A lo mejor por mi formación jesuita, por los años de reflexión, de introspección, de meditación y de constante análisis de la realidad, siendo joven aún, la pobreza me empezó a doler. Decidido en un principio a estudiar economía para entender la dialéctica entre economía y política y luego volcado a la ciencia política para entender lo económico, en donde el pan diario durante el desayuno, el almuerzo y la cena eran las amenas charlas de mi amado viejo (Carlos Escobedo Rodríguez) socialcristiano, comprometido con el cambio social, creyente en una sociedad más justa, más equitativa. A lo mejor repito por eso, la desigualdad social y la lucha contra la pobreza no es para mí en esencia un tema nuevo.
Para conocer de la pobreza antes, habrá que conocer las raíces de la prosperidad económica y las desigualdades sociales, a partir de ello construir modelos de desarrollo adecuados a cada una de las naciones deprimidas en donde se desee aplicar, no existe receta que calce idénticamente en cada sociedad, cada sociedad encierra sus propias realidades.
Las cifras alarmantes de mil 300 millones de personas por debajo de la línea de pobreza en los países «en desarrollo», en donde en el Asia Meridional (cultivo del integrismo, que en otro articulo habré de abordar), es donde se concentra la mayor población subsistiendo con 1 dólar diario, el equivalente a 515 millones de personas, al respecto, cuando tuve la oportunidad de viajar por el Medio Oriente, dimensione un elemento interesantísimo para una investigación científica: Lucha de poder y relaciones sociales (que incluye la pobreza) tienen mutuas condicionantes, la falta de educación y la desnutrición entre otras, son el más fiel reflejo de la pobreza. En Asia suroriental y Asia del Pacífico, se concentra otra gran cantidad de pobres, pese a la vecindad con colosos económicos. En ífrica al Sur del Sahara otros 219 millones viven en pobreza y en los Estados írabes 11 millones. En América Latina y el Caribe 110 millones de personas viven con 1 y 2 dólares diarios.
«En los países pobres, 120 millones de personas carecen de agua potable, 842 millones de adultos son analfabetos, 766 millones no cuentan con servicios de salud, 507 millones cuentan con una esperanza de vida de tan sólo 40 años de edad, 158 millones de niños sufren algún grado de desnutrición y 110 millones en edad escolar no asisten a la escuela.»
Leyendo a Jeffrey Sachs, prestigioso economista de Princeton, en una especie de prospectiva nos dice: «Los artículos (periódicos) situarían en su contexto las escuetas cifras: hasta 8,000 niños muertos de malaria, 5,000 madres y padres muertos de tuberculosis, 7,500 adultos jóvenes muertos de sida y otros varios miles muertos de diarrea, infecciones respiratorias y otras enfermedades mortales que atacan a los cuerpos debilitados por el hambre crónica». En donde por cierto en Guatemala 2 de cada 1 de nuestros infantes la padecen, con daños irreversibles no sólo para ellos sino para la sociedad entera, es decir, los guatemaltecos empeñamos nuestro futuro e hipotecamos nuestras esperanzas de desarrollo debido a estos altísimos indicadores de desnutrición crónica, que no es más que el fiel reflejo de la pobreza.
¿Por qué he querido mencionar estos aspectos? la comunidad internacional se encuentra comprometida con una serie de temas derivados de una agenda multilateral: Cambio climático, que indudablemente incidirá en la pobreza (agua, recursos, alimentos); ODM 2015, ALCSH2025 y en Guatemala se ha dado inicio al PRDC (Programa de Reducción de la Desnutrición Crónica).
En este espacio que se me brinda, no puedo dejar de mencionar estos aspectos y traer a colación el discurso del Presidente electo, esperamos con esperanza que la prioridad de la agenda nacional y la agenda internacional, como lo dije ayer se enfoque a satisfacer un combate frontal a la pobreza que es la que en definitiva deriva en los males sociales que los guatemaltecos afrontamos: educación, empleo, salud, seguridad, alimentación, etc., etc.
Como se ven las intenciones del ingeniero Colom, las prioridades se enmarcan en la construcción de una política pública congruente con la realidad nacional, modestamente pido que esas acciones se trasladen al campo internacional y que el reordenamiento en la priorización de la cooperación internacional, en el establecimiento y mantenimiento de nuestras relaciones diplomáticas, en la estrategia y formulación de política exterior, y en las metas y objetivos mundiales también sean tomadas en cuenta para empezar a erradicar la pobreza y con ello el hambre y la desnutrición.