La destra


Hay dos actitudes que tanto las derechas como las izquierdas deberí­an desterrar de sí­. La primera tiene que ver (en el caso de los de la «sinistra») con el viejo comportamiento que los impulsa a mantener todaví­a -en pleno siglo XXI- un discurso «revolucionario» trasnochado. El segundo (me refiero a los viejos conservadores de la «destra») a ese prurito por el mantenimiento del statu quo que les impide concebir cualquier cambio.

Eduardo Blandón

Comenzaré con los ancianos de derecha. Si hay algo que los caracteriza es la testarudez y la ceguera. Son terriblemente aburridos con su discurso: el libre mercado, el individuo, la libertad y un etcétera de palabras vací­as y huecas en el que esconden (según ellos de manera brillante) un egoí­smo desmedido. Estudian en grandes universidades -y se jactan de ello- pero tienen una imbecilidad congénita (no se puede explicar de otra manera) que les impide ver lo que está a la vista. Para ellos los pobres son así­ porque quieren y los ricos son cabrones por listos y trabajadores -los pobres son huevones.

Tienen una tendencia hacia la inmovilidad que harí­a temblar al propio Parménides de Elea. No quieren ningún tipo de cambio y reclaman el estado de Derecho porque está hecho a su medida. Es con esas leyes que han lucrado y la estructura económica les queda bonita. Claro, algunos pueden reclamar cambios a la Constitución con bravuconadas y fingiendo apertura y poses revolucionarias, pero los intentos de cambio en general son cosméticos y si acaso hay algo de fondo siempre es para beneficio de los aristócratas (aunque el término no les conviene porque aquí­ no se trata de «los mejores»).

Las derechas no soportan a quienes pertenecen a otro grupo que no sea el suyo propio. Por esta razón detestan a los sindicatos, odian al obrero que reclama mejores condiciones de vida y siempre piden sacrificios a los empleados (que conciben siempre como holgazanes). Alaban al burócrata si viene de sus grupos, exaltan sus cualidades, inventan tí­tulos, exageran cualquier asomo de éxito y son indulgentes con sus errores. Si trabajan para el Estado dirán que le hacen un favor al pueblo (porque ellos en otro lugar ganarí­an mejor), los otros -esos vulgares shumos- son ladrones, carteristas y oportunistas.

Con las derechas es virtualmente imposible mantener una conversación porque ellos interiormente se sienten superiores. Son los sacerdotes de la economí­a y los sabios del mercado. Los demás son ignorantes. Y pobre del que se atreva a pronunciar una opinión que los adverse: si son curas, los mandarán a las sacristí­a, si es un obrero, a estudiar a la universidad y si por desgracia no hay por donde entrarle le endilgan las originales categorí­as de comunista, resentido o marxista.

El paí­s no avanza (entre otras cosas) porque este paí­s cuenta con muchos sujetos así­. Son fanáticos formados en centros de enseñanza especializados en la ceguera: a los que ven, les sacan los ojos y a los que ya eran ciegos, los embrutecen. Estos talibanes son los que históricamente han hundido el paí­s y, sin armas (digo yo), han matado con sus hábitos congénitos. Sólo un milagro puede ayudar a Guatemala para avanzar y subir el peldaño del desarrollo.