Cuando el Presidente de la República dijo que el suyo será un gobierno que marcará el inicio del privilegio para los pobres, tiene que haber despertado enormes expectativas en millones de guatemaltecos que viven en condiciones lamentables y que desde siempre han esperado que se implementen políticas sociales que permitan su dignificación y un combate efectivo a la pobreza mediante la garantía de oportunidades que, pienso yo, tienen que tener como punto de partida la educación y la salud.
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Al asumir gobiernos que definen claramente su tendencia empresarial y su vocación de promover el crecimiento económico del país sin ocuparse de temas como la inequidad social, la gente sabe a que atenerse y hemos visto que el guatemalteco se resigna y hasta termina aceptando sus tristes condiciones de vida como algo inevitable. Pero cuando un gobernante afirma que eso cambiará y que su régimen se ocupará principalmente de atender a los pobres, se levantan expectativas que no estaban en su mente, sobre todo si esa tendencia y la ideología definida como socialdemócrata permaneció medio oculta a lo largo de toda la campaña para no crear suspicacias entre los grupos de poder económico que tanto influyen en el país por su control de los medios de comunicación.
Por ello fue que en el inicio de nuestra apertura política, la movilización social se produjo de forma tal que permitió a Cerezo acuñar aquella frase de que las huelgas y protestas eran «la música de la democracia» y, en efecto, todo quedó como simple tema de fondo para la conformación de una fachada democrática que aún al día de hoy existe porque no hemos logrado avanzar en términos reales en la consolidación de un régimen de mayor inclusión y participación de los ciudadanos en la toma de decisiones. Continuamos con gobiernos elitistas que desde la perspectiva de los privilegiados toma decisiones e impone la línea política de la Nación.
Pienso que los más pobres del país sentirán un enorme aliento luego de saber que el gobernante dijo que ahora principia la era en que ellos serán los privilegiados. Pero resulta que volcar esos privilegios no es cuestión de soplar y hacer botellas porque el presidente Colom encuentra una estructura de poder anquilosada, ineficiente y abrumadoramente contaminada por la corrupción que deberá reformar a marchas forzadas para que las expectativas de la población no terminen convirtiéndose en nuevos momentos de frustración y desengaño. Cualquier hombre de Estado entiende que hay valladares tremendos para concretar planes y aspiraciones, no sólo por la falta de recursos, sino por la incapacidad para actuar de muchas de las instituciones públicas.
La reforma del Estado no es un simple eslogan ni menos un término retórico, sino una urgente necesidad que se vuelve crucial si el Gobierno quiere realmente trabajar al servicio de la colectividad. Para hacerlo necesita de instituciones ágiles, competentes y que sepan utilizar adecuadamente los recursos para volcarlos a quienes más los necesitan y de esas, puede estar seguro el ingeniero Colom, no hay muchas en la estructura actual. Por ello es que en un análisis racional de las condiciones actuales, hay que entender que se pueden generar expectativas más altas que la capacidad real para actuar. La conformación del equipo de gobierno no muestra la homogeneidad ideológica que permita avanzar sin cortapisas ni la experiencia que garantice rendimientos en los primeros días. Por todo ello, hay que prepararse para una demanda social abrumadora que de no ser atendida diligentemente puede ser un tiro por la culata en la gobernabilidad del país.