DESDE LA REDACCIí“N
Todo apunta a que los excelentísimos diputados disfrutan verse en las portadas de los diarios ilustrando esas cosas parecidas a afiches de circo. Su experiencia sentados en una curul ha nutrido el apetito a la provocación.
No es extraño que los guatemaltecos de a pie se detengan un minuto en la ajetreada jornada para hacerse una sensata pregunta: ¿En manos de quién estamos? Si es que puede atribuírseles a tales personas la potestad de dirigir nuestra vida en una sociedad democrática, palabra que poco a poco va perdiendo sabor en la vida política nacional. La duda es aceptable y muy razonable.
Lo que ha pasado en el pleno tan solo hace dos días es una muestra de cómo han madurado los dignatarios en tener la cara dura y, aunque alguien sostenga que estas bochornosas situaciones ocurren hasta en los mejores congresos del planeta, algo han sabido demostrar los protagonistas de la trifulca y es que en sus años disfrutando de las mieles de ser diputado, han logrado acicalar sus vidas consiguiendo apetitosos bienes para deleite de sus necesidades y poco han aprendido a contener sus pasiones instintivas de agresión y ofrecer una discusión, quizá no de altura, porque es pedir demasiado, pero con la decencia necesaria como para que público que en ocasiones se vuelve su auditorio, no salga del edificio con un desagradable sabor a indignación.
Si hay algo digno de estudiar en esta zoociedad política es la forma de legislar. Y al parecer dos son sus embajadores que ya llevan algún tiempo de mirarse fijamente a los ojos en cada reunión, tomar el micrófono y como fieras parlanchinas, lanzarse improperios y alusiones en cada turno. El resto de legisladores, cuando no son copartícipes del espectáculo, son nada más que espectadores pasivos que prefieren acomodarse en su curul y contemplar la función.
Con comportamientos así no es disparatado pensar mal. Nos hacen pensar mal. Pensamos, por ejemplo, que para cada representación legislativa hay intereses indescriptibles e inimaginables. Que para cada aprobación o ratificación de algún punto legislativo deben jugarse sus mejores cartas para pensar en el beneficio de su grupo y no como dice esa cantaleta «en beneficio del país». ¿Habrá alguien que todavía se traga ese falso estribillo? Que bien vale la pena cuestionarse sobre la posibilidad de reformar la ley electoral para limitar el número de representaciones legislativas, porque para lo que se proyecta las cosas pueden empeorar si en cada período administrativo de cuatro años se sumen personajes en este circo.
Mientras pasa todo eso, los temas de interés pasan a segundo plano. Para fortuna de la diplomacia extranjera y pese a la indignación de presenciar lo que ya todos vimos en la televisión, los dignatarios decidieron retomar la postura y como una forma de sacar la pata donde ya la tenían hasta el fondo, ratificaron la ampliación del mandato por dos años más de la CICIG, como diciendo a los lectores: «entre cada empujón y vasos de agua, también nos ponemos a trabajar».
No es que se tenga algo en contra del Congreso y sus congresistas. Al contrario. Da lo mismo sus métodos para moverse en esas turbulentas aguas. Además, allá cada uno con su forma de ganarse la vida.
Por Eswin Quiñónez
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