La feria de los lectores


La feria del libro no deberí­a ser «la del libro» sino «la de los lectores». Una ocasión propicia para la orgí­a literaria. El aquí­ y ahora del «aggiornamento», del encuentro entre escritores, del ocio intelectual entre los amantes de la actividad mental. Una fiesta, que deberí­a ser más que una fiesta, una celebración magna y una solemnidad, un hito referencial para cualquier actividad del año.

Eduardo Blandón

«La feria de los lectores», que es así­ como se me antoja bautizarla, deberí­a ser más allá de la venta de libros, el cónclave propicio entre escritores. El único momento del año en que los sacerdotes de la escritura pueden tener ocasión de darse la paz y el ósculo mutuo. La orgí­a literaria en donde lo valioso es el encuentro, el intercambio, la amistad y las promesas. Una tregua a los celos, el ninguneo y las poses. Una semana de inocencia espiritual.

Esta iniciativa de «la feria de los lectores» debe acogerse porque hace que aparezcamos ante el mundo como sujetos que estamos más allá de las balas y la muerte, del secuestro, la misoginia y el etnocidio. Es la oportunidad que tenemos para iniciar a las nuevas generaciones en la construcción de un mundo diferente. Un mundo que encuentra su combustible y hálito vital en las letras, los libros y la ficción. Una existencia superable únicamente a partir del trabajo intelectual y de la pasión por imaginar, concebir y crear.

Un planeta miserable, que es el que tenemos en la actualidad, sólo ha sido posible por sujetos planos y literales, incapaces de sonreí­r, comprender un chiste y hasta entender una broma. Es el planeta de inteligencia cerrada, falto de imaginación y posibilidades de sueño. Es el mundo de la unidireccionalidad que apunta al consumo y al entretenimiento. Una sociedad enferma, depauperizada y terriblemente aburrida.

Contra todos los males y pesimismos, «la feria de los lectores», es el signo de la esperanza. Es la festividad que anuncia que otro mundo sí­ es posible. Que leer y estudiar abre posibilidades y construyen puentes. Que la imaginación sí­ puede llegar al poder. Que el mayor fracaso en la existencia humana no es la pobreza, la enfermedad o la muerte, sino el desperdicio neuronal por falta de actividad creadora. Que vale la pena sembrar ideas para cosechar sueños.

La solemnidad de los lectores deberí­a ser, con todo, el bacanal dionisí­aco en donde se recojan los frutos del año. Las familias deberí­an estar en capacidad para compartir con sus hijos las voluptuosidades de los estantes de las editoriales y librerí­as, disfrutar del perfume de los libros y estrechar las manos de nuestros propios autores y extranjeros. Los escritores deberí­an poder compartir su tiempo para que los niños los puedan ver y tocar (esto último es importante), para que comprendan la humanidad de sus creadores.

Un evento así­ no serí­a perfecto si los libreros no ponen sus libros a precios de quemazón. Es en esta ocasión en donde las editoriales y librerí­as pueden mostrar su verdadera naturaleza y el material del que están hechos. Si se trata de incendiar el paí­s de lectores, es necesario que los libros tengan precios accesibles. En tiempos de crisis, una estrategia de venta dirigida sólo al lucro, mata cualquier expectativa y harí­a de la feria, el momento para la «exposición del libro». Entonces sí­ estaremos fritos y lo anterior es pura paja.

Para mis amigos, les recomiendo asistir a las conferencias impulsadas por el Fondo de Cultura Económica. Entre los intelectuales invitados están: Carlos Monsiváis, León Krauze, Marco Antonio Flores, Eraclio Zepeda y Elva Mancí­as, entre otros.