Definitivamente la política está divorciada con la estética. ¿Qué tiene que ver el arte ?o la ciencia- de lo bello con esas caras feas, de mal vestir y de pésimo gusto que se anuncian en las vallas propagandísticas? ¿No cree usted que esas vallas constituyen una terrible influencia en la formación estética de las nuevas generaciones? Sin pensarlo mucho diría que sí. Y diría más: incluso a nivel de turismo esos rótulos no nos hacen un favor toda vez que los extranjeros se pueden llevar una mala imagen de nosotros.
Si aplicáramos la inducción podríamos concluir que para ser político se necesita como condición necesaria, imprescindible, tener una fealdad monumental. Y esto no exige mayores pruebas para su verificación. Bastaría salir a la ciudad y poner nuestra mirada en los primeros tres candidatos a diputados, alcaldes, presidentes o vicepresidentes y ya está. La fealdad está de moda y luce por las calles campantemente.
En el caso de los políticos hombres no hay vuelta de hoja (con escasas excepciones). Lo increíble del caso es que a esa fealdad natural, esa con que Dios decidió vengarse del género humano, los políticos se encargan de agregarle un plus (casi como un acto de odio a sí mismos) con una vestimenta que haría temblar a cualquier experto medio en el arte del buen vestir. ¿Los ha visto? Ellos ponen en claro que definitivamente eso de lo bello no es una categoría que les importe mucho o que sea algo de lo que sepan algo.
Obviamente esto tiene consecuencia con lo que hacen. De hecho como son brutos en lo estético, nada en ellos es elegante. Así tiene usted, por ejemplo, a congresistas que son desagradables desde la forma de hablar, su manera de andar y hasta simplemente cómo se sientan. Todo en ellos es una vulgaridad prototípica, el arquetipo de lo horroroso. Lo increíble es que (y por esto le deberían dar gracias a Dios) muchos de ellos logran casarse. Definitivamente esas bellas mujeres (sus esposas) tienen un alma sólo comparable a la de Madre Teresa de Calcuta.
En el caso de las mujeres que hacen política la situación es bastante parecida aunque las excepciones son más evidentes. Aunque se pueden encontrar beldades dignas de revistas (hay varias, usted lo sabe bien), las hay también poco agraciadas. Hay algunas que bien les valdría un buen asesor de imagen, reír con más frecuencia y moderar el carácter de sargento. Está bien, el mundo de la política no es una pasarela, pero eso no quita cuidarse y mostrar al mundo lo mejor de ellas mismas.
Hace muchos años se puso de moda la frase de que «sólo la belleza puede salvar al mundo». Admitamos que fuera así y concluyamos entonces que la salvación no provenir del campo de la política. De la política, razonando contrariamente, sólo puede venir nuestra condena y perdición, con el agravante de que esta privación de gloria está relacionada con la ausencia de lo bello. ¿Para qué queremos más? El infierno ya empezó para nosotros.