La economí­a de Estados Unidos se contrae; candidatura del demócrata Obama avanza


Barack Obama, senador por Illinois y candidato demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, ofrece su discurso en un mitin en Virginia.

Los datos económicos indican una caí­da clara de la actividad y los expertos esperan que en cualquier momento llegue la recesión a Estados Unidos, una situación que beneficia al demócrata Barack Obama en la disputada carrera presidencial.


La tendencia es histórica, si se tiene en cuenta el precedente de la Gran Depresión, que llevó al demócrata Franklin D. Roosevelt a la Presidencia en 1933, para desencadenar a continuación la mayor oleada de intervención pública en la economí­a que jamás vivió Estados Unidos, el New Deal (Nuevo Plan).

La escala de la sacudida financiera es parecida a la de los años 30.

En dos meses desapareció, engullida o simplemente quebrada, la flor y nata de la banca de inversión estadounidense, y por primera vez desde la Gran Depresión, el Estado decidió entrar en el capital de los nueve mayores bancos supervivientes.

«Son decisiones sin precedentes ante una crisis sin precedentes», dijo el presidente George W. Bush, quien volvió a asegurar, sin embargo, ayer que el plan es «temporal», que no se prolongará durante décadas como el New Deal.

La actividad industrial, la construcción de viviendas, el consumo en el tercer trimestre se hundieron, en algunos casos hasta niveles desconocidos, que ya preludian la tan temida recesión, según algunas firmas de análisis.

Para Obama esas malas noticias son paradójicamente lo mejor que podí­a sucederle en su campaña, que arrancó con un empate con McCain.

Pero el desenlace de la carrera, a menos de tres semanas de las elecciones, aún está por escribirse, advirtió el propio senador demócrata, que pidió a sus partidarios el jueves no caer en triunfalismos.

Su ventaja en los sondeos es de siete puntos de promedio, según el sitio internet RealClearPolitics.

«Tenemos que estar listos para cualquier cosa», explicó a la prensa el jefe de estrategia de la campaña de Obama, David Axelrod. «No vamos a bajar la presión ni una sola semana», añadió.

La crisis obligó a Obama y a McCain a improvisar nuevas propuestas económicas a mitad de semana.

Ambas en el mismo sentido, favorecer a la clase media, pero con distintos enfoques: un recorte de impuestos para las empresas en el caso de McCain, para favorecer el empleo, un aumento para las clases altas en el caso de Obama, para «redistribuir las riquezas», en sus propias palabras.

Las propuestas de ambos se cuentan en decenas de millones de dólares. El plan de rescate bancario que tuvo que sacar a la luz el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, es de 250 mil millones de dólares.

El déficit presupuestario estadounidense ya alcanza el 3,2% del Producto Interno Bruto (PIB), según las cifras del Departamento del Tesoro.

Son medidas excepcionales que Bush, al término de una accidentada presidencia de ocho años, puede tomar sin preocuparse por los costos polí­ticos. Pero tanto McCain como Obama las acogieron con precaución.

«El concepto del Departamento del Tesoro de invertir directamente dinero en los bancos en dificultades (…) es el correcto», afirmó Obama en un comunicado.

«Pero debemos estar seguros de que el plan es ejecutado de manera que ayude a los propietarios (de inmuebles) y no enriquezca a los grandes jefes de Wall Street a expensas de los contribuyentes», añadió.

«Ese dinero no irá a parar a los «peces gordos» de Wall Street», añadió McCain en campaña.

Al otro lado del Atlántico ya se alzan voces que exigen un cambio profundo y no solamente de discurso.

La Unión Europea se adelantó a Estados Unidos con un plan de intervención bancaria y esta semana el presidente francés Nicolas Sarkozy pidió una «refundación» del sistema económico internacional creado en 1944 en Bretton Woods.

El gobierno Bush no quiso comprometerse con una cumbre al respecto.

CONGRESO


Los demócratas, mayoritarios en el Congreso de Estados Unidos desde 2006, están en posición de fuerza para arrancar nuevos escaños a los republicanos en las elecciones generales del 4 de noviembre y concentrar un poco más de poder en sus manos.

Los 435 escaños de la Cámara de Representantes así­ como 35 de los 100 escaños del Senado están en juego este año.

Como para la elección presidencial, que se llevará a cabo el mismo dí­a, el avance de los demócratas está vinculado a las inquietudes de los votantes en materia económica y a la impopularidad del presidente George W. Bush y del Partido Republicano en general.

Según el analista Stuart Rothenberg, los demócratas tienen la chance de alcanzar la mayorí­a de 60 escaños en el Senado. Esta cifra representa el piso mí­nimo para impedir a la oposición utilizar el método de obstrucción sistemática llamado «filibuster», un procedimiento que da a los senadores el derecho de bloquear o demorar votaciones.

Pero las opiniones están divididas. John Pitney, profesor de ciencias polí­ticas en el McKenna College en Claremont (California) sostiene que los demócratas no alcanzarán este número mágico.

Actualmente, los demócratas tienen 49 escaños, igual que los republicanos, pero dos senadores independientes votan generalmente con los demócratas.

En la Cámara de Representantes, la ganancia de los demócratas podrí­an ser de al menos veinte escaños, según Rothenberg. Esa cámara cuenta en estos momentos con 235 demócratas y 199 republicanos.

Según John Pitney, «con una mayorí­a de 60 escaños en el Senado, y con una mayorí­a más amplia en la Cámara, los demócratas pueden hacer casi todo lo que quieran, si están unidos».

Pero semejante poder no sólo consigna ventajas. «Si las cosas no despegan en los dos próximos años, los demócratas no tendrán a nadie a quien echarle el fardo», observa Pitney.

Si el presidente electo el 4 de noviembre es el demócrata Barack Obama, la mayorí­a aplastante de los demócratas en el Congreso lo ayudará a aprobar sus reformas, como la de la protección de la salud.

Sin embargo, en el sistema polí­tico norteamericano, el poder legislativo es independiente del ejecutivo y los miembros del Congreso pueden oponerse a su presidente incluso si pertenece al mismo bando polí­tico.

Si el republicano John McCain es elegido el 4 de noviembre, tendrá a priori una oposición todaví­a más fuerte. El Congreso prodrí­a oponerse por ejemplo a la permanencia de las tropas estadounidenses en Irak.

La batalla entre los dos poderes (ejecutivo y legislativo) podrí­a hacer fracasar otros proyectos de ley, una perspectiva delicada en tiempos de crisis económica.

La última vez que uno de los dos partidos obtuvo la mayorí­a de 60 escaños en el Senado se remonta a 1976, cuando los demócratas obtuvieron 62. Y tení­an asimismo una mayorí­a de dos tercios en la Cámara. Pero el presidente Jimmy Carter se vio a menudo en conflicto con el Congreso, lo cual le impidió imponer reformas profundas.