La fascies del Nazareno


Cuando practicantes en el recordado Hospital San Juan de Dios hace ya 60 años, aprendí­amos una medicina al estilo francés que, a base de pura clí­nica nos obligaba a hacer diagnósticos que se confirmaban con la escasa tecnologí­a con que se contaba. En ese entonces los sabios maestros como los doctores don Manuel Beltranena, don Ernesto Alarcón, don Rafael Leal y don José Fajardo nos enseñaban que con una mirada perspicaz se detectaba la expresión del paciente que era de lo más trascendente para principiar a conocerlo.

Dr. Carlos Pérez Avendaño

Es así­ que luego de los datos generales del paciente debí­amos de llenar un espacio en el que se leí­a: «fascies», y que le obligaba a uno a adentrarse para tratar de conocer no solamente el dolor del cuerpo sino también el del alma. Fascies dolorosa, fascies de angustia, fascies depresiva, fascies colérica, entre otras, nos obligaba a hacer nuestra interpretación de los sentimientos que le deberí­an mover a uno a sentir, con empatí­a, las quejas de quien pedí­a ayuda.

Pasado mañana, D.M., tendré la oportunidad de contemplar la fascies del Nazareno de Candelaria y, emocionado, preguntarme por enésima vez, ¿por qué es que me emociona? Y al escuchar las notas de la marcha de Manuel Moraga, Una lágrima, volver a interrogarme, ¿qué es lo que me mueve a meter el hombro y echar fuerzas para levantar el anda del Nazareno? Sentimientos e intelectual raciocinio.

Son interrogantes que me planteo año con año. Luego me recuerdo las consecuencias de ese esfuerzo para agravar mi escoliosis (columna torcida) y elevar aún más mi ya elevada presión arterial, y, como es natural, y ante el temor de un derrame me pregunto si acaso estaré haciendo lo debido.

Me recuerdo entonces, Nazareno, de cuando hace dos años, por esas tontas razones tuve miedo y no te cargué, y luego me sentí­ un flojo y cobarde. Me arrepentí­ y no me lo perdono. Es que cuando al compás de los acordes que nos marcan el paso logramos oí­r que de tu entreabierta boca seca salen tus ya casi inaudibles jadeos, sentimos que nos estás hablando. Y cuando tu cabeza colgante con tus ojos apenas entreabiertos porque ya no hay fuerzas para cerrarlos, sentimos, todos los cargadores, que, en medio de tu agoní­a, nos estás mirando. Esa tu mirada. La mirada de esos tus ojos resecos, ya sin lágrimas porque has dado hasta la última gota, nos hacen sentir lo que sintió Caí­n, cuando, después de su fechorí­a, tú le mirabas.

El asombro ante la mirada de dos de nuestros niños ahora nuevamente nos embarga. Cuando con la Lila mi mujer, sentimos esa asombrosa sensación que emociona cuando Fernanda y José Andrés, nuestros dos últimos bisnietos se quedan mirándonos fijamente a los ojos. Es algo inefable, y nos preguntamos ¿qué pensamientos albergarán esas cabecitas?

Contrastantes bellezas que nos agobian. La enigmática, la inocente e inquisidora mirada de un infante y la impactante y enigmática mirada del Nazareno de Candelaria que nos traspasa.

Y tú Señor, que ahí­ de reojo me miras, me obligas a que, avergonzado, agache la cabeza. Y, de verdad que así­ lo siento. Y de verdad que algo tienen en común las miradas de esos infantes niños, con esa tu mirada, Nazareno.

Pero… a pesar de todas esas inquietantes interrogantes, si tú me prestas la vida, allí­ estaré, Señor, este Jueves Santo. Ojalá la Lila pueda acompañarme.