informar personalmente de los pormenores de su misión a «el jefe» como llamaban al tirano.
Trujillo los tomó a su servicio hasta que siete años más tarde el 30 de mayo de 1961 antes de las diez de la noche fue emboscado cuando se conducía de ciudad Trujillo hacia su casa en la caoba a la orilla del mar. Viajaba al lado de su chauffer vestido de blanco inmaculado en un Chevrolet Bel Air modelo 67 cuando fue alcanzado por otro vehículo con un grupo de hombres disparando con escopetas, carabinas y fusiles automáticos que lo rociaron de balas. Los participantes de la acción eran con una excepción gente que había recibido sus favores y uno de ellos miembro de su guardia personal. Hoy se sabe que la CIA los había reclutado y que las armas habían salido de la embajada americana.
Rafael Leonidas Trujillo, «el chivo», como era conocido popularmente se había convertido en un aliado incómodo de la Casa Blanca: el asesinato del dirigente Jesús de Galíndez raptado por el S.I.M. en una calle de Nueva York, el atentado que hizo volar el automóvil del presidente Rómulo Bethancourt en Caracas, el asesinato de las hermanas Mirabal del movimiento 14 de junio y por último el temor de que en la Dominicana se repitiera el caso de Cuba con Batista, sellaron su suerte.
La era de Trujillo duró unos meses más con Joaquín Balaguer, un hombre acomodaticio que había gozado de sus favores y permitió que su hijo Ranfis Trujillo regresara de París y consumara un baño de sangre para vengar a su padre. Nada sin embargo pudo impedir la alegría del pueblo que se volcó a las calles para celebrar la muerte del tirano bailando un merengue que los estudiantes de mi tiempo tarareábamos cuando decía: mataron al chivo y se lo comieron… hicieron tamales y no me dieron.