La educación es un hecho inherente a la vida en sociedad. La sociedad y la cultura generan procesos educativos para poder asegurar su continuidad y el perfeccionamiento de la vida humana en niveles más ricos y complejos de conciencia que han de permitir, siempre en mayor medida, la humanización de las relaciones sociales. La educación, básicamente, consiste en la formación de actitudes que están siempre en la base de todo accionar humano, sea material o intelectual y que definen la calidad de vida, tanto en el ámbito individual como en el social.
La educación no es un proceso exclusivo de la escuela. La educación es responsabilidad de toda la sociedad. Todo factor o elemento social ejerce influencia, directa o indirecta, en cada uno de los individuos que la componen. Esa es la razón por la cual debe haber congruencia entre lo que la escuela propone o afirma y lo que el contexto presenta y propone como su realidad. Si no hay congruencia, entonces la educación se convierte en un fraude, tan espantoso como las consecuencias que dicha aberración produce.
Es lugar común en los días que corren, oír hablar de la excelencia, de la calidad total, de la educación tecnológica, de la educación para el desarrollo, de la educación en valores, de aprender a soñar, etc. Todo parece ser un discurso puramente retórico que no corresponde a las verdaderas necesidades de responsabilidad y congruencia que exige nuestra realidad nacional.
Los diferentes establecimientos educativos (públicos y privados) que han apostado por la tecnología, por los valores y por la excelencia y competitividad, no deben olvidar que uno de los prejuicios más dañinos es el que reduce la educación a una mera fábrica de profesionales y tecnócratas y a un formalismo curricular que exige programas y planes detalladísimos pero sin espíritu ni correspondencia con nuestro contexto específico.
Otro prejuicio generalizado es el de la cantidad de información y de trabajos que se exige a los alumnos. Son tan arbitrarios y muchos tan sin fundamento pedagógico, que solo promueven el sin sentido, es decir, lo absurdo en los procesos educativos y las trampas en los alumnos.
Por otra parte, resulta también pernicioso creer que la educación y la cultura libresca, así como la erudición y la competitividad son la panacea de la educación. Antes están la personalidad, la responsabilidad, el esfuerzo y la creatividad. En fin, si verdaderamente queremos hacer de la educación el medio de desarrollo que por naturaleza es, resulta necesario, primero, eliminar estos y otros prejuicios que la desvirtúan.