La doble moral censura


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En estos días se lleva a cabo un pleito de proporciones iguales a los límites ajustados que impone el mundo de lo privado. La pequeña batalla toma lugar de boca en boca y sobre todo en la dimensión de las redes virtuales que podrán ser todo lo social que quieran y demanden sus usuarios, hasta que las reglas de lo privado lo permitan.

Julio Donis


El escenario de las disputas aparentes es Plaza Pública, semanario electrónico que luego de sus primeros dos años se hizo de un nombre y de un espacio propio. El medio ha sido pionero al entender los signos de los tiempos que poco a poco mandan la virtualidad. Este nuevo medio también ha sabido distinguirse con un periodismo lúcido y atrevido hasta donde le permiten sus propias amarras constitutivas, y he aquí la esencia de la disputa. La razón del escándalo que ya ocasionó la renuncia de varios columnistas (blogueros) y el alarde de otros con comunicado respectivo, fue la censura a la columna de opinión de los jóvenes Walda Salazar y Oscar Pineda que suelen escribir de forma crítica sobre religión, como dicen ellos, desde la moral y desde la epistemología. Por su lado el Director del medio y demás autoridades institucionales justificaron la cancelación del blog porque “traspasaron la frontera de la cobertura, crítica y fiscalización a temas como la URL, los jesuitas y al Vaticano”. El aparente litigio por el reclamo liberal de la libertad de expresión encierra profunda y bien enmascarada, una contradicción que nadie parece observar. Hay una doble moral en cada una de las partes de esta bronquita, que si fuera asumida por todos, haría de ésta sí, una verdadera disputa crítica al poder establecido. Por un lado la contradicción la tiene una universidad privada de tradición jesuita que termina recurriendo a la creación de un apéndice mediático virtual, como plataforma para investigar temas, como alude su página de internet, “sociales incómodos”. ¿Acaso no hay, hasta donde conozco, alrededor de diez unidades académicas y varios institutos de investigación que seguramente generan conocimiento, que luego se podría relevar a distintas esferas para convertirse en aportes de aplicación nacional? ¿Por qué no puede Plaza Pública ser palestra para debatir o exponer los productos del análisis y de investigación de ese centro de estudio? La incidencia pues se podría hacer coherentemente con una sola acción, haciendo eficazmente la naturaleza de esa institución, la educación, para hacer como dice el ideario del sistema universitario jesuita, hombres y mujeres para los demás. Y del otro lado, la contradicción de los vulnerados columnistas que no son capaces de observar que sus reclamos están contenidos en las paredes de la cajita feliz de los derechos neoliberales, y que como dije arriba, pueden ser todo lo crítico y social que quieran hasta donde lo permita el dueño. ¿Son capaces cada uno de los blogueros de Plaza Pública a través de sus espacios de opinión, observar las contradicciones que suceden en el mismo centro de estudios que acoge a ese medio?, que entre otras perlas tiene en su haber un incidente de linchamiento en sus propias instalaciones. Supongo que la trampa mortal fue aceptar implícitamente que jamás la mano que les tendió espacio de expresión, un día se las podía quitar. Aludir a la libertad de expresión en un mundo neoliberalizado y privatizado es engañoso e ingenuo. Habría que ser más obstinados como propone Camus, para salir de la cajita y criticar al poder dominante.