La democracia como ejercicio de gobierno ha mostrado uno de sus rasgos más característicos y cuestionables: una clase política irresponsable, inmediatista, ignorante, corrupta y alejada de la realidad del país. Cuando se habla de la clase política es necesario referirse a todos aquellos que integran los partidos políticos y aunque seguramente existen excepciones, éstas son los menos, la mayoría se encuentra en el grupo de características descritas.
Cuando se propició la apertura democrática, todos los actores sociales consideraron que sería un paso trascendental para el país, en términos que con ese paso se abrirían espacios para la participación política, se entraría en una fase de libre juego de ideas y de debate, también se reduciría la violencia política permeado por la tolerancia y el libre juego de ideas y el debate plural, así como se avanzaría en la construcción de una nueva dimensión económica y social.
Sin embargo, aunque no se puede negar la trascendencia de la democracia como el esquema que permite la articulación del conflicto y la armonización de los intereses políticos, económicos y sociales, lejos quedaron las posibilidades de participación política, puesto que esta alternativa se configuró alrededor de los partidos políticos, organizaciones que aglutinarían a diferentes expresiones de la sociedad, para que dentro de este complejo institucional se liberaran ideas para una nueva forma de convivencia social, la construcción de un Estado diferente y la búsqueda permanente de una sociedad más justa, dentro de un contexto de modernidad económica.
Lamentablemente los partidos políticos se convirtieron en grupos de amigos organizados para acceder al poder con el objetivo primigenio de servirse del Estado para iniciar sus fortunas o acrecentar sus capitales, por medio del tráfico de influencias, las contrataciones amañadas, las empresas vinculadas a los políticos y la concreción de negocios dirigidos a obtener comisiones y con ello hacerse millonarios para siempre.
Los intereses nacionales, no tienen la menor importancia cuando se trata de alcanzar el poder en el Congreso de la República, en las Municipalidades, en el Ejecutivo o en el Judicial, el punto es que cualquier cargo permite el apalancamiento fácil de negocios y la obtención de fondos para enriquecerse rápidamente y conseguir el capital suficiente para volver a elegirse en el Legislativo o las municipalidades, así como encontrarse vinculado al Ejecutivo y mantener ese círculo vicioso de negocios, sin mayores alteraciones y de ahí que la discusión de los verdaderos problemas nacionales se sepulta privilegiando el bienestar personal y el futuro político para continuar enriqueciéndose.
Los partidos políticos se olvidaron del debate político acerca de las problemáticas más sentidas de la población, no les interesa en lo absoluto la discusión de regulaciones que permitan modificaciones o cambios en la estructura social, económica y política, situación que al aparejarse con una élite económica sin mayor visión de largo plazo, relajada en mantener sus privilegios y manteniendo el control de las autoridades de gobierno por medio de permitirles su propio enriquecimiento, contribuyen a recrear un juego perverso, que no colabora en nada para incidir sobre el tejido social.
Solo así se explica por qué los problemas de desnutrición, pobreza, desigualdad siguen incrementándose dolorosamente e igual cada vez estamos más lejanos de contar con una infraestructura de servicios públicos por lo menos decente (en la actualidad la denuncia de una valiente psicóloga sobre la falta de medicamentos en un hospital nacional provocó su destitución y hasta amenazas de muerte), en donde la universalización de los servicios de salud y seguridad social son cada vez más lejanos, la educación ha mejorado en la matrícula en el nivel primario, pero existe una enorme brecha con respecto del básico y el diversificado.
Ello sólo reitera la irresponsable actitud de los partidos políticos en los diferentes gobiernos, congresos, municipalidades y cortes, en donde sin ningún miramiento se privilegia el bienestar personal y se abandona y profundizan peligrosamente las desigualdades sociales y se despoja aún más de posibilidades a las personas más desprotegidas, mientras los políticos únicamente sonríen ignorantemente ante la realidad y se voltean indolentes a las necesidades del pueblo, sin ni siquiera darse cuenta que hipotecan el futuro de la sociedad.