La estética polí­tica


Definitivamente la polí­tica está divorciada con la estética. ¿Qué tiene que ver el arte ?o la ciencia- de lo bello con esas caras feas, de mal vestir y de pésimo gusto que se anuncian en las vallas propagandí­sticas? ¿No cree usted que esas vallas constituyen una terrible influencia en la formación estética de las nuevas generaciones? Sin pensarlo mucho dirí­a que sí­. Y dirí­a más: incluso a nivel de turismo esos rótulos no nos hacen un favor toda vez que los extranjeros se pueden llevar una mala imagen de nosotros.

Eduardo Blandón

Si aplicáramos la inducción podrí­amos concluir que para ser polí­tico se necesita como condición necesaria, imprescindible, tener una fealdad monumental. Y esto no exige mayores pruebas para su verificación. Bastarí­a salir a la ciudad y poner nuestra mirada en los primeros tres candidatos a diputados, alcaldes, presidentes o vicepresidentes y ya está. La fealdad está de moda y luce por las calles campantemente.

En el caso de los polí­ticos hombres no hay vuelta de hoja (con escasas excepciones). Lo increí­ble del caso es que a esa fealdad natural, esa con que Dios decidió vengarse del género humano, los polí­ticos se encargan de agregarle un plus (casi como un acto de odio a sí­ mismos) con una vestimenta que harí­a temblar a cualquier experto medio en el arte del buen vestir. ¿Los ha visto? Ellos ponen en claro que definitivamente eso de lo bello no es una categorí­a que les importe mucho o que sea algo de lo que sepan algo.

Obviamente esto tiene consecuencia con lo que hacen. De hecho como son brutos en lo estético, nada en ellos es elegante. Así­ tiene usted, por ejemplo, a congresistas que son desagradables desde la forma de hablar, su manera de andar y hasta simplemente cómo se sientan. Todo en ellos es una vulgaridad prototí­pica, el arquetipo de lo horroroso. Lo increí­ble es que (y por esto le deberí­an dar gracias a Dios) muchos de ellos logran casarse. Definitivamente esas bellas mujeres (sus esposas) tienen un alma sólo comparable a la de Madre Teresa de Calcuta.

En el caso de las mujeres que hacen polí­tica la situación es bastante parecida aunque las excepciones son más evidentes. Aunque se pueden encontrar beldades dignas de revistas (hay varias, usted lo sabe bien), las hay también poco agraciadas. Hay algunas que bien les valdrí­a un buen asesor de imagen, reí­r con más frecuencia y moderar el carácter de sargento. Está bien, el mundo de la polí­tica no es una pasarela, pero eso no quita cuidarse y mostrar al mundo lo mejor de ellas mismas.

Hace muchos años se puso de moda la frase de que «sólo la belleza puede salvar al mundo». Admitamos que fuera así­ y concluyamos entonces que la salvación no provenir del campo de la polí­tica. De la polí­tica, razonando contrariamente, sólo puede venir nuestra condena y perdición, con el agravante de que esta privación de gloria está relacionada con la ausencia de lo bello. ¿Para qué queremos más? El infierno ya empezó para nosotros.