La visita reciente que hicimos Ana María y yo a México fue gracias a la generosa invitación que Espartaco y Lupita nos hicieron. Pasamos días inolvidables al lado del hijo, la nuera y el nieto, José Miguel, con sus sorprendentes dos años y medio de edad. Se los agradecemos de corazón hoy, día en el que mi hermano mayor, Gustavo, arriba a sus 83 años de una vida generosa y ejemplar.
Dejo para después de las votaciones de septiembre la conclusión de lo que la semana pasada quedó pendiente respecto a los nacos. Hay algo más importante que no quiero dejar de referir: la gentileza de que fuimos objeto Ana María y yo de parte de nuestro hijo y nuestra nuera; de Catalina, don íngel (su papá) y Juan Carlos, su compañero; de Mily, mi cuñada; de Itziar, Mary Carmen y de Josefina Estrada y doña Gloria, su mamá.
De lo primero que hicimos fue ir, en compañía de Mily y Yosahandi, a donde reposan los restos de la destacada intelectual social, Stella Quan Rossel. Además, estuvimos en San Hipólito, el 28 de junio.
Con Espartaco, Lupita y Miguelito, comimos dos veces en La Pequeña Rusia. La Malinki Russia es un restaurantito de no más de cinco mesas. Allí se pueden degustar empanadas rusas y mexicanas, gulash, zolianka, un rico bloff o un bien preparado pollo a la Kiev y, como postre, los apetitosos zirnikis.
También fuimos a Las tortas Jorge, que son tan ricas como las que estaban por División del Norte, pero no tan sabrosas como fueron Las de Armando, o como las de El Convento en San íngel y las de La Parroquia de la avenida Jalisco. En lo de Jorge, Espartaco dice que pareciera que el tiempo se detuvo.
La cena en casa de Catalina, en donde también estuvo su papá, no pudo ser mejor. El salmón lo cocinó Juan Carlos. Decir que estuvo delicioso, se queda corto. Lo preparó con crema de almendras, cebolla blanca gratinada, vino blanco y algo más que se guardó, como todo buen gourmet. Hizo un arroz blanco de primera. Degustamos un buen vino blanco seco. No todo, por supuesto, fue blanco. Lo que conversamos fue importante, a veces controversial, pero por ello interesante.
Mily, la hermana de Ana María, nos invitó a comer en La Poblanita Nueva, cuyas sugerencias del día y su carta, abruman por la variedad y exquisiteces mexicanas que se pueden degustar. Ese mediodía del martes 3 de junio, lo pasamos de lo más bien, como bien estuvimos cuando fuimos a casa de Milita, nuestra sobrina, para celebrar los cumpleaños de su mamá y de Yoshi, su prima. Estuvieron, además de las festejadas, Marcel, Chuy y todos los sobrinos nietos de allá.
Itziar nos invitó a comer en El Bajío. í‰ste es un restaurante especial del que sólo hay dos en el Distrito Federal: el que queda cerca de su casa y al que fuimos, que está en donde quedaba el Parque de Pelota del Seguro Social. Lo que comimos y la amena conversación con Itziar hizo de este día un día inolvidable.
Fue deliciosa la comida que preparó la señora Gloria y que disfrutamos en el departamento de la maestra de Espartaco y escritora, Josefina Estrada, en Santa María la Ribera.
En casa de Mary Carmen desayunamos. El desayuno puedo decir que fue muy superior en calidad y calidez de los que se pueden disfrutar en el Sanborns de La Casa de los Azulejos del Centro Histórico. Con ella conversamos acerca de un planteamiento que me parece interesante en tanto permite disponer de elementos nuevos para ir configurando el futuro ulterior de la globalización y el papel que proyectan asumir los hombres más ricos del mundo.
Desde mi convulso e impredecible país y después de más de un mes de nuestro regreso, agradezco las gentilezas de que fuimos objeto Ana María y yo, las exquisiteces de que disfrutamos y lo nuevo que aprendí y logré que cupiera en mis alforjas de viajero empedernido. Se dice que lo que se bebe y come sabe más exquisito por las personas que lo ofrecen y en cuya compañía se disfrutan, así como que lo nuevo que se aprende es porque se logran encontrar las respuestas tras las que se anda.
Una costumbre eslava aconseja que cuando se quiere volver al lugar en que uno estuvo, hay que sentarse un minuto sobre las maletas y pensar en proponerse volver. Por mi parte, suelo decir que si quiero regresar a un lugar en que me he sentido bien, tengo que dejar dos o tres cosas por hacer.
Y si en otra ocasión logro volver al DF, se me antoja ir a Los Tacos de Beto, en Vertiz y Eugenia, y comprobar si son tan apetitosos ?como me acaban de decir? los de res, costilla y suadero; ir a oír a La Maldita Vecindad, en especial, aquellas sus clásicas ejecuciones de Pachuco y Kumbala o asistir a un concierto de Café Tacuba, que con María llegaron a alcanzar altos niveles de ejecución, belleza y armonía. Sería especialmente extraordinario que estuviera Jekina Pavón en cartelera para disfrutar a lo grande de sus hermosísimas versiones de Vive de Napoleón y La felicidad de Felipe Gil.
A la distancia, entiendo por qué a Ana María y a mí nos emocionó la obra de Frida Khalo, ahora todavía expuesta en Bellas Artes.