Se puede decir casi todo del Congreso de la República, excepto que no sea un lugar permanentemente efervescente. Es, sin duda alguna, el microcosmos que mejor representa a una sociedad enferma. En el lugar hay de todo: payasos, cínicos, delincuentes, borrachos, aprovechados, violentos, presuntos narcos y uno que otro que medio salva la reputación de ese antro político. Ahí los malos, diría un político, son ciertamente más.
Con todo, es un lugar de importancia superlativa. En el Congreso se cocinan las leyes y la modernidad social y política pasa por esa gente que, nos guste o no, son protagonistas de primer orden a nivel nacional. Entonces, ¿qué le pasa al presidente Otto Pérez Molina que renuncia a presentarse al Congreso para, como ha sido habitual, rendir un informe de lo actuado en el primer año de gobierno? La respuesta no puede ser sino política.
Frente a un candidato que compra voluntades y adeptos a través de cuantiosas sumas de dinero (¿de dónde saca tanto?), el Presidente simbólicamente golpea la mesa, se rasga las vestiduras y denuncia lo que probablemente considera (cínicamente) una cueva de ladrones. Hace una representación de jefe de Estado impoluto e incorruptible y toma distancia de un organismo que juzga podrido.
Llama la atención su actuación por lo absurdo e incoherente de su teatro. Después de todo, su Partido Patriota aún conserva un número de diputados no modesto, pero los sacrifica a todos y hace una pira para que la población tome nota de lo lejos que está la Presidencia de ese ente político infernal y pecaminoso.
La idea es, me parece, indicarle a Manuel Baldizón no solo lo ridículo de sus acciones al comprar al “cash” a tantos diputados venales, sino hacer evidente a la población que del Congreso y el partido Lider no se puede esperar mayor cosa. O sea, es una batalla política librada en contra de un Congreso eternamente deslegitimado.
Pérez Molina libró la batalla sin que el Congreso se lo esperara. El exmilitar conoce el valor de dar el primer golpe y ser agresivo cuando el adversario duerme. Lo que debe examinarse ahora es si Manuel Baldizón captó la puesta en escena y si la población ha quedado complacida por esas luchas políticas en las que habitualmente muestra despreocupación e indiferencia.
En mi opinión, Otto Pérez Molina inauguró con su actitud pendenciera en el primer aniversario de gobierno, la contienda electoral que se avecina. Es un llamado al enemigo que anuncia una guerra no convencional. Los soldados se preparan en los campos de guerra y las armas empiezan su trasiego. Creo que nos esperan tiempos difíciles para sustituir a un gobierno que está claro pasará sin pena ni gloria.