La felicidad a medias en Guatemala


Bien sabido es que un crí­tico de arte o de letras es una persona plenamente identificada con su quehacer intelectual tanto como ampliamente conocedora de lo que critica así­ como de sus contextos en el espacio y tiempo de la creación artí­stica o literaria.

Carlos René Garcí­a Escobar

En años pasados me formé aquí­ en La Hora publicando comentarios de libros de diverso género, poesí­a, narrativa, ensayo. Jamás me endilgué el marbete de crí­tico literario porque creo que para un periodista cultural incipiente y autodidacta como yo lo era, hacerlo habrí­a sido un absurdo de facto.

En esta oportunidad me motiva a escribir y publicar lo que sigue, el propósito de refutar argumentos al crí­tico de libros, filósofo y catedrático universitario, de origen nicaragí¼ense, Dr. Eduardo Blandón quien, en este Suplemento Cultural de La Hora del 17 de julio recién publicara una crí­tica, comentario u opinión en relación con mi libro de reciente publicación ¡Casi Feliz!… Confesiones.

Nuestro comentarista (vamos a llamarle así­ con todo respeto) comienza por afirmar que mi libro es «engañoso desde la primera hasta la última letra» lo que de por sí­ descalifica el libro desde el principio de su comentario con un sofisma de falsa generalización. Asunto inadecuado para un comentario de cualquier í­ndole.

En el siguiente párrafo acomete otro sofisma cuando le niega al autor del libro la posibilidad de ser «casi feliz» porque éste en su narración demuestra salir bien parado frente a las adversidades y dice «Es más, a veces se pinta como un héroe extraordinario, al que difí­cilmente se le ve vencido por el infortunio del destino». No toma en cuenta ni entiende que dicha narración es precisamente como se dice en la contracarátula que el libro: «es una parodia del verso inicial de nuestro himno nacional que indica que, precisamente en este paí­s no es posible la felicidad completa que nuestro himno invoca, a pesar de las riquezas culturales, bellezas naturales y su gente, de que adolece nuestra nación».

Mas adelante continúa sus sofismas cuando afirma que no hay tales confesiones porque el libro «es apenas una revisión superficial de la vida propia y se confina en la meditación de su travesí­a intelectual» cuando, siempre en la misma contracarátula del libro ya se dice: «En estas memorias se desmenuzan las vicisitudes de orden ideológico, polí­tico y conceptual que el desarrollo de la investigación cultural demandó en sus inicios a mediados de los años setenta del siglo XX, y en adelante» y agrega: «Se desnudan en este libro los conflictos, sin entrar en los marcos de la pasión, en que por momentos se involucraron personajes de variada catadura. El lector descubrirá la forma cómo se desarrolló la Antropologí­a guatemalteca contemporánea desde las respectivas posiciones del Centro de Estudios Folklóricos y de la Escuela de Historia, ambas instituciones académicas de la Universidad de San Carlos de Guatemala, y de otras instancias de orden nacional e internacional.» Lo que quiere decir que treinta y pico de años no pasan tan fácilmente en tanto conozcamos y hayamos vivido la cruda y cruel historia sociopolí­tica en la Guatemala del conflicto armado interno. En este sentido el sofisma se aplica cuando sabemos que nuestro comentarista es de origen nicaragí¼ense y que lleva, si no me equivoco, unos quince años de vivir en Guatemala. (La Paz se firmó hace 14 años).

Otro sofisma que se presenta en el comentario es cuando afirma que el relato autobiográfico es sumamente entrecortado y sintético y que ante esta rapidez descriptiva de pasajes de la vida infantil y adolescente del autor se confirma que el problema del libro es que induce a error porque no se trata de «Confesiones» al estilo autobiográfico de escritores internacionales como Bill Clinton, George Simenon o Margaret Mead ni, mucho menos como las clásicas Confesiones de San Agustí­n o de Juan Jacobo Rousseau, sino que además «le falta una introducción advirtiendo al lector qué puede esperar del texto». El sofisma consiste en el lato desconocimiento que nuestro comentarista posee respecto del desarrollo de las ciencias sociales en la Universidad de San Carlos de Guatemala, especí­ficamente en las unidades académicas arriba mencionadas pero, sobre todo, en el sofisma de falsa analogí­a en pretender leer una autobiografí­a de este su servidor de Uds. en el calibre de los best sellers que constituyen los relatos de Clinton, Simenon, Mead. De ellos, por mi profesión, únicamente he estado en contacto con los trabajos de campo de la antropóloga culturalista estadounidense Margaret Mead.

Al final de esta sorprendente cadena de sofismas, nuestro comentarista llega al colmo de las falacias y se contradice a sí­ mismo cuando afirma: «Otro elemento relevante consiste en la sinceridad de sus páginas. El autor no hace guiños a la hipocresí­a ni esconde sus sentimientos. Transmite la vida tal y como la siente. Quiere ser cristalino y evoca sus recuerdos sin pretensiones ocultas. Esto es digno de reconocimiento en un mundo privado de honestidad y mendaz (sic).»

¿En qué quedamos entonces?

Nuestro bondadoso comentarista comete una serie de omisiones en su comentario lo que atribuyo a varias razones. Entre ellas, el equivocado interés de buscar en estas narraciones anécdotas y recuerdos para entretenimiento del lector ávido de curiosidades morbosas sobre la vida de los demás. Ciertamente nada de eso se encuentra en mi libro. De ser así­, curiosamente obvia comentar por ejemplo, el conflicto académico suscitado por ciertas declaraciones mediáticas de nuestra Premio Nobel de La Paz criticando a los antropólogos guatemaltecos. Tampoco le interesa profundizar un poco sobre las posiciones ideológicas y polí­ticas de las instituciones en pugna en aquellos tiempos, quizá porque a estas alturas todo mundo pretende ignorar todo lo que pasó, simplemente porque ya pasó y vivimos la era del post conflicto. Está bien, pero seamos conscientes de que el olvido es irremisiblemente inevitable y se resolverá hasta que la justicia se presente auténticamente, en tanto nos mantengamos construyendo una mejor Guatemala para nuestro llagado pueblo.

También omite por falta de entendimiento del asunto que, las descripciones que se hacen de las danzas tradicionales son precisamente hallazgos confirmados en mi actividad de campo y que cada una de ellas representa un anecdotario interesante que por ahora me reservo para otros tiempos.

Aparte de que agradezco el comentario publicado a su autor y al Suplemento, no dejo de lamentar que comentarios así­ degraden una obra literaria que no tiene por qué, desde ningún punto de vista, tratarse de «engañosa desde la primera hasta la última letra», primero porque es de suyo imposible que las letras sean engañosas, a no ser que se esté mal de la vista y segundo porque se me conoce en todos lados por mi honradez, sinceridad y honestidad, y mal harí­a yo en estar engañando a lo lectores con un libro mentiroso lo cual me harí­a quedar mal para toda la vida.

Debo agregar que el libro ha sido bien recibido en los ámbitos académicos y estudiantiles de la Universidad de San Carlos y eso me honra y me satisface profundamente.

Ciudad de Guatemala

Colonia La Florida, zona 19

5 de septiembre del 2010