El arrebato de nuestra atención hacia lo electoral, haciéndosenos creer que los principales problemas del país serán abordados por el liderazgo político, es una de las cuestiones que habremos de analizar en el mensaje que se nos transmita. A la espera de encontrar algo más allá de la melodía pegajosa, gorras, playeras, banderines, llaveros y otros utensilios que con las imágenes de los partidos y los rostros de los aspirantes, pretendan cautivar a los potenciales electores. El desafío que al colectivo de electores nos impone la contienda del 2011, pasa necesariamente desde la frustración hacia los atisbos de entusiasmo por una legítima aspiración de cambio generalizado en nuestras condiciones de vida. Ese es el reto de los creativos de la campaña electoral en cada uno de los partidos que se animen por competir que tienen por delante. Toda promesa se fundamenta en el ansiado cambio.
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Y es que no se puede negar la existencia cada vez más generalizada de un sentimiento de frustración colectiva, toda vez que en los resultados de las gestiones gubernamentales que se han venido sucediendo desde 1986, dejan sinsabores y muchas promesas incumplidas. Adiciona ese sentimiento la propia clase política que aspira a alcanzar el poder. Aspiración que se traduce en una campaña caracterizada por el deterioro del contrincante, principalmente del que está detentando el poder, o sea contra el partido oficial de turno. Y se sucede la campaña entre acusaciones, difamaciones, señalamientos y otra serie de situaciones de mutua descalificación, pues el agredido no se queda callado. Y si en medio de todo ese conjunto de diatribas, en efecto se comprueban los señalamientos, tenemos un elector desencantado, apático y con una obvia frustración que se traduce en un ausentismo pronunciado para el día de las elecciones, aunado a la desgracia de sentirnos rodeados por una impunidad creciente. Por ahí ha de andar la preocupación estratégica del ideario de la campaña electoral que nos habrán de ofrecer algunos de esos 25 partidos políticos ya inscritos y casi totalmente autorizados para el efecto.
Pero un aporte significativo y positivo puede derivarse, desde estos momentos ya, es el nuevo enfoque que alrededor de la participación femenina puede esperarse para el proceso electoral 2011. Antes hubo mujeres aspirantes, pero ahora, con la clara intención de desmitificar una figura, la de la actual Primera Dama, se ha producido toda una pléyade de conjeturas alrededor del liderazgo femenino. Se multiplican los nombres y con ellos se multiplican los análisis para calcular las posibilidades de que en este nuestro país machista, mojigato, conservador y apático, pueda ser gobernado por una mujer. Lo positivo de tal situación es el relevo que se produce dentro del liderazgo político. De pronto con esta «ola» de expectativas, el líder que antes se pensaba como el «natural» ganador, dejará de serlo y en su lugar se habrá de erigir una figura -femenina- totalmente inesperada, hasta hace apenas unas semanas atrás.
Las mujeres de nuestro país, aunque no se ha reconocido plena y públicamente han sido los pilares fundamentales y funcionales de muchos aspectos de nuestra vida colectiva. Esa vida colectiva pasa por lo familiar y lo social. Ahora, es pues, un momento que puede marcar un punto de quiebre entre un antes y un después como se ha vivido en otros instantes importantes de nuestra historia. Si en efecto se abordan los problemas estructurales, es decir los problemas reales y más sentidos de nuestra sociedad y a ello le agregamos una campaña conformada por propuestas y una participación femenina en primer orden, tenemos en efecto una contienda electoral como no se nos había presentado con anterioridad. Continuará.