La crisis, los oligarcas y la Embajada


Una crisis como la que está atravesando el paí­s es resultado de su propia acumulación y prolongación en el tiempo. Arranca el 27 de junio de 1954 y, de entonces para acá, ha pasado por momentos de mayor agravamiento y agudización, y momentos en que pareciera que el agua hubiera vuelto a su cauce y sin que nada haya sido resuelto. Es así­ como hay que ver lo acontecido a partir del pasado 11 de mayo.

Ricardo Rosales Román
rosalesroman.cgs@gmail.com

En mi columna anterior caractericé la crisis como una crisis general y prolongada y, como tal, afecta a la sociedad en su conjunto, al poder público, instituciones, autoridades, funcionarios y entidades, la gobernabilidad y seguridad ciudadana, la economí­a, las finanzas y el presupuesto de ingresos y gastos de la Nación.

Resulta cuesta arriba encontrar una institución, sector, clase social, capa o segmento de la sociedad que esté exento, en unos casos, de las contradicciones que de ello se derivan y, en otros, de reacomodos y reajustes obligados. Se trata, además, de una crisis estructural por agotamiento del sistema. De ahí­ que ni siquiera se pueda hablar de que sea con paliativos como se va a empezar a superar y, menos, resolverla.

En el pasado se decí­a que los «radicales» de izquierda eran de la opinión que entre más difí­cil estuviera la situación más fácil seria que la lucha revolucionaria «avanzara y se alcanzaran» los objetivos propuestos. Los hechos y la experiencia se encargaron de poner en evidencia semejante falacia práctica y conceptual.

Los oligarcas y el imperio, por el contrario, así­ como sus incondicionales seguidores de la derecha conservadora, en ningún momento han dejado de ser de la opinión que entre peor sea la situación para la población más favorece a sus intereses y si, obligados por las circunstancias, hablan de algún «cambio» es para que todo siga igual. Son gatopardistas por conveniencia.

Nuestra historia reciente pareciera un recuento calcado al carbón. Cada junta militar o gobierno impuesto o fraudulentamente electo, resultado de un golpe militar o de votaciones como las de los últimos 24 años, han sido y son fieles salvaguarda del sistema y sus instituciones, y de los intereses de la cúpula oligárquica y el imperio.

En otras palabras, la Embajada y los oligarcas locales son los más interesados que el sistema se mantenga como está y, si es el caso, adecuarlo a las circunstancias para así­ salvaguardar aún más sus intereses y garantizar la seguridad interna de Estados Unidos.

En un momento como el actual no les conviene, entonces, que la derecha se salte las trancas y más allá del juego permitido pongan en riesgo la «institucionalidad», exacerben las pequeñas o grandes disputas entre los «emergentes» y avorazados «nuevos ricos» y los tradicionalmente beneficiados con los negocios del Estado, los privilegios adquiridos a la sombra del manejo y administración de la cosa pública, el tráfico de influencias, la corrupción y la impunidad, el nepotismo, el crimen organizado y el narcotráfico.

En consecuencia, no es difí­cil concluir que por ahora no está en el orden del dí­a de los halcones del Pentágono y del departamento de Estado la ruptura del «orden constitucional» en Guatemala o que al gobernante sea sustituido por su vicepresidente. De ocurrir, podrí­a estropearles sus planes en marcha de hostigamiento, provocaciones, amenazas y agresiones contra el pueblo y la Revolución Bolivariana en Venezuela, contra el pueblo y la Revolución Plurinacional y Multilingí¼e en Bolivia, y contra el pueblo y la Revolución Ciudadana en Ecuador. Contra la Revolución Cubana, sus dirigentes y el pueblo de Cuba lo vienen haciendo desde el 1 de enero de 1959. En ese marco -y si les fuera posible- intentarí­an consumar el derrocamiento del presidente Chávez, del presidente Morales y del presidente Correa. Ya han sido descubiertos dos intentos de atentados contra la vida del mandatario boliviano y del mandatario venezolano.

En medio de la inquietante calma que sigue a la convulsa y tirante situación provocada por la derecha conservadora en el paí­s y la tensión y riesgos que se perciben al Sur del Continente, es para mí­ motivo de satisfacción consignar que con Ana Marí­a hayamos arribado ayer a los 46 años de haber unido nuestras vidas para siempre. Visto desde lo que éramos entonces y lo que seguimos siendo ahora, es mucho lo que ello significa para ambos.