La fractura de la Gana


La crisis de la llamada Gran Alianza Nacional, Gana, partido que surgió como una amalgama tras las elecciones del 2003 y luego de que en el Partido de Avanzada Nacional le jugaron la vuelta a la candidatura de í“scar Berger, viene a confirmar la enorme fragilidad del sistema de partidos polí­ticos en Guatemala. Puede uno pensar que lo que mal empieza tiene que terminar mal, y ese serí­a el caso de la Gana que usó la ficha del partido de Ricardo Castillo Sinibaldi quien la cedió en un gesto de buena fe sin imaginar que él serí­a la primera ví­ctima del autoritarismo.


Puede haber una amplia discusión sobre el papel de cada uno de los bandos en la Gana y sobre si alguno de ellos tiene razón o si, por el contrario, se trata al final de cuentas de coyotes de la misma loma. La simple idea de que se hable de dignos e indignos es ridí­cula e inaceptable porque uno encuentra de todo en cualquiera de los dos grupos. Lejos quedaron los dí­as en que, al anunciarlo como su compañero de fórmula, Alejandro Giammattei hablaba de Alfredo Vila como de su mejor amigo, del hombre que le habí­a ayudado tan desinteresadamente cuando sufrió las dolencias de su enfermedad y del polí­tico maduro que merecí­a ser su Vicepresidente. Hoy Vila es vilipendiado por su antiguo amigo, demostrando otra vez que las férreas amistades, como la suya con Vila y la de Berger con Arzú, no son tan importantes en ese cerrado cí­rculo que ha pretendido ser élite partidaria.

Por supuesto que es momento de arribismo y oportunismo, pero es que así­ es nuestra polí­tica y por lo tanto la fractura de la Gana y el papel protagónico que ahora juegan algunos es parte de la costumbre polí­tica en nuestro paí­s. Todos creen que su actitud es la catapulta para un renovado y más vigoroso movimiento, pero si la historia ofrece lecciones hay que entender que esto es en realidad el principio del fin, como ha ocurrido con tantos otros grupos que se vieron cohesionados cuando ejercieron el poder y las prebendas y canonjí­as eran la amalgama que les mantení­an unidos.

Separados del poder y sin recursos para mantener ese tipo de privilegios, las ambiciones que se vuelven demasiado grandes hacen rebasar cualquier nivel de cordura y por ello vienen las divisiones profundas porque el pastel se reduce y todos quieren seguir con las mismas tajadas. En palabras sencillas y sin necesidad de profundizar mucho en el análisis de la crisis de nuestros partidos tras abandonar el poder, la razón está más que a la vista en esa pugna atizada por los intereses personales.

Al final de cuentas lo que vemos es que Guatemala no tiene partidos polí­ticos dignos de tal nombre y todos terminan fragmentados porque los elementos que motivan la unidad son siempre efí­meros y artificiales. No se trata de uniones inspiradas en altos ideales ni en la comunidad de aspiraciones ideológicas, sino de agrupaciones forjadas alrededor de algún liderazgo que sirve para alentar ilusiones de rápido enriquecimiento en el ejercicio del poder. Y por ello se tiran los platos por la cara tarde o temprano, porque cuando cesa la capacidad de alimentar esa sed de dinero en la proporción pautada, se produce la fractura en busca de nuevos horizontes.

En el caso de la Gana hay que decir que se han dividido, además, entre quienes hicieron más dinero en el Ejecutivo y quienes hicieron sus negocios en el Legislativo. A ellos les acompañan los útiles de siempre, quienes ponen el pecho sin entender el verdadero juego. Y en ese contexto, lo único importante y relevante de esta nueva crisis en un partido es que ilustra fácilmente y de forma didáctica el fenómeno de la fragilidad de nuestro sistema partidario.