La ’ruptura’ predicada por el nuevo presidente Nicolás Sarkozy toma forma en Francia, donde se está puliendo un ejecutivo plural, abierto y eficaz que gobernará durante cinco años frente a un partido socialista que lucha por recomponerse y a un combativo y fortalecido centrismo.
Cuatro días antes de asumir oficialmente su cargo, el conservador Sarkozy ya ha puesto manos a la obra y ha dejado claro a sus colaboradores que desea «cambiar el país» desde la presidencia, en la que su objetivo no es «durar» muchos años, sino «actuar rápidamente».
«Sarkozy se adapta perfectamente a los deseos de los electores de las grandes democracias de principios del siglo XXI», aseguró el politólogo Jean Daniel.
Hay que reconocer que el político comenzó su vida de presidente con un tropezón, cuando decidió alejarse de París tres días y navegar por las costas de Malta en el lujoso yate de un amigo millonario, un comportamiento criticado por la izquierda y considerado negativo incluso por un 42% de sus electores, según sondeos.
«No se puede citar al general Charles De Gaulle y comportarse después como (el ex primer ministro italiano) Silvio Berlusconi», criticó el filósofo Alain Finkielkraut en el diario Le Monde.
De vuelta al trabajo, el político conservador, que prometió reformar Francia de arriba a abajo, está preparando un equipo de gobierno más reducido, de unos 15 ministros, en el que haya tantas mujeres como hombres y representantes de varias familias políticas.
Su promesa de «unir a los franceses mas allá de las etiquetas políticas», tan repetida en la campaña, podría traducirse en un ejecutivo que incluya a personalidades de centro y de izquierda.
Como ejemplo basta decir que el viernes, el nuevo presidente recibió al ex ministro socialista de Relaciones Exteriores Hubert Védrine, y el jueves a Martin Hirsch, sucesor del abate Pierre, recientemente fallecido, que fue el defensor de las personas sin hogar en Francia y creó la asociación Emaús.
Según los sondeos, un 72% de los electores de Sarkozy desean que el futuro gobierno tenga ministros centristas, un 29% aceptaría que hubiera políticos de izquierda y un 26% preferiría olvidarse de unos y de otros.
A la cabeza de este equipo estará Franí§ois Fillon, mano derecha de Sarkozy en los últimos meses y ex ministro de Educación y Asuntos Sociales.
«El pueblo francés eligió el cambio y yo lo pondré en práctica porque Francia lo necesita, pero lo haré con todos los ciudadanos, en un espíritu de unión y de fraternidad», prometió Sarkozy tras conocer su victoria.
Este deseo de unir más allá de las familias políticas se aplica también al centro, representado en las elecciones por el partido UDF de Franí§ois Bayrou, quien obtuvo más del 18% de los votos en la primera vuelta.
Entre las dos rondas, un 80% de los diputados de esta formación se unió a Sarkozy y el líder centrista decidió crear el jueves un nuevo partido, el Movimiento Demócrata, que será un «contrapoder libre» a la derecha de Sarkozy.
Entre las prioridades más inmediatas del nuevo presidente de Francia estarán reformar la semana laboral de 35 horas, transformar las reglas fiscales, aprobar una ley más severa sobre inmigración, aumentar las penas para jóvenes delincuentes reincidentes y garantizar servicios mínimos en caso de huelgas.
Nada de ello podrá ser realidad si su partido no obtiene una mayoría en la Cámara de Diputados en las legislativas del 10 y 17 de junio, aunque es muy improbable que los franceses decidan votar masivamente a la izquierda un mes después de dar más de un 53% de los sufragios a la derecha de Sarkozy.
Entre los socialistas, la crisis interna es flagrante tras la derrota de su candidata, Ségolí¨ne Royal pero el partido decidió enterrar los ajustes de cuentas hasta después de las legislativas, a las que el partido debe llegar «unido» y obtener los votos suficientes para ejercer una oposición digna en los próximos cinco años.
«Hay que conservar nuestra unidad, dignidad y fraternidad. Sé que hay muchos franceses que esperan que siga estando presente. Y así lo haré», declaró Royal el viernes sin dar más detalles sobre sus planes de futuro.
En caso de victoria de la izquierda en las legislativas, Sarkozy estaría obligado a cohabitar con un ejecutivo de oposición.