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El dolor es cada vez más intenso, más fuerte, y por eso, el simple hecho de caminar se ha convertido en una tarea cada vez más complicada para Miriam, una mujer de edad avanzada que, como muchos guatemaltecos, no tiene otra opción más que «pedir ayuda» en el Hospital Roosevelt.
La columna vertebral cede al peso de la edad y a una enfermedad osteoartrítica, que convierte cualquier tarea cotidiana en un verdadero reto, que requiere un esfuerzo extra, acompañado de un dolor indescriptible.
Pero lejos de mejorar, Miriam empeora, pese a que desde hace dos años recibe «atención» médica en el hospital público más grande del país, que no por ello es el mejor.
La paciente mujer dice que todo el tiempo de atención hospitalaria lo ha perdido en esperas, revisiones superficiales y diagnósticos dudosos, al punto que hasta el momento no sabe con exactitud cuál es su problema y cómo solucionarlo.
«Es penoso que me hacen venir, sólo me medio examinan y me dicen que estoy bien, pero realmente yo padezco de un problema en la columna y por eso tengo que estar al pendiente de los dolores y los malestares».
Pero Miriam no es la única en esa situación. Es sólo una entre miles de pacientes que visitan a diario el Hospital Roosevelt y que lejos de encontrar alivio, sólo sufren las consecuencias de la inoperancia de un sistema de salud ineficiente e incapaz de atender la demanda de la población capitalina.
Y la situación se replica en los hospitales, centros asistenciales y puestos de salud de todo el país, que carecen de suficiente personal médico y de enfermería, insumos, espacio de atención y medicamentos para cubrir las necesidades de la población, especialmente de estratos económicos medio y bajo.
El Procurador de Derechos Humanos y La Hora, en distintos trabajos de investigación, constataron la ineficiencia en la atención médica que ofrecen los hospitales públicos, pero en un acercamiento con la realidad, se comprobó que la situación se agrava en momentos y situaciones específicas, en los que la calidad de la atención hospitalaria decae estrepitosamente.
Tal es el caso de los centros asistenciales más importantes del país: el Hospital General San Juan de Dios y el Roosevelt, que a tempranas horas de la mañana son un ejemplo de la saturación y precariedad hospitalaria pública del país.
No es un secreto: los hospitales están mal. Pero la situación se torna crítica cuando las distintas secciones de los nosocomios se saturan con la demanda de atención en emergencias y consulta externa
¿Por qué las cuatro y media de la mañana?: Es el final de una jornada de urgencias -casi siempre marcada por la violencia-, inician las sesiones de consulta externa y las solicitudes de citas; además, falta poco tiempo para un cambio de turno en el personal permanente.
4:30 A.M.
El sol todavía no alumbra y ya se ha formado una extensa fila de pacientes en busca de atención, que inicia afuera del área de consulta externa del Roosevelt y termina en las afueras del complejo hospitalario de la zona 12, en la Ciudad de Guatemala.
Mientras tanto, en la zona 1 capitalina, afuera del San Juan de Dios, las ventas informales de comida y diarios ya están instaladas. Una mezcla de olores de desechos hospitalarios, medicamentos, comida y heces fecales acompaña a una fila de personas que completa una vuelta al centro asistencial.
Agentes funerarios, a la expectativa de nuevos clientes, quieren saber qué ocurrió en la jornada de emergencias; para algunos no es necesario indagar, pues sus «informantes» -médicos y enfermeras- dentro de los hospitales ya les transmitieron los datos completos de quienes perdieron a un ser querido.
La fila de personas en la Consulta Externa avanza lentamente; los médicos no se dan abasto para cubrir la demanda de atención; los estudiantes de Medicina, tampoco. Y los pacientes desesperan y van de vuelta a sus hogares o a sus empleos. Pero la mayoría prefiere soportar el dolor y permanecer en la fila.
Pero dentro de los hospitales, la situación no es mejor. Los sobrevivientes de urgencias permanecen en una sala saturada de personas, en donde la falta de insumos es ya cotidiana; los que corren con más suerte son trasladados al área de Cuidados Intensivos sólo si hay una camilla libre, pues de lo contrario deben esperar la muerte de un paciente más.
La desesperación por salir, ya casi llegada la hora de cambio de turno, hace que parte del personal médico no concluya sus tareas; el tiempo se pierde ordenando sus objetos personales y haciendo llamadas por celular; «ya pronto vendrá otra enfermera», dice una mujer de mediana edad a un paciente de emergencias.
Conseguir la solución salina, el algodón y la heparina va a ser el problema del doctor que ingresará a las 7 de la mañana; mientras tanto, el paciente ingresado a Cuidados Intensivos no tiene otra opción más que esperar y soportar el dolor.
El sol ya apareció, y afuera, la fila de consulta no avanza, sólo crece más. La mayoría no consigue una cita con el médico, y varios de los que sí la consiguen, no terminan satisfechos.
DOLOR CRí“NICO
Rebeca Velásquez, vecina de la Capital, dijo que ha ingresado en varias ocasiones a los hospitales públicos, en los que no ha encontrado la atención que necesita. «Me ha tocado ir a Aprofam, pero entonces me desajusto y ya no me alcanza para la comida».
«Una vez se me inflamó la cara, se me cerró el ojo y me trajeron de emergencia, pero lo único que hicieron fue revisarme y darme medicina para desinflamar y me mandaron a mi casa». «Al día siguiente estaba igual o peor».
Por su lado, María Gómez, mientras espera en una banca de cemento afuera del área de Emergencia del San Juan de Dios, entre malos olores, basura, y agua estancada, comentó que esperaba un diagnóstico para su nuera, Cecilia.
Cecilia ingresó al Hospital Roosevelt por un malestar estomacal y fue operada por una supuesta apendicitis. «El mismo día que la operaron la sacaron (…) pero salió mala y no se curaba; lo que hicimos fue traerla al San Juan de Dios donde sí la atendieron, pero lleva ya 20 días y no nos han dicho que tiene».
«Según me dijo mi nuera, la están atendiendo pero no sé en realidad, si está bien o no porque no dejan que entre a verla».
A las 12 y media de la tarde, la fila de consulta externa ya casi desapareció, sin embargo en el área de Emergencia inicia una nueva jornada de trabajo, causado principalmente por la violencia; pacientes de Alta Verapaz, Chimaltenango y Santa Rosa llegan al nosocomio, en busca de ayuda «especializada», pues dicen que la atención en sus departamentos no tiene la misma calidad que la capitalina.
¿Cómo estuvo la jornada?: «Tuve que atender 13 casos diferentes; le dediqué casi media hora a cada paciente», responde un médico internista, evidentemente agotado. «Para mañana ya no tenemos desinflamantes, pero siempre es lo mismo», indicó.
DIAGNí“STICO RESERVADO
Ricardo Palacios, sindicalista del Hospital San Juan de Dios, manifestó que «en cuidados intensivos hay 16 camas y un anexo donde hay cuatro más; todas ocupadas». «Es muy raro cuando baja la cantidad de personas en esa área y pero lo serio es que no se cuenta con médicos fijos», explica.
«Muchos de los doctores que están haciendo sus prácticas no se quedan, pero es porque no les pagan bien; trabajan demasiadas horas por un salario base de mil setecientos quetzales, y más una bonificación llegan como a tres mil». El hospital cuenta con más estudiantes que médicos graduados.
Por su parte, Luis Lara de la Unidad Sindical y Popular (UASP), dijo que la situación es similar en el Hospital Roosevelt. «Cada día se pone en riesgo el bienestar de la población».
Héctor Barrios, director del Hospital Roosevelt, comentó que el hospital cuenta con una capacidad de setecientas sesenta y nueve camas. «Preocupa que en algunas ocasiones se reportan más de ochocientos pacientes, siendo un poco complicado atender a todas las personas que llegan».
Al consultar al doctor Barrios sobre la cantidad de médicos en cada especialidad, respondió: «no tengo a la mano las estadísticas, porque como son tantas no las tengo en la mente (…) pero con la gratuidad se han duplicado las consultas en cada especialidad y no solo eso, sino también la violencia».
Pero los problemas que afectan no se reducen a la alta demanda de los servicios de salud. Los sindicalistas refieren que la negligencia médica y el mal manejo del presupuesto son problemas que agravan la crisis hospitalaria.
Un sindicalista, que pidió no ser citado, indicó que a lo interno de los hospitales públicos, es notoria la falta de interés del personal médico y de enfermería por brindar una atención de calidad. «Y por supuesto, también de parte de las autoridades, que conocen de actos de corrupción y negligencia, pero no hace nada. Se cubren unos a otros».
«La situación es crítica: hay enfermeras que hacen todo por conseguir las comisiones que les dan las funerarias, a cambio de conseguirles clientes, y por todos es sabido que la sangre de los donantes se vende a hospitales privados», señaló.
¿Y LOS DERECHOS?
El procurador de los Derechos Humanos, Sergio Morales, indicó que «las carencias de los hospitales se ha acrecentado con el pasar de los años».
Eso lo evidenció recientemente con un oficio, en el cual denunció detalladamente la falta de personal, insumos e instalaciones y equipo en los centros asistenciales públicos.
La conclusión del procurador fue de que en los hospitales se viola el derecho de acceso a la salud, pero a las autoridades eso parece no importarles. Mientras tanto, el dolor de miles persiste y el de otros acaba… con la muerte.
Paciente
Sindicalista