La expansión inicia en las zonas rurales


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Cuando el terremoto sacudió en 2010 Puerto Prí­ncipe, la escuela en la que Sansoir Boyer enseñaba biologí­a y matemáticas quedó reducida a escombros al igual que los alrededores. Sin embargo, como resultado del desastre, Boyer tiene ahora casa nueva y un empleo fuera de la ciudad en la que habí­a vivido durante años y la cual tiene una alta densidad de población.

Por TRENTON DANIEL CORAIL-CESSELESSE / Agencia AP

Igual que miles de desplazados, el profesor se mudó a un asentamiento en Corail-Cesselesse, cuyo crecimiento no para en una planicie llena de sol a 14 kilómetros (nueve millas) al norte de la capital. Boyer será el director de una escuela primaria que abrirá en breve.

«Creo que habrá una transformación en la zona y la gente que vive aquí­ tendrá una existencia mejor», dijo Boyer cerca de una hilera de recintos convertidos en salones de primaria.

Unos 18 meses después del sismo, el gobierno de Haití­ y socios internacionales intentan crear empleos y viviendas en las zonas rurales en un esfuerzo por disminuir la tensión demográfica en Puerto Prí­ncipe, donde persiste un peligroso hacinamiento.

La capital, una de las ciudades demográficamente más grandes en el Caribe, reúne casi un tercio de la población de Haití­. Puerto Prí­ncipe pasó de 200.000 personas hace unas cuantas décadas a más de tres millones en la actualidad.

Esta aglomeración se debe en parte al cierre de puertos y la destrucción de caminos que efectuó el dictador Francois «Papa Doc» Duvalier, ya fallecido, para restar fuerza a sus contrincantes en las zonas rurales.

En la década de 1980, el establecimiento de fábricas en la capital atrajo a campesinos que sobreviví­an a duras penas en el campo.

En la actualidad, en las laderas de los cerros que rodean la capital, las edificaciones con bloques se enciman unas sobre las otras y en las temporadas de lluvia ocurren aludes que arrasan con viviendas en zonas atestadas de personas.

Unas 300.000 personas perecieron en el terremoto de magnitud 7 que ocurrió el 12 de enero de 2010, según cifras gubernamentales. Los vecindarios hacinados se convirtieron en trampas mortales y muchos fueron arrasados.

Diversos sectores en Haití­ opinan que la cifra de ví­ctimas habrí­a sido menor si la gente hubiera permanecido en las zonas rurales con empleos y servicios básicos.

Ahora las autoridades y grupos de asistencia extranjera consideran que existe una coyuntura extraordinaria para la corrección del problema.

Cuando se postuló para presidente, Michael Martelly se comprometió a desarrollar las zonas rurales, y desde que asumió el cargo ha propuesto la restauración de caminos e infraestructura, en los que persiste el deterioro.

En fecha reciente, el gobernante inauguró las obras de restauración de una carretera que une Cap-Haitien, la segunda ciudad demográficamente más grande de Haití­, en el Norte, con Gonaives, una localidad portuaria polvorienta en la costa oeste.

El presidente planea ampliar la pista del aeropuerto de Cap-Haitien a fin de traer turistas y aligerar la carga a Puerto Prí­ncipe.

El 12% de los moradores de campamentos entrevistados en la capital desean mudarse a las zonas rurales, de acuerdo con un informe reciente de un grupo de organizaciones de asistencia encabezados por la Organización Internacional para las Migraciones, que se enfoca en los desplazamientos de personas tras un desastre.

El asentamiento de Corail-Cesselesse es una vitrina de lo que es posible y de las limitaciones que se enfrentan.

En teorí­a, el lugar será en Haití­ la primera comunidad planificada para sobrevivientes del sismo, mucho de los cuales viví­an en casas de campaña en un campo de golf propenso a inundaciones en la capital.

Miles se sumaron al éxodo y más de un año después de la fundación de Corail-Cesselesse —en 20 hectáreas (50 acres)— los albergues provisionales se han extendido por las laderas de las montañas, con las posteriores preocupaciones de que el lugar se convierta en otro asentamiento precario.

Sin embargo, este asentamiento organizado comienza a tener más la apariencia de una ciudad, con hileras de casas, iglesias, una clí­nica y una escuela estatal de nueve aulas que será inaugurada en enero y de la que Boyer será el director.

En los caminos del lugar se han establecido vendedores, boutiques y peluquerí­as. Afuera del asentamiento se ubica un templo vudú, al que identifica una camiseta roja que se agita en un palo alto.

Los servicios públicos, irregulares en Puerto Prí­ncipe, son incluso peor en Corail-Cesselesse debido a las dificultades para llevar al asentamiento electricidad, caminos y demás infraestructura.

El lugar tiene algo de electricidad para alumbrado que aprovecha la energí­a solar. El agua es traí­da en camiones. En los alrededores crecen plátanos pero existen pocos lugares para la compra de alimentos.

«Quien no se sale (de Corail-Cesselesse), no come», dijo Rodrigue Dermeau, de 45 años, quien viaja a Puerto Prí­ncipe casi a diario a fin de vender lociones para la piel en las calles congestionadas de tránsito en la capital.

Algunos residentes tienen la esperanza de que sus vidas mejorarán a medida que los vecinos se unan y exijan una mejora de servicios. Otros dudan de la asistencia del gobierno.

«El estado no tiene espí­ritu de desarrollo, de acuerdo con su trayectoria», dijo el profesor Sansoir Boyer, quien figura entre los pocos afortunados que encontraron empleo en Corail-Cesselesse.

La Comisión Interina para la Recuperación de Haití­, presidida por el ex mandatario estadounidense Bill Clinton y el primer ministro provisional Jean-Max Bellerive, considera la realización de ulteriores proyectos para las zonas rurales, como dos hospitales en la planicie central de Haití­, un plan de prevención para el norte y diversos programas agrí­colas.

El proyecto de mayor de financiamiento estadounidense que aprobó la comisión fue un parque industrial de 250 hectáreas (617 acres) a un costo de 224 millones de dólares al este de Cap-Haitien que resultará en la creación de 20.000 empleos y viviendas para 5.000 personas.

Sin embargo, la ampliación de caminos y la generación de empleos sólo proseguirá si se convence a las personas de que finquen ví­nculos con nuevas comunidades.

Francoise Jean-Pierre, de 30 años, emigró el año pasado de un cobertizo improvisado en el campo de golf de Puerto Prí­ncipe a Corail-Cesselesse.

La mujer encontró en el lugar un albergue decente construido de madera y un empleo como cocinera en la nueva escuela, pero todaví­a no se siente en casa.

Reclinada en una silla, bajo una sombra —la cual es escasa en el lugar_, Jean-Pierre suspira por el barrio donde viví­a en la capital y que fue dañado durante el sismo.

«Delmas me extraña», dijo la mujer. «Y yo extraño a Delmas».