La estética delincuencial


            Francisco Goldman tituló su famoso libro sobre la muerte del monseñor Gerardi, «El arte del asesinato polí­tico».  El tí­tulo sugiere que en Guatemala los crí­menes que se cometen, particularmente los que están ligados a estructuras al margen de la Ley, son realizados de manera casi perfecta, con maestrí­a y con una pericia sin igual.  Los hechores, supone Goldman, son unos artistas, ejecutores elegantes que conocen su trabajo y lo hacen con limpieza y nitidez.

Eduardo Blandón

            Hay, con todo, otra manera de ver los «asesinatos polí­ticos».  Yo dirí­a que los criminales no son ni obreros del arte de la ejecución, ni elegantes pistoleros que se devanen los sesos para delinquir.  Más bien los testimonios revelan que tanto los autores intelectuales (con perdón de los que de verdad ejercitan la masa gris) como los sicarios hacen del asesinato una cosa vulgar, ordinaria y mal representada.  En términos de arte lo que hacen los ejecutores es un mamarracho indigno de ser estudiado si no es para criticar esa vulgaridad que hacen.

            No es exagerar.  En nuestro paí­s fácilmente se capturarí­a a los delincuentes si no fuera por la colaboración de quienes son los verdaderos artistas del crimen polí­tico: los investigadores.  Para nadie es un secreto que mientras los asesinos dejan huellas a granel y evidencias al por mayor, los investigadores se afanan, luchan y se esfuerzan por hacer mal su trabajo.  Hay una cadena de mediocridad en las personas encargadas de recoger las pruebas que hace que su trabajo sea modélico e icónico.

            Hay arte por supuesto.  Es el arte de perder la pista, manosear las pruebas y desaparecer las evidencias.  Los campeones no son los hechores, que no saben hacer la tarea porque dejan pistolas tiradas, balas regadas, huellas, pelos, números de placa, ví­deos, fotografí­as, números de llamada y hasta cartas encima del cuerpo de la ví­ctima.  Los artistas de la mediocridad son los encargados de seguir la pista y agarrar a los que perpetraron los asesinatos.

            De arte, entonces, nada, sino una estética vomitiva de los llamados a convertirse en sabuesos.  Como en el arte, no vaya a creer usted que ese trabajo es realizado de manera inconsciente o por error.  No.  El arte (este arte) es producto de una voluntad perversa que favorece a los hechores.  Es voluntad de iniquidad que tiene como propósito hacer ver como «intelectuales del mal» a los delincuentes.

            Si admitimos como Goldman que los delincuentes y los autores intelectuales del «asesinato polí­tico» son unos artistas, corremos el riesgo de corromper el mismo concepto de arte.  Entonces tendrí­amos que aceptar que quienes extorsionan desde las cárceles usando teléfonos celulares son unos «artistas»  porque saben evadir la Ley y los controles muy tecnológicos de las prisiones.  En realidad aquí­ no hay ninguna estética, sino el descuido pseudoartí­stico de unos payasos que se dicen ser los responsables de los centros carcelarios.