No podía ser más acertado el dicho popular que cuando se quiere que algo no funcione o se diluya, forme usted una «comisión de trabajo, grupo de diálogo» o como quiera llamarle al mecanismo para resolver determinado problema; tendrá de esta manera asegurada su inviabilidad. La realidad impone un ritmo y un avasallamiento que revienta en la cara todos los días, debido es razonar que este país ha llegado al extremo de la infamia por razones que se sitúan fundamentalmente en la historia, no en la cotidianidad donde sólo se ven las consecuencias, los cadáveres, la injusticia y la pobreza. Las causas que tienen que ver con las prácticas del coloniaje y de la oligarquía son fundantes de la contradicción y la degradación que vive esta sociedad, no al revés, por lo tanto, las muestras de violencia que se reportan en los medios a diario tienen una relación con el genocidio ocurrido en los ochentas; las acciones de «limpieza social» en sus distintos momentos a manos de fuerzas de seguridad del Estado, están enlazadas por la naturaleza de su acción represora. En este sentido la descomposición social, que es política y que también tiene una cara de corrupción, está atada en su origen, a la decisión política de los grupos familiares que se volvieron oligárquicos, no élites, desechando un proyecto de orden capitalista moderno, porque su apuesta fue por el modelo arcaico basado en la explotación del latifundio.
En este marco entonces, la visión reduccionista de situarse desde la desbordante violencia que se vive todos los días es completamente estéril, falta de contenido y distorsionante de la realidad. No es lo mismo el autoexilio del señor D. Gutiérrez por supuestas amenazas, que el éxodo de guatemaltecos que migran hacia nuevos horizontes y que son asesinados en el trayecto de esa carrera infernal. A este respecto entonces, la propuesta del Presidente del diario elPeriódico, J. Zamora para «resolver el clima de violencia» publicada en días pasados, sufre de esa limitada noción de la realidad que olvida la contradicción esencial de la formación social de Guatemala. La primera acción propuesta sobre transparentar el financiamiento de la contienda electoral, necesita en todo caso un abordaje de reforma normativa, que requiere de la voluntad de los diputados para debatirla en el momento político que se pueda; en el intermedio la acción observadora de colectivos de sociedad civil será oportuna y pertinente, sin embargo en un sistema de partidos políticos como el que tenemos con financiamiento cuasi privatizado, es iluso querer cambiar esa lógica cuando lo requerido implica el rediseño del Estado con un reflejo en un sistema público de financiamiento a las organizaciones políticas, dotando de poder coercitivo al TSE. La segunda propuesta que es más bien una suerte de figura metodológica sobre realizar un mega encuentro de diálogo nacional, ni hablar de lo probado y reprobado de este tipo de iniciativas que aspiran a que si se reúne Raymundo y medio mundo, ese mismo gesto hará que los sectores resuelvan nada menos y nada más que temas como la capacidad del Estado sobre el uso legítimo de la fuerza o acabar con la pobreza. Sobre esto dos argumentos: en vez de debatir sobre el color de las paredes o el tipo de muebles, el debate pendiente sigue siendo el modelo de Estado que requiere este país; y segundo, un diálogo con esa diversidad de actores supone de entrada un equilibrio entre poderes para que eso mismo persuada el cambio de posiciones, de lo contrario es risible. La tercera propuesta lleva implícita la idea de impulsar las fórmulas de combate al narcotráfico que se han probado en Colombia y ahora en México, con los costos que se saben. Es obvio que esa lucha es un círculo perverso sin salida y es el mismo sistema el que se alimenta del mal que pretende acabar, de manera reactiva y no preventiva. Reaccionar sólo desde la coyuntura es la respuesta espontánea que producen los gritos pavorosos de un acto violento, es estéril. Hay que pasar al análisis que provee la reflexión fría y dura de lo que somos como colectivo social.