La frontera se esmera en blindarse en vano



En la ciudad de El Paso, situada en la frontera suroeste de Estados Unidos con México, la población de origen hispano ya es de 80%, cifra que las autoridades ven como reflejo «del futuro del paí­s», al tiempo que se blindan en vano para detener la inmigración ilegal.

«Hoy en dí­a El Paso representa el futuro de Estados Unidos. Desde ahora hasta el año 2050 se estima que la población hispana en el paí­s crecerá un 187%», indicó Bob Cook, presidente de la Corporación de Desarrollo Económico de El Paso ante un grupo de periodistas de visita en la zona.

Cook señaló que en 2020, en Texas (sur), «los hispanos serán mayorí­a» y como él, autoridades universitarias, de gobierno local así­ como empresarios aplauden el bilingí¼ismo y los estrechos lazos económicos que unen a las dos orillas del Rí­o Grande.

Pero en la otra faz de la ciudad, donde la mexicana Ciudad Juárez queda a menos de cinco minutos caminando por cualquiera de los cinco puentes limí­trofes, la Patrulla Fronteriza se sirve de cámaras, camionetas, sensores, rejas y cientos de hombres armados que dí­a y noche detienen y deportan a una cantidad de indocumentados que alcanza los 3.000 al año, sólo en este punto.

Según estimaciones de organizaciones humanitarias, entre 500.000 y un millón de personas atraviesan esta frontera cada año sin ningún tipo de visa.

«Son en un 95% mexicanos, muchos de ellos a veces me los encuentro hasta tres veces en una semana y en algunos casos nos reí­mos», contó Martí­n Hernández, un agente de la Patrulla Fronteriza, que como la mayorí­a de sus camaradas es estadounidense de origen mexicano.

«Me han llamado traidor cuando los agarro, porque me ven como uno de ellos. Pero yo soy de aquí­, es este paí­s el que me lo ha dado todo y me siento orgulloso de poder servir a mi patria, Estados Unidos», dijo Hernández cuando mostraba a la prensa el recorrido de rutina a lo largo de la frontera de El Paso.

Mientras las autoridades promocionan El Paso como una región idónea para el desarrollo económico, los policí­as fronterizos se dividen en grupos todos los dí­as para, entre otras tareas, arreglar las rejas que cortan a diario los traficantes de personas y drogas para pasar desde México a Estados Unidos incluso por los desagí¼es subterráneos que unen a estas ciudades.

En El Paso y Ciudad Juárez viven 2,6 millones de personas (un millón del lado estadounidense, y 1,6 en el lado mexicano) y por los cinco puentes del Rí­o Grande cruzan a diario 20.547 peatones, 42.648 automóviles y 2.122 camiones, según la Patrulla Fronteriza.

Este es el segundo punto más transitado en la frontera de más de 3.200 km que divide a estos dos paí­ses, luego de Tijuana-San Diego (en California, oeste).

Pero en El Paso es evidente el despliegue de recursos financieros y técnicos que se destinan para vigilar el cruce de indocumentados que en todo Estados Unidos suman más de 12 millones, en su mayorí­a hispanos: la primera minorí­a en el paí­s.

«Todas estas polí­ticas de control fronterizo tienen que ver con el terrorismo para impedir que ingresen terroristas», señaló un portavoz de la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, haciéndose eco de una versión expuesta por todas las autoridades estadounidenses de El Paso.

Pero en plena aduana, Patricia Aveitia, la directora adjunta de la frontera de El Paso de esta agencia federal frunce el ceño cuando se le pregunta cuántos casos de terrorismo o eventuales terroristas han confrontado en ese punto de control.

«El último fue hace unos seis meses», contestó Aveitia poco convencida. «Gente de paí­ses árabes o asiáticos no se ve por aquí­», apuntó luego el agente Hernández.

El argumento terrorista es uno de los mencionados en Washington para justificar la construcción del muro en esta frontera que es una de las más transitadas en el mundo.

«Pero ellos al final lo que quieren es cuidarse de nosotros, de que no lleguemos los indocumentados», dijo a la AFP Petronilo, un obrero mexicano que optó por cruzar sin papeles para ganar cinco dólares por hora, y no por dí­a, como le pagaban en Juárez.

«Me he quedado porque ahora es muy difí­cil entrar a Estados Unidos, pero si no hubiera tanto problema yo vendrí­a solo a trabajar por un tiempo porque la patria se extraña».