Quiero contar una anécdota ocurrida cuando era Secretario General de la Presidencia en tiempos del presidente Ramiro De León Carpio. Resulta que vino un legislador alemán de importancia y desde que bajó del avión empezó a criticarnos con absoluta dureza, tratándonos de salvajes, violadores de derechos humanos, contrarios al derecho a la vida y otras cosas más a TODOS los chapines por los lamentables y dolorosos 250 mil muertos que dejó el conflicto armado y en un arranque de imprudencia como funcionario, pero aceptable como guatemalteco, contesté ante los medios de comunicación que el senador alemán se recordara de los 6 millones de judíos que ellos asesinaron de forma vil durante la guerra, en condiciones más allá de lo infrahumano.
Esto me valió una leve reprimenda de Ramiro y de Arturo Fajardo, ministro de Relaciones Exteriores, sugiriéndome le enviara una carta al embajador alemán, disculpándome. La mandé pero no para disculparme porque sostenía lo dicho, sino por lo imprudente que fue al recordarles momentos que quizás quisieran olvidar. (Por cierto, el presidente Pérez Molina también en declaraciones públicas. recordó lo hecho por los alemanes de la época).
Viene esto a colación porque en los últimos tres meses he sido testigo de que en Guatemala aún persiste, aunque muy diplomáticamente, el mito de la supremacía blanca, seguida particularmente por personas de raza casi “aria” de ascendencia estadounidense, alemana, polaca (víctimas de los alemanes), suizos, o de los Países Bajos que creen que en Guatemala pueden hacer y decir lo que quieren de nosotros, los legítimos chapines. Incluso hay “periodistas” chilenos, mexicanos, españoles, alemanes (o descendientes de ellos), que junto con latinoamericanos y extranjeros critican sin misericordia a nuestro país y nuestra gente. Al país y la gente que les dio cobijo o a sus antepasados.
Lo hacen, como dijo Jesucristo, lanzando la primera piedra sin estar libres de culpa y para muestra basta ver los Estados Unidos, con desempleo, pobreza, situación económica deplorable, violencia salvaje y terrorista en su propio territorio: pese a que dicen ser la nación “más poderosa del mundo”, no pudieron evitar que dos patojos colocaran bombas en Boston. Lo de más poderosa, en lo que se escudan muchos supermanes gringos, yo lo dudo porque si vamos a lo militar China Popular tiene un Ejército permanente de 1.200,000 soldados con las armas más modernas que se puedan imaginar y en lo financiero, ya China pasó en su nivel económico a los gringos, según revistas de ellos mismos y está por pasar a Japón, al que no le va muy bien.
En estos días he sido testigo del menosprecio más absoluto hacia chapines por parte particularmente de gringos y europeos que tratan a nuestros connacionales como “choleros del imperio” y por ello tuve que asesorar a dos grupos para que plantearan una denuncia por discriminación en el tribunal del ramo.
Esta supremacía blanca va unida a la discriminación que ya conocemos, especialmente hacia los indígenas por los que se creen ladinos. Trabajé diez años en Anacafé y en sus oficinas centrales y en fincas a las que me tocaba ir, notaba cómo los caficultores de plata sobre todo en el oriente trataban como esclavos a sus “mozos”, igualito que en tiempo de La Colonia.
No encuentro una explicación por la falta de respeto hacia guatemaltecos pobres o trabajadores del campo. En lo personal –y los que me conocen lo saben–, se trate del más pobre e ignorante de una clase paupérrima, para mí siempre lleva antepuesto a su nombre el Don, como una muestra de respeto. Mi hijo menor es al revés, luego les clava el vos a sus conocidos, mecánicos, carpinteros, cargadores de bultos, etcétera, pero les advierte que ellos también deben tratarlo de vos y así ocurre.
Digo yo: ¿no podemos ser fulanos y menganos iguales en este país tan tristemente miserable?