Con el nombre de Terry Jones podemos encontrar el mejor rostro de lo que es la estúpida intolerancia que puede poner al mundo en el borde de crisis generadas por un odio desmedido ante los agravios que se dan por temas religiosos, raciales, ideológicos o empresariales y que pueden sacar a relucir los más grandes radicalismos para defender los principios básicos y fundamentales de cada individuo.
Jones, el pastor que anunció y luego canceló la quema del Corán para conmemorar un aniversario más del 11 de septiembre en Estados Unidos, es un ejemplo de qué tan fácil es encender una mecha que ya ha sido utilizada en el pasado y que, lamentablemente, lo será en el futuro para tratar de humillar a grupos específicos de la humanidad y que, con cierta lógica, reaccionan ante estas acciones. Si la intención es agraviar a los musulmanes, el resultado es su fortalecimiento. Es evidente que millones de personas del mundo musulmán que se pudieron mantener en una posición pasiva ante la utilización de razones religiosas para las Guerras Santas de algunos radicales, ahora pueden ante la ofensa moverse hacia esos extremos para proteger sus creencias y principios. Y lamentablemente esta intolerancia es la que ha llevado al mundo a vivir crisis que pueden perdurar por décadas y, en algunos casos, por siglos. ¿Qué resultado nos dejó a nosotros un Estado creado para fomentar las diferencias entre los que tienen y los que no, basados principalmente en el origen de sus individuos? ¿Qué aprendimos en Guatemala tras un conflicto armado interno en el que por ideología se paró utilizando el tema racial como estrategia de guerra? Aparentemente, muy poco porque seguimos siendo una sociedad fácilmente polarizada y profundamente desigual. Y así podemos seguir con los ejemplos a nivel mundial en la situación de los palestinos e israelíes, los comunistas y capitalistas y tanto ejemplo de intolerancia que no dejó más que un irracional sistema que nos expone a diario a las pruebas más grandes de cómo un ser humano se puede convertir en máquina de destrucción del prójimo. Debemos ser intolerantes, pero con la injusticia, corrupción, violencia y todos aquellos hechos que se han convertido en la peor pandemia que está enfrentando la humanidad. Mientras consideremos que nuestras ambiciones, creencias y posiciones ideológicas nos dan el derecho de humillar y oprimir a los que no las comparten, somos parte de esa gran masa que pareciera un ejército preparándose para destruir a un enemigo. En nuestro «mundo occidental», es el cristianismo la religión dominante. ¿Qué sentiríamos si queman Biblias para demostrar cuánto nos rechazan? La estúpida intolerancia nos está llevando al abismo.